Res Pública

Ya hemos chocado con el iceberg

Hace años que el trasatlántico en el que viajan la política y la economía españolas se internó en el mar sin fondo y sin orillas de la crisis española. El viaje ha sido todo menos placentero; es lo que cabía esperar después de la llegada de las vacas flacas y el descubrimiento de los abusos y dejaciones de los añorados días de vino y rosas, que hicieron creer a la gran mayoría que España sí había entrado en el club, bastante restringido por cierto, de los países libres y bien gobernados. Con todo, el barco no había llegado a la deriva y tanto sus tripulantes como los viajeros pensaban, o mejor dicho deseaban, que el rumbo inicial hacia lo desconocido se cambiaría por un poco de certidumbre, aunque ésta no supusiera la garantía de un final feliz. No se pedía tanto, pero en mayo pasado se avistó un iceberg y el capitán del buque saltó a un bote y se marchó. Corrió formalmente el escalafón para intentar cubrir el vacío, y a esperar.

No hay choque trenes, ha sido un iceberg

Desde entonces, nada se ha sabido del capitán, pero su huida dejó a la tripulación confundida y a los pasajeros sorprendidos e intrigados. No obstante, la calma marina del verano ha disimulado que la nave estaba al pairo y al final ha terminado chocando con el iceberg, cuya parte visible es la cuestión catalana y el resto está compuesto por los agravios y corrupciones acumulados por un régimen político que se acerca a su final. Hasta sus protagonistas lo van asumiendo y, ante la falta de iniciativas, actúan como si no pasara nada, pareciéndose cada vez más a la famosa orquesta del Titanic o a los dirigentes de otras circunstancias históricas españolas en los meses previos a su defenestración. Los acontecimientos, aunque se produzcan a cámara lenta, como dice Javier Benegas, van llegando de forma inexorable y descubren la inanidad de los discursos oficiales que tropiezan una y otra vez con la realidad dramática que se ha creado a lo largo de años.

El lector ya conoce mi opinión sobre lo que se ha fraguado en Cataluña y las hipótesis de su desenlace, que doy por reproducidos. En éstos días, después de una nueva Diada, la riada independentista parece indudable, como también lo parece la falta de arrestos del Gobierno español para superar el trance de forma civilizada. Nuestro Gobierno creo que tiene conciencia de que él, como los anteriores que han gobernado en España, tiene grandes responsabilidades en lo que está sucediendo en aquella región y, por tanto, se ha inhibido de su papel ejecutivo y ha decidido refugiarse tras el burladero de la legalidad o de la constitucionalidad, traspasando la patata caliente al Tribunal Constitucional e ignorando que estamos ante un problema político y social de primer orden, que desborda los llamados cauces reglamentarios.

El juego de los tribunales para sustituir a la política

Salvando las distancias, el embrollo actual me recuerda al que se produjo en tiempos de Adolfo Suárez cuando pretendió endosarle la decisión de legalizar el Partido Comunista al Tribunal Supremo. Entonces, el Supremo le dijo que nones y le devolvió el asunto. Sin embargo, el Tribunal Constitucional es otra cosa, es un órgano político y probablemente se avendrá a echarle su capote al Gobierno, algo parecido a lo que hizo el Tribunal de Garantías Constitucionales de la Segunda República cuando anuló la Ley de Contratos de Cultivo, el asunto de los rabasaires, aprobada por el Parlamento catalán en marzo del 34, convirtiendo tal anulación en una de las chispas de la insurrección de la Generalidad en octubre de ese año.

Tampoco la Generalidad y su presidente lo tienen fácil, sobre todo porque su partido, CiU, se va a convertir en uno de los cascotes ilustres de la riada del descontento catalán. Se supone que, negada la posibilidad del referéndum, irán a elecciones y desconocemos qué mapa político se alumbrará en Cataluña, dando por descontado el hundimiento de CiU y del PSC que han sido los dos emblemas de la Transición allí. Lo que surja será diferente, no sé si mejor o peor, y tendrá como primer objetivo dar satisfacción al descontento social que en Cataluña es tan relevante como en el resto de España. Con ello quiero decir que nuestro gobierno saldrá de Málaga para ir a Malagón y no tendrá tribunales constitucionales que le cubran. El hilo de la cometa puede que quede agotado, una vez celebradas las previsibles elecciones catalanas.

Como los males nunca vienen solos, se habla de una tercera recesión en la eurozona, Guindos dixit, que ahondará el ambiente de desconcierto que se vive en el continente y que para el Gobierno español, que carece de cartas y de propuestas de cambio, supone un contratiempo añadido sobre todos los demás, que no son pocos, como sabemos. Mientras tanto, va a seguir entrando agua en las bodegas de éste Titanic español sin que asomen las bombas para su achique. Las únicas que conozco en la democracia parlamentaria son las de convocar elecciones y que la nación decida sobre lo que propongan los que aspiran a obtener su confianza.

En fin, de esto y de otras cosas se hablará en una mesa redonda organizada por el Ateneo de Madrid el próximo martes día 23 a la que quedan ustedes invitados.


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