Res Pública

Sin centro izquierda en España

Con la apertura del largo ciclo electoral parece oportuno reflexionar sobre las fuerzas políticas en presencia y la capacidad de las mismas para suscitar la adhesión de los electores. Hoy quiero referirme al agujero negro abierto en el segmento del centro izquierda por la crisis aguda del PSOE, que no tiene trazas de enderezarse, más bien lo contrario. En realidad, es lo que le ha ocurrido a sus colegas europeos, especialmente en Francia e Italia, aunque en el caso español tenga características singulares. En España, la crisis del socialismo está trufada con el nacionalismo, que es un fenómeno autóctono con enorme relevancia en la política española de la Transición. De hecho, es en Cataluña donde la crisis del PSOE es más aguda y donde, a diferencia del resto de España, existe un partido, Esquerra Republicana de Cataluña, que la está capitalizando en gran medida. El fichaje de Ernest Maragall es un importante botón de muestra. Probablemente, dejando a salvo el elemento nacionalista, habría bastantes materiales aprovechables de ese centroizquierda catalán para propuestas análogas fuera de Cataluña. En cualquier caso, a dos meses de las elecciones europeas, no parece que el numeroso electorado de centro izquierda español pueda aliviar de forma satisfactoria la orfandad causada por los abundantes yerros del PSOE y el mantenimiento de sus compromisos con el régimen del 78.

Los problemas del PSOE vienen de muy atrás

La crisis del PSOE se inició hace muchos años, concretamente en 1991/92 aunque algunos politólogos la sitúan en la huelga general de 1988, cuando las primeras perturbaciones económicas agudizaron las desavenencias internas en el liderazgo del partido, provocando la salida de Alfonso Guerra del Gobierno de entonces. Con ello, Felipe González tuvo las manos libres para ejecutar en España las políticas europeas que tomaban cuerpo en la UE, cuyos fundamentos principales eran la desregulación y el debilitamiento del Estado como pieza clave para el desenvolvimiento de las políticas económicas y sociales. Al abrigo del Tratado de Maastricht, de febrero de 1992, empezó la larga marcha de la globalización y su acompañante el capitalismo financiero hacía el objetivo de convertir el espacio de la UE en el gran laboratorio europeo de la liberalización sin barreras. Los gobiernos socialdemócratas de la época, que dominaban en muchos países de la UE, se volcaron en predicar los evangelios neoliberales y arriaron sus banderas ideológicas en la creencia de que no eran adecuadas para los nuevos tiempos. Los resultados se comentan por sí solos.

En el caso de España, país con graves carencias en lo social y lo educativo, la vehemencia del PSOE y de sus gobiernos en pro de los nuevos aires resultaba llamativa, teniendo en cuenta que la crisis de 1992, recién terminados los fastos de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, indicaba que quedaba mucho por hacer y que era prematuro despojar al Estado de sus capacidades para garantizar la libertad y la igualdad de los españoles. Todo eso se ignoró y, desde mi punto de vista, fue el comienzo de una decadencia que a lo largo de estos años ha puesto al socialismo español en el camino, al parecer irreversible, de la irrelevancia. También la corrupción ha tenido su parte alícuota. Por ello, empezaron perdiendo regiones importantes, Madrid y Valencia, que en toda la historia electoral española habían sido mayoritariamente de centroizquierda, para perder el gobierno nacional en 1996, lo que desencadenó una grave crisis de liderazgo, con la marcha de Felipe González, que sólo fue contenida por la inesperada llegada al poder de Rodríguez Zapatero en marzo de 2004, ahora hace diez años.

Lo de marzo de 2004 fue un espejismo, porque las políticas no cambiaron y los nuevos dirigentes demostraron que carecían de proyectos para restaurar los valores y los principios que habían justificado el éxito del socialismo en las décadas precedentes. Los años de Rodríguez Zapatero, plagados de ligerezas y de contradicciones, sirvieron para ahondar el descrédito y aumentar el vacío en el conjunto del centroizquierda español. No creo que haya que extenderse demasiado en dar detalles de ello, aunque sí es importante resaltar que la crisis venía de atrás y que el paso por el gobierno aceleró los daños.

Nadie capitaliza el declive del socialismo

En descargo, aunque no justificación, de los dirigentes socialistas españoles hay que decir que sus homólogos europeos hicieron lo mismo y también fueron desalojados del poder. Ni siquiera los socialdemócratas alemanes, paradigma de la socialdemocracia europea, se libraron del abandono de los electores y hoy los tenemos convertidos en ayudantes distinguidos de la canciller Merkel que ellos contribuyeron a aupar al gobierno de Alemania. Por eso, en esta interminable crisis de las primeras décadas del siglo XXI, que se ha cebado especialmente con Europa, el centroizquierda parece volatilizado entre las cenizas del desastre. Solo basta mirar a Francia, Italia o Austria para constatarlo y en esa lista España, que es lo que nos interesa, aspira a ocupar un sitio de honor tal como indican las encuestas, que son consecuencia lógica de la falta de respuesta a las necesidades de la gente.

El problema es que la caída espectacular de la intención de voto a favor del PSOE no la capitaliza prácticamente nadie. Y es eso lo que me permite afirmar que en el centroizquierda español existe un enorme vacío que ninguna de las llamadas fuerzas emergentes parece capaz de rellenar. Al menos, ha sido así hasta ahora y es difícil que esa carencia se subsane en los dos meses que quedan para las elecciones europeas. Después de éstas, si continúa el descalabro en forma de pérdida de votos y de aumento de la abstención, se podrían abrir paso otros discursos y propuestas que generen la ilusión y el interés perdido de tantos millones de electores.


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