Res Pública

La caravana a Bruselas y el "collar" de María Antonieta

Son dos expresiones metafóricas que resultan útiles para comentar los asuntos de la última semana de nuestro Ruedo Ibérico: el primero, relativo a los preparativos del Consejo Europeo, me recuerda las películas del oeste, como aquella memorable de Camino de Oregón, cuando los colonos se aprovisionaban, comentaban sus experiencias y sus deseos, para ponerse finalmente en manos del experto que les conduciría a las nuevas tierras de promisión. Nuestros dirigentes, como esos colonos, se reúnen, contemplan la situación del país, se inquietan por la realidad y por el futuro inmediato, sobre todo del suyo y el de sus partidos, y deciden cogerse de la mano para ir a Bruselas a explicar que hemos quemado nuestras naves, atendiendo a sus exigencias, y que necesitamos más Europa para sembrar un poco de esperanza en el solar patrio. El segundo es el de las presuntas ventas de pisos y tierras atribuidas a la infanta Cristina, que recuerda la estafa de que fue objeto la desdichada reina de Francia con las consecuencias de todos conocidas. Necesitamos urgentemente a Galdós y a Valle Inclán.

Veinte años de gobiernos de vida alegre

Los gobiernos españoles vivieron veinte años, 1986-2006, flotando en el mar de recursos abundantes procedentes de la UE, cuyos objetivos eran mejorar las infraestructuras españolas y modernizar nuestro tejido productivo, para conseguir que España se acercara a la renta media de la Unión en el menor plazo posible. En materia de infraestructuras, fundamentalmente comunicaciones, el avance ha sido espectacular hasta el punto de convertirnos en uno de los alumnos aventajados del conjunto. Y era lógico que eso se hubiera trasladado a la economía, que debía ser la beneficiaria de la siembra abundante de recursos; pero no fue así o al menos no en la medida deseable: la reconversión industrial iniciada por los gobiernos de Felipe González no fue tal, en realidad se trató de un desmantelamiento en toda regla porque la vieja industria no se sustituyó. Los grandes proyectos de obra civil fueron cubriendo el hueco y, cuando empezaron a disminuir después de la crisis de 1992, se aceleró la actividad en la construcción de viviendas. A nadie parecía interesar otra cosa.

La agricultura, por su parte, también se ha beneficiado de los dineros europeos, pero, salvo excepciones puntuales, le ha ocurrido como a la industria: se ha sentido cómoda en la Política Agraria Común, diseñada especialmente para Francia y Alemania, sin plantearse una regeneración del tejido agrícola y ganadero, como hicieron las grandes economías de la UE para garantizarse al menos el autoconsumo. Nuestra industria agrícola ha resistido los embates de las crisis financieras porque tiene la sombrilla protectora de la potente PAC y, en este momento, es un sector al que se mira como tabla de salvación incipiente en el panorama general. Para iniciar un camino que puede ser prometedor habría que sacudirse muchas inercias y comodidades, aunque el sector no sienta las urgencias de otros segmentos más dañados de la economía.

La vida y dulzura alimentadas por fondos europeos y crédito abundante y barato se acabó en 2007. Todos lo sabemos. Para los gobiernos españoles ha sido un shock del que todavía no se han repuesto: siguen pensando y creyendo que nuestros socios, ahora convertidos en acreedores puros y duros, nos van a salvar de la incuria acumulada, porque, según las tesis dominantes, sólo ellos disponen del talismán del cambio. Una visión pobre y poco ambiciosa, además de escasamente realista. España necesita analizarse a sí misma y hacer autocrítica constructiva para entre todos, y subrayo lo de todos, convocarnos a la empresa de la reconstrucción del país, que no puede continuar en la espera lánguida de tiempos mejores traídos por otros.

La infanta aparece como víctima presunta de manejos turbios

Las ventas atribuidas a la infanta por la Agencia Tributaria, el cañón Berta terror de los contribuyentes débiles, han desatado un escándalo, uno más, en este Patio de Monipodio español. Me recuerda a lo del collar de la reina de Francia, María Antonieta, que, por su ligereza, fue presa de pícaros y estafadores y que, aunque inocente, sufrió las consecuencias de la estafa. Aquí parece que nos encontramos ante algo similar: no sabemos quién es nuestro cardenal de Rohan y quién juega el papel de la estafadora La Motte; lo que sí sabemos es que, igual que María Antonieta en su día, la infanta aparece como presunta víctima de manejos turbios no sabemos de quiénes en el mar de podredumbre que invade la vida pública española. Se supone que habrá aclaraciones, las habidas hasta el momento van incrementando el lío y alimentando la desconfianza. Desde luego, en esta situación terminal no nos vamos a privar de nada, para vergüenza de propios y extraños. 

Para acabar, creo que no hay que ser reiterativos, aunque sí insistentes en expresar el grado y la profundidad de los problemas que nos aquejan. La empresa española está agujereada por la esclerosis política y la corrupción ambiental que condicionan casi todo lo demás. Y eso no nos lo va a arreglar nadie que no seamos nosotros mismos, si nos lo permiten los que disfrutan del poder y se niegan a mirar más allá de esta o de aquella convocatoria electoral. De hecho muchas de las prédicas y promesas que se oyen tienen que ver más con esto último que con la realidad. Concretamente, los preparativos de la caravana a Bruselas forman parte de esa puesta en escena para consumo nacional, sin descartar que la crisis financiera sigue apretando y se vuelve a hablar del nefando rescate. Está muy bien plantear uniones bancarias y fiscales, mutualización de deuda y cosas por el estilo. En mi opinión, son mercancías para consumo interno, cuya materialización es poco verosímil en el medio plazo.

La Europa comunitaria es hoy una suma de problemas políticos y económicos de envergadura, está sumida en la recesión y aherrojada por unas políticas insensatas que se niega a revisar. España es víctima de sus propios errores, que la han puesto en manos de esas políticas. Por eso, creo que en Bruselas, aparte de pedir árnica, convendría presentarse con un proyecto de reconstrucción política y moral del país para exigir ayuda en la revisión de las políticas actuales y en el establecimiento de los términos de renegociación de la deuda, cuyo volumen y coste están esterilizando los sacrificios de la nación.


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