Res Pública

La broma del eje Lisboa-Madrid

Va para cinco años, primavera de 2010, que la Unión Monetaria inició la fase de los rescates de socios dañados por la crisis financiera que eran objeto de las especulaciones de los mercados de deuda. El primer rescatado fue Grecia a la que siguieron Irlanda y Portugal, cerrando la ronda España en 2012, con un rescate ad hoc para su sistema crediticio. El denominador común de dichos rescates ha sido la contención de gastos de los países afectados, sin preocupación especial sobre cómo afectaba el recorte a la economía real y, por supuesto, sin considerar planes paralelos de crecimiento para atenuar el hundimiento económico. Las consecuencias más visibles han sido la recesión y/o el estancamiento que en el caso de Grecia ha adquirido tintes dramáticos o escandalosos, según se mire. Lógicamente, el malestar social ha ido creciendo y ha estimulado la aparición de movimientos políticos que proponen cambios en las políticas de la Unión Monetaria, sin poner en cuestión su existencia. Y ha sido en Grecia donde ha cristalizado el primer gobierno contestatario, lo que ha suscitado los primeros rifirrafes entre socios. Uno de ellos la acusación del premier heleno a Madrid y Lisboa por una alianza de ambos para dificultar los planes griegos. Francamente, me parece exagerado, teniendo en cuenta la escasa influencia de éste presunto pacto ibérico.

Hace bastantes años que el núcleo del poder en las instituciones europeas pasó a la esfera germana, especialmente desde que ingleses y escandinavos dieron la espalda a los proyectos de la unión monetaria

El poder indiscutido está en la Europa central

Hace bastantes años que el núcleo del poder en las instituciones europeas pasó a la esfera germana, especialmente desde que ingleses y escandinavos dieron la espalda a los proyectos de la unión monetaria: prefirieron mantener su soberanía monetaria y sus bancos centrales y no traspasar los límites de lo que para ellos siempre ha sido un área de librecambio, sin pretensiones de otro orden. Por su parte, Francia carecía de capacidad para convertirse en el alter ego de la Alemania unida y prefirió asumir su condición subalterna sin que se notara demasiado; de ahí que se continúe hablando del eje franco-alemán, que no deja de ser una expresión sin mayores consecuencias. Es más imagen que realidad, porque en la práctica cualquier intento francés por distanciarse de los mandatos de Berlín suele acabar en fracaso. El caso de Hollande, que llegó al poder un poco gallito, es bastante gráfico. En cuanto a Italia, la otra gran potencia fundadora, va por libre y rehuye los enfrentamientos, procurando que la molesten lo menos posible y que le concedan las flexibilidades que requiere su política presupuestaria.

En ese pastel que tiene otras guindas de diferentes colores, España y Portugal casi nunca han jugado en común. Somos países cercanos en lo físico y ahora también en lo económico, pero no ha terminado de cuajar un entendimiento, o eje como lo ha calificado Tsipras, que permita hablar con propiedad de un núcleo de poder interesante en el seno de la Unión Monetaria. Salvo el hecho de estar hermanados por los rescates y de tener gobiernos conservadores hay poco más: Portugal mantiene sus viejas querencias con los ingleses y sus reservas con España y nosotros somos una potencia económica en el seno de la UE, con escasa relevancia política. De hecho, nuestros gobiernos han sido incapaces de plantear alternativa alguna a las políticas iniciadas en 2010 que, a juicio de bastantes economistas y politólogos, se sabía que iban a terminar creando grietas importantes en el seno del proyecto europeo, amén de romper los equilibrios sociales en las naciones débiles. Ahora dice Juncker que no se calibró el alcance social de los ajustes y, no obstante, se permite criticar a los que plantean las denuncias porque, a su juicio, no atinan con las respuestas. Todavía esperamos las suyas.

La pequeña cuña griega parece que ha exasperado a algunos, llevándolos a realizar declaraciones altisonantes, pero de ahí a pensar que Madrid y Lisboa pretendan derribar al gobierno de Atenas va mucho trecho

Qué hacer con la cuña griega

La pequeña cuña griega parece que ha exasperado a algunos, llevándolos a realizar declaraciones altisonantes, probablemente para ocultar su falta de aplicación en la búsqueda de propuestas diferentes, pero de ahí a pensar que Madrid y Lisboa pretendan derribar al gobierno de Atenas va mucho trecho, empezando porque nadie desea tal cosa, ya que no está el horno de la política europea para desestabilizar el flanco sur de los Balcanes, abrasando a un gobierno cuyo objetivo inmediato es restañar las heridas sociales creadas por sus antecesores y evitar, de paso, abrir la puerta a salidas de corte fascista poco compatibles con las pautas democráticas de la UE. 

Creo que ha habido demasiadas declaraciones y algunos flatus vocis que la realidad del poder y las necesidades de la política europea irán poniendo en su sitio. Y entre esas realidades está la de Grecia, un país arruinado y casi sin Estado, que obligará a la Unión Monetaria a continuar con los rescates o con el eufemismo de la asistencia financiera, procurando que su nuevo gobierno reconstruya lo que buenamente pueda, que no parece demasiado con tanto destrozo y tanta deuda. Por tanto está de más discutir sobre ejes y soltarse baladronadas mutuas como las de días atrás. La cuestión es cómo hacer el cambio de marcha en un motor que se está gripando.

Con la experiencia y los resultados calamitosos de los rescates, lo verdaderamente importante, desde mi punto de vista, es qué hacer con Grecia y con aquellos que puedan seguirla en el futuro si las cosas no cambian. Continuar echando dinero bueno sobre el malo es una opción, engañosa y limitada, aunque es cierto que el papel y la ingeniería contable aguantan casi todo; sin embargo la pobreza y el malestar tienen un aguante finito. Por eso, convendría decidir si se quiere que el gobierno de ese país, que es una colonia endeudada, sea un mero intermediario que reparta el auxilio social entre sus pobres o se convierta en un instrumento para ejecutar allí el primer plan de desarrollo, al estilo del viejo plan Marshall, patrocinado por la Unión Monetaria. Porque si no se atiende el primer chispazo surgido en Atenas y continuamos circunscritos a lo estrictamente financiero, la modesta cuña griega se irá agrandando con nuevas incorporaciones hasta desbordar los cauces de lo políticamente correcto. Como ha declarado el ministro de Guindos, todos viajamos en el mismo barco. ¡No lo sabe bien!


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