Res Pública

Vuelta al pasado: esclerosis o cambio

Cuando la semana pasada evocaba al franquismo y su mayoría silenciosa, no me imaginaba que la nueva operación del jefe del Estado, al que en lo personal le deseo lo mejor, nos iba a devolver a la imaginería y comportamientos de los finales de aquel régimen: los rumores, las demagogias baratas, los silencios del Gobierno y de las Cortes y, en fin, la escenografía de la primera rueda de prensa de la Zarzuela son todos indicativos del desconcierto dominante del establishment ante los avatares de la salud del fundador del régimen de 1978. Me limito a constatar el vacío, que tiene grandes componentes de esclerosis, con mi respeto a los aquejados de dicha enfermedad, y reiterar la necesidad de proponer cambios para salir de un estado de cosas que, poco a poco, va carcomiendo la esperanza del país. Un pueblo que tiene derecho a vivir y a trabajar sin las amenazas y los engaños de que hacen gala los que parecen haber olvidado las obligaciones que se derivan del ejercicio del poder público. En el final del franquismo la discusión era reforma o ruptura, ahora creo que el debate podría girar en torno a la esclerosis o al cambio. Es lo que debería ocuparnos en estos meses apasionantes y decisivos.

Ni monarquía ni parlamentaria

Durante el franquismo hizo fortuna entre sus valedores la expresión de que, después de Franco las instituciones, para obviar el carácter personalísimo del régimen y afirmar su permanencia, una vez desaparecido el creador. Y esa fue la idea motriz que se impuso finalmente, para hacer posible un tránsito, que gozó de abundantes complacencias y tutelas internas y externas y que dio carta de naturaleza al orden de la Transición. Su denominación indica que en la mente de los creadores se pensaba más en una salida ordenada, basada en la figura del Rey don Juan Carlos, que en un proyecto de autenticidad democrática de largo recorrido. Lo que está sucediendo lo demuestra: los problemas del Rey, especialmente los de su salud, causan nerviosismo e inquietud, más allá de las preocupaciones normales sobre el jefe del Estado en un país democrático con una institucionalidad acreditada y vigorosa. Se producen declaraciones y silencios que excitan la incertidumbre y que transmiten más inseguridad a los españoles, ya bastante castigados por ambos conceptos.

Los que de buena fe han creído que había en España una monarquía parlamentaria, estarán comprobando que ni lo uno ni lo otro: la monarquía empieza y termina en la figura del Rey, el llamado juancarlismo, y lo de parlamentaria es un envoltorio de celofán sin contenido. A estas alturas descubren que nadie se había tomado la molestia de regular el Estatuto de la Corona que, lógicamente, implicaría controles y certezas sobre el devenir de la Casa Real y de los herederos al trono, porque, en realidad, el monarca se había constituido en un poder autónomo, inaccesible al Gobierno y al Parlamento, y así seguirá mientras reine, no les quepa duda alguna. Era la contraprestación obligada a la cesión de poder que hizo cuando otorgó la Constitución de 1978 y es lo que explica que el Gobierno y las Cortes hagan dejación de sus funciones en lo tocante a la jefatura del Estado: no saben, no contestan y, si salen a colación asuntos como la abdicación o inhabilitación, dicen que eso corresponde única y exclusivamente al inquilino de la Zarzuela, y se quedan tan anchos. ¡Menudo sistema parlamentario!

El cambio ordenado y seguro

En fin, los valedores de la Transición verán, pero sería más práctico que colaboraran en el proyecto de salida de un sistema, cuya aluminosis está dando la cara con la crisis española de principios del siglo XXI. Ni el conservadurismo ni la credulidad de la sociedad resultan bastantes para cubrir lo que, a todas luces, es un fallo multiorgánico del régimen, aquejado de esclerosis múltiple. No creo que haga falta detallar el rosario de problemas y de corrupciones con el que se nos bombardea a diario, muchos de los cuales han germinado en las estructuras de un entramado profundamente oligárquico. Esa textura tiende a anular cualquier iniciativa encaminada a su mejora, si tal mejora fuese posible. A veces, como ocurre en la construcción inmobiliaria, es más fácil y barato construir que rehabilitar. No tengo dudas de que esa es la cuestión: habrá materiales aprovechables, ¡cómo no!, pero la tarea es, desde mi punto de vista, convocar a la nación a los objetivos del cambio: recuperar la seguridad y la esperanza en el seno de un Estado democrático que sustituya a la impostura que tantos quebraderos de cabeza y sinsabores está causando a los españoles.

Somos un pueblo pacífico, cuyas protestas no van más allá de las manifestaciones festivas o de las expresiones airadas en las redes sociales o en el café. Quienes mandan pasan olímpicamente de todo ello y nos pagan con su desdén, sin caer en la cuenta de que estiran demasiado la cuerda que, en algún momento, puede romperse para desgracia de todos. Convendría que cavilen sobre su actitud y comprendan que el régimen del 78, casi fenecido, debe dejar de ser el tapón de la botella que impide que salga el vino joven del trabajo y de la educación que reclaman los esforzados y castigados españoles. Pero no harán nada, porque, como en la Alemania de 1945, esperan que surja “el arma secreta”. 


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