Res Pública

Vergüenza en Alcalá de Guadaíra

Mientras nuestros políticos se dedican a sus asuntos electorales, las listas para las elecciones europeas, y a discutir sobre galgos y podencos en relación con la ruptura expresa de su tinglado constitucional, nos llega desde Andalucía la noticia de la tragedia y muerte de una familia menesterosa de Alcalá de Guadaira, pueblo que en su día fue uno de los más industriosos de la provincia de Sevilla. Lo acontecido allí, con todas las reservas sobre las causas médico-sanitarias a las que se ha referido este periódico, no es una mera noticia de página de sucesos, es, en mi opinión, algo más. Es la advertencia de que no vamos por buen camino, al contrario, sin prisa y sin pausa, la marea del envilecimiento político y social avanza por mor de un discurso y de unas prácticas políticas que han convertido la pobreza en un objetivo para los más y el bienestar en un reducto para los menos. Y eso se hace con la complicidad de gobiernos e instituciones, pidiendo a los ciudadanos que sean comprensivos y, sobre todo, sumisos, porque puede haber cosas peores. La pobre familia de Andalucía, inmersa en la exclusión social, ya ha puesto su cuota en el altar del sacrificio colectivo. La cuestión es si el resto de la sociedad española está por la labor de embarcarse sin resistencia en los nuevos trenes europeos que conducen a la devastación. No sería la primera vez. 

Andalucía es testigo profético para el resto de España

Todos sabemos cómo está Andalucía y cuáles son sus tristes marcas en materia económica y social. El socialismo español tiene en aquella región el mayor baldón a su ejecutoria de los últimos treinta años y su peor carta de presentación para capitanear la transformación que necesita España. Todas las oportunidades y todos los recursos han sido malgastados y ahora ya no queda ni de lo uno ni de lo otro. Sólo resta que esa inmensa región subvencionada se siga hundiendo en el empobrecimiento derivado de la mala administración de los recursos públicos y de las políticas de recortes que son el pan nuestro de cada día. Un triste anticipo de lo que nos aguarda a los demás. Por eso, cuando se proclama lo mal que lo van a pasar en Cataluña cuando se vayan, convendría reflexionar sobre cómo lo pasaríamos en el resto de España sin ellos. Es menester tomarse en serio lo que está ocurriendo y pensar que el desmantelamiento del Estado bien por la ruptura territorial, bien por las políticas que atentan a su propia esencia y justificación no debe continuar, porque nadie, empezando por los poderes públicos y lo diga quien lo diga, está legitimado para conducir a toda una nación a la pobreza o a cosas peores. 

La brecha de la desigualdad es cada vez mayor. De acuerdo con el Índice de Gini, desde 2008 a 2011 la desigualdad no ha dejado de crecer y España se sitúa hoy entre los países más desiguales de Europa. En congruencia con ello, la tasa de pobreza ha superado el 22 por 100, porcentaje que se supera notoriamente en determinados sectores de la población tales como familias numerosas y monoparentales, junto con los hogares con una persona mayor de 65 años. El terreno de la exclusión social está abonado, y se sigue abonando, en perjuicio primero de los afectados y después del equilibrio social del país. Sus consecuencias serán cada vez más evidentes y dramáticas. 

Alguien puede pensar que no es para tanto, que, al fin y al cabo, lo ocurrido ha sido un suceso desgraciado y meramente accidental. Vamos, una anécdota triste. Sin embargo, creo que no es una anécdota, es una categoría en la que se ensamblan la mayoría de los males nacionales de los que venimos hablando en éstas páginas: inhibición del Estado, abusos e incompetencia de los poderes regionales, ausencia de planes educativos, dejación de las políticas de crecimiento económico y de solidaridad social; muestras todas de la falta de alternativas democráticas para enfrentar la crisis española. 

Sin Estado no hay futuro digno y democrático

El suceso de Alcalá de Guadaíra es un espejo profético en el que hay que mirarse, unos para ruborizarse, si les queda algo de vergüenza, y otros para sacudirse el desfallecimiento o la indiferencia para exigir y reclamar el cambio. Porque peor que cualquier posible demagogia es el fatalismo que parece adueñarse de toda la nación, desde el Gobierno, cuyo presidente se pregunta hacia dónde quiere ir Alemania, hasta las oposiciones, inanes y desnortadas, y los ciudadanos confundidos y desinformados. 

La pregunta del jefe del Ejecutivo ya está teniendo respuesta, de unión bancaria, nones, y más cosas que vendrán de la mano de la gran coalición recién estrenada en Alemania. Da miedo sólo pensarlo, teniendo en cuenta la trayectoria de los años recientes y el desinterés por el porvenir del sur europeo. De éste sólo interesarán aquellas regiones que puedan aportar algo de valor a esa sedicente unión monetaria, tutelada por Berlín. A este propósito, ya declaró un economista germano que Cataluña y País Vasco podrían seguir en el euro, expresando sus dudas sobre el resto. Aunque haya sido un ejercicio académico, no lo echemos en saco roto: el desmembramiento de los Estados nacionales les sirve para separar el grano de la paja y seguir haciendo negocio, sin preocuparse de los que queden descolgados sin tejido productivo y sin proyecto de país. El que lo dude que mire a los Balcanes y que pregunte quién alentó la independencia de Croacia y Eslovenia. Que tomen nota muchos europeístas que no parecen caer en la cuenta de lo que se ventila con la subversión de los principios fundacionales de la UE. 

En fin, resulta lamentable que tenga que ser la muerte de una pobre familia de la provincia de Sevilla la que obligue a reflexionar sobre tantas y tantas cosas que han contribuido a formar el mosaico de esa tragedia. No me cabe duda de que sucesos como éste son los que remueven las conciencias y nos ponen en la pista de con qué mimbres se está fabricando el cesto de la perdición.


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