Res Pública

Verano con Bárcenas y Gibraltar

Todos los veranos tienen sus serpientes o tormentas, según se mire, para rellenar el hueco vacacional o de simple desconexión de las realidades habituales. Este año, cuando se vive la placidez de la ausencia del gobierno y de los temidos portavoces europeos, hay dos asuntos dispares que suscitan un cierto interés, aunque no demasiado: el culebrón del tesorero del PP y la historia casi olvidada de Gibraltar. El primero, que empezó como un volcán, sigue soltando lava que los presuntos afectados van sorteando desde que con su mayoría parlamentaria decidieron que no había lugar para responsabilidades políticas y que se remitían a lo que resulte de la investigación judicial; sobre el segundo, Gibraltar, la cosa es más complicada porque las autoridades de la Roca han decidido dificultar la vida de los pescadores de la Bahía de Algeciras, echando bloques de cemento al mar. Una provocación que nos pilla desentrenados, sobre todo porque viene de un socio de la UE, el Reino Unido, que ampara incondicionalmente a los gibraltareños. Supongo que en las semanas próximas sabremos hasta dónde llegan ambos asuntos que desde luego no figuran entre las preocupaciones principales de los españoles.

La opinión pública, curada de espanto

Cuando escribo el comentario se ignora el verdadero alcance de las declaraciones judiciales de los altos cargos del PP convocados a testificar ante el juez instructor del asunto Bárcenas. Pero el principio del desfile por la Audiencia Nacional da idea de que nos aguarda un largo y tortuoso proceso judicial que aumentará la erosión de la política y el descrédito del partido del gobierno. Las crónicas que seguirán apareciendo periódicamente no serán un juicio paralelo, que tan mala prensa tiene, serán la consecuencia de haber congelado políticamente las responsabilidades que, por acción u omisión, se derivan del asunto de las cuentas que gestionaba el ahora denominado tesorero infiel. Mucho se ha dicho y escrito sobre ello y creo que los españoles, así como los militantes del partido del gobierno, tienen formada una opinión que, con justicia o sin ella, es la que determinará el rumbo de los jefes políticos y de la propia organización. Precisamente por eso, las erupciones sucesivas de ese volcán no alterarán significativamente el curso de los acontecimientos. Salvo para los muy interesados por los meandros del proceso judicial, el común de la gente prefiere centrar sus afanes y preocupaciones en otras cosas, después de constatar que en esa materia ya se ha dicho lo principal. Las filigranas jurídicas o judiciales quedan para los entendidos. No es desinterés, es hartazgo y comprobación de que, una vez más, los dirigentes políticos hacen lo que les viene en gana y se niegan a responder ante los ciudadanos. Creo que, en éste caso, sí se puede afirmar que el futuro está escrito, no sé si con renglones derechos o torcidos.

Gibraltar, la historia de una dejación

Lo comentado parecía insuficiente para llenar las crónicas veraniegas y han tenido que ser los gibraltareños los encargados de insuflarles algún vigor con su disparatada y burda acción de los bloques de cemento en las aguas de Algeciras. ¡Para qué queríamos más! El Ministro de Asuntos Exteriores se enfada, la frontera vuelve al rigor, las colas crecen, los trabajadores de La Línea, que son los principales perjudicados, se quejan, la oposición no respalda al Gobierno y algunos llegan a decir que hay que desafiar a la Royal Navy, cuyos buques están de visita en la Roca. De la Junta de Andalucía, tan locuaz en otras ocasiones, no sabemos nada: si está a favor o en contra, porque, al fin y al cabo, el Campo de Gibraltar y los trabajadores que van cada día al Peñón son de su negociado, o de su realidad nacional como reza el renovado Estatuto de Autonomía de Andalucía. En fin, todo de zarzuela grande o brocha gorda, ignorando la incuria de 300 años durante los que han faltado preocupación e inteligencia para gestionar el baldón del Tratado de Utrecht que firmó el primer rey de la Casa de Borbón, Felipe V.

La vuelta de las vacaciones, para los que las tengan, y los propósitos para el nuevo curso deberían extraer de estos sucesos veraniegos algunas enseñanzas: lo de Bárcenas requiere menos arrogancia y más responsabilidad del Gobierno y de su partido para intentar salvar unos muebles que están claramente amenazados y lo de Gibraltar, que no es un grano de anís, requiere templanza y entendimiento con el Reino Unido, si es posible con la colaboración de la UE, para que el Campo de Gibraltar, bastante castigado por la crisis general, no se convierta en el pin pan pum de las provocaciones de las autoridades de la Roca y de la respuesta desordenada desde el otro lado de la Verja. Por pedir que no quede.


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