Res Pública

¿Vendrá un Primo de Rivera?

Es la pregunta inquietante que se puede hacer al contemplar el desmoronamiento institucional de la Transición, ahogada por los escándalos de la corrupción y por el agravamiento de la crisis económica. Si a ello se une el fracaso de las Cortes a la hora de proponer iniciativas de regeneración y cambio para recuperar el consenso político y social, no es difícil prever que la inestabilidad seguirá creciendo en paralelo con la evolución negativa de la actividad general del país. Contra lo sostenido por los portavoces oficiales, incluido el presidente del Consejo de Ministros en el debate de la semana pasada en el Congreso de los Diputados, ningún indicador anticipa mejoras en lo económico; todos apuntan al ahondamiento de la depresión, cuya manifestación más dolorosa es el aumento del paro. Frente a eso, los partidos políticos del régimen, salvo alguna excepción minoritaria, han seguido apostando por su sostenimiento con diferentes grados de adhesión: desde la tibieza de los nacionalistas, pasando por el desconcierto de los socialistas, hasta el inmovilismo, aparentemente granítico, del partido del Gobierno. Un cuadro en el que todo conspira para que en España se produzca algún tipo de ruptura, con bastantes posibilidades para la opción del primoriverismo civil. ¡Triste sino para los indefensos españoles!

Lo que pasa cuando se pierde el apoyo social

La historia nos suministra ejemplos abundantes de lo que sucede cuando los sistemas políticos pierden el apoyo social, normalmente porque se muestran incapaces de atender las necesidades o demandas de sus ciudadanos. También cuando se ahogan en el vómito de su podredumbre. Si se unen ambas cosas, como es el caso actual, el enigma sólo afecta al tiempo ¿meses, un año quizás? De nuestro pasado contemporáneo he echado mano de D. Miguel Primo de Rivera, no por su condición de militar, sino porque su irrupción en la política española al frente de un Directorio, el 13 de septiembre de 1923, se produjo por el pudrimiento de los partidos dinásticos de entonces. Éstos se mostraron incapaces de hacer frente a las dificultades económicas que sucedieron a las ventajas -- hoy le llamaríamos burbuja -- que España obtuvo con su neutralidad en la Primera Guerra Mundial. A tales dificultades se añadieron la cuestión catalana, los escándalos económicos y la sangría de la guerra marroquí. De hecho, fue el desastre de Annual el que provocó la apertura en las Cortes de la investigación conocida como el Expediente Picasso, que podía implicar al propio rey Alfonso XIII.

Desde 1917 la inestabilidad política y social había ido creciendo al tiempo que los partidos políticos del régimen se degradaban con sus propias miserias, sin ofrecer alternativas al modelo agotado de la Restauración: la sociedad española de entonces demandaba cambios pero las organizaciones encargadas de capitanearlos hacían oídos sordos a los mismos. Los intentos de cambio, como la Asamblea de Parlamentarios de Barcelona o las propuestas del Partido Reformista, no sólo no prosperaron sino que excitaron la autodefensa de los poderes establecidos, lo que produjo la parálisis en la gobernación del país. Y hasta tal punto llegó que, cuando se produjo el pronunciamiento de septiembre de 1923, fue recibido con la indiferencia teñida de apoyo de la opinión pública y la simpatía de determinadas organizaciones sociales, especialmente el sindicato socialista UGT. Un fenómeno transversal, como se dice ahora. La historia posterior es conocida.

La decadencia democrática y el desafecto popular

La España de hoy tiene poco que ver con la de un siglo atrás, pero, de forma similar a aquella, camina por derroteros llenos de esclerosis política, de ruina económica y de desigualdad social. Son las referencias del agotamiento de un modelo político y económico que, a mi juicio, no ha sabido o no ha querido desarrollar al país. Se ha limitado al aprovechamiento especulativo de la bonanza basada en fundamentos poco sólidos, destacando entre ellos un endeudamiento inasumible. Europa está sufriendo una guerra sin cañones y España, uno de los países ya derrotados, no sabe o no puede digerir las consecuencias de su Tratado de Versalles particular: sus minorías dirigentes no dirigen ni prevén nada, se limitan a obedecer a Bruselas o Fráncfort y a defender sus posiciones cada día. Los españoles, conscientes muchos de ellos de la envergadura del desastre, se preguntan cómo terminará todo, dando por sentado, como indican las encuestas sociológicas, que no esperan nada bueno de los que están al mando. Es decir, el consenso político y social parece quebrado y a pocos les preocupa restaurarlo. Voces, de dentro y de fuera, hablan de agotamiento, pocas de cambio, y las más, de resignación.

El Congreso de los Diputados ha sido esta semana fiel retrato de lo expuesto: el jefe del Ejecutivo ha declarado impávido que, entre sus compromisos electorales y el deber ¿qué deber?, eligió incumplir los primeros y, a renglón seguido, dio unas cifras sobre déficit y evolución de la economía que fueron desmentidas de plano, al día siguiente, por su idolatrada Comisión Europea. No conforme con ello, desdeñó debatir sobre la corrupción, que también le afecta a él y a su partido, y negó la apertura a cualquier proceso regenerador o de cambio, ante las tímidas solicitudes de determinadas minorías parlamentarias. Discurso y actitudes claramente defensivos con ribetes de arrogancia que no presagian nada bueno sobre el futuro inmediato. Dijo que su única preocupación era el déficit. Pura ceguera que se transforma en necedad, cuando desde el establishment denuestan las declaraciones del líder del PSC que, al fin y al cabo, pretenden oxigenar al régimen para evitar o aplazar su hundimiento.

Las mareas sociales y los movimientos de disconformidad van subiendo de grados, ofreciendo la imagen de un país profundamente alterado y despegado de sus instituciones y mandatarios. A eso se le oponen policías o bomberos, aunque éstos últimos han empezado a desertar. El día que lo hagan sus colegas policiales se comprobará cuan vacía es la arrogancia del poder cuando éste ha dado la espalda a la sociedad. Me temo que sólo eso es lo que hay sobre el tablero español: una guerra de trincheras. A los liberales y demócratas, que creemos en las zonas templadas del Gobierno y de la política, todo esto nos suscita una grave desazón: España camina con el fardo de la impostura democrática, sumida en la postración económica y social. Son los caldos de cultivo para cualquier clase de dictadura.


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