Res Pública

Ucrania, hacia el pacto germano-ruso

Después de la pifia de la Unión Europea con el intento fallido de asociación de Ucrania y el apoyo posterior a la defenestración del gobierno de Kiev, se ha puesto en marcha una dinámica geopolítica en el Este del continente que ya ha dado como resultado la anexión de Crimea por parte de Rusia y el referéndum separatista que se acaba de celebrar en algunas provincias ucranianas prorusas. Todo ello con tensiones bélicas que ponen de manifiesto el grado de inestabilidad en que se desenvuelve la vida de una región importante de Europa. La mecha se encendió en otoño pasado y los problemas no dejan de crecer, con la ausencia llamativa de la UE que cual Capitán Araña permanece como espectadora del espectáculo organizado. La consecuencia inevitable es que todo apunta a un acuerdo entre Alemania, la única potencia sólida del occidente europeo, y Rusia, que representa lo propio en el Este, porque son muchos e importantes los intereses en juego y nadie se puede permitir el lujo de dejar los acontecimientos de Ucrania al albur de la lucha entre occidentales y prorusos.

La renuncia al modelo europeo siembra inestabilidad

La vuelta de la inestabilidad al continente, que parecía vacunado tras la horrenda guerra de los Balcanes causada por la desintegración de Yugoslavia, es una mala noticia para los europeos y para el orden internacional, porque, a pesar del perfil bajo de la política europea y de su economía menguante, lo que suceda aquí sigue teniendo relevancia estratégica y no se puede despachar como muchos de los conflictos que se producen en otras regiones del mundo. En el último siglo y medio a Europa le ha correspondido el “honor” de ser la estrella de grandes conflagraciones y, en la parte positiva, diseñar y ejecutar un modelo político-social de economía mixta que, con la inestimable ayuda norteamericana, dio lustre durante décadas al occidente europeo. Los logros obtenidos fueron valiosos, destacando de ellos la profundización de la democracia y la cohesión social. Nadie podía pensar, a principios de los años 90 del siglo pasado, que la guerra pudiera volver al oasis europeo, pero volvió, con una crueldad inusitada, en los Balcanes y ahí empezaron a surgir las primeras dudas sobre la solidez de las instituciones europeas comunes que se vieron obligadas a ampararse en la sombrilla americana para terminar con el conflicto.

Desde mi punto de vista, aquello fue una prueba de lo mucho que quedaba por hacer para fortalecer el proyecto común, teniendo en cuenta la nueva situación creada en Europa con la disolución de la Unión Soviética. Pero los afanes por dar la vuelta al modelo económico imperante, abriendo las puertas de par en par al capitalismo financiero, y la búsqueda inmediata del beneficio en los mercados del Este dieron al traste con cualquier política de consolidación de lo conseguido. La ampliación desmesurada y poco prudente al Este junto con las políticas de desmantelamiento industrial en el Occidente produjo un declive generalizado, del que sólo se salvó Alemania, que fue encubierto por las políticas crediticias expansivas de la década 1996-2006. A partir de la última fecha entramos en un período de turbulencias que empezaron por la banca y las finanzas y que luego se han extendido al resto de las estructuras que conforman los diferentes Estados del continente europeo. No está quedando títere con cabeza del modelo anterior y la incertidumbre y la desconfianza han calado en los sentimientos de las naciones europeas, que se encuentran indefensas y emparedadas entre las ideas poco realistas de la burocracia comunitaria y la sumisión a las mismas de la mayoría de los gobiernos.

Una UE más débil y pagana en lo económico

En un contexto como el descrito no es extraño que haya estallado la crisis de Ucrania y que no se sepa cómo resolverla por la razón fundamental de que no hay proyecto ni instrumentos para ello. Y ese vacío tiene que ser rellenado por los que disponen de medios y de ambición. Tales condiciones las cumplen Rusia, porque la crisis se produce en su hinterland natural, y Alemania, con importantes intereses en la zona a los que no está dispuesta a renunciar. El resto de países de la UE no cuenta, salvo para refrendar y sufragar, en su caso, lo que en su momento determinen esas dos potencias. Los propios Estados Unidos de América, cuyo presidente Obama salió chamuscado de la crisis de Siria a manos de Rusia, parece que han optado por delegar en Alemania la búsqueda de la solución en Ucrania.

Con el fin de no envenenar demasiado el ambiente previo a las elecciones europeas del 25 de mayo se intentará contener la riada de los sucesos de Ucrania, a sabiendas de que, pasadas las elecciones, quedará más acusada la debilidad de la UE, causante en parte de la crisis, y la necesidad de que Alemania tome definitivamente las riendas de la política europea. La primera consecuencia de ello es que Alemania se sentará con Rusia para definir el porvenir de Ucrania y garantizar hasta donde sea posible la estabilidad en la región. Probablemente, Moscú conseguirá aumentar su influencia en el este del país y Berlín endosará a toda la UE el coste económico de la quiebra de Kiev. Como es fácil comprender, para los ciudadanos europeos nuestros clarividentes genios de Bruselas han fabricado en Ucrania un pan como unas tortas. Ojalá todo pare ahí, pero no es seguro.


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