Res Pública

La UE como coartada y camelo

Acaba de declarar Jean Claude Trichet, controvertido exgobernador del BCE, que el capítulo de la crisis europea no está cerrado, aunque evita pronunciarse sobre cómo puede ser su final. Tal declaración, bastante realista, contrasta con las afirmaciones recientes de nuestro jefe de Gobierno, que se felicita día sí y día no de las bondades de las políticas europeas, convertidas para él en norte y guía y que son, en realidad, su coartada para justificar la ausencia de proyecto nacional para España. Cuando se le pregunta sobre ello, siempre sale con la cantinela de ese europeísmo decadente y burocratizado que, de cumbre en cumbre, nos obsequia con la desilusión sobre el porvenir. Poco interés tiene ese discurso, pero apuesto con ustedes a que el gran vacío de esperanzas que representa va a ser rellenado con camelos gigantes hasta las elecciones europeas de mayo, y después, ya veremos. Por lo demás, en los asuntos nacionales, se continuará trampeando y haciendo encaje de bolillos con las cifras para intentar convencernos de que el cierre del capítulo de la crisis española sí está llegando. La prudencia de Trichet contrasta así con la superficialidad de nuestros gobernantes. No obstante, esperando que suene la flauta, habrá que seguir martilleando con la exigencia y con las alternativas a la estulticia.

Grecia como símbolo de la decadencia de la UE

El proyecto europeo, que nació en los años 50 para fortalecer la reconstrucción y como alternativa continental al bloque soviético en plena Guerra Fría, ilusionó a las naciones que formaban parte de él yencandiló a los españoles que aspiraban a recuperar la libertad y el bienestar que les negaba el franquismo. Esa esperanza de muchos compatriotas se fue agrandando a medida que se comprobaba que los países del Mercado Común mejoraban y que el llamado welfare state se extendía por la Europa continental. Lógicamente no se puede ignorar que el Plan Marshall americano, del que España estaba excluida, fue determinante para que las cosas evolucionaran de forma tan positiva. En todo caso, las muletas americanas hicieron recuperar a los europeos la confianza en sí mismos, sustituyendo las disputas tradicionales por un modelo de solidaridad social, de librecambio económico y de democracia. Después de las grandes guerras, todo eso suponía un paso de gigante.

Hasta principios de los años 90 el proyecto europeo respondió a las ideas de sus fundadores, pero a partir de entonces se produjeron tres circunstancias que, a mi juicio, contribuyeron a su desnaturalización: la caída del bloque soviético, la reunificación alemana y las guerras de los Balcanes. Los viejos demonios salieron a la luz y resucitaron con fuerza los protagonistas de los estragos que se creían olvidados; y las instituciones europeas, de las que ya formábamos parte los españoles, se mostraron incapaces de hacer frente a esas amenazas. La incapacidad llegó al extremo de abrazar sin remilgos la ampliación al Este, patrocinada por la nueva Alemania, y abrir las puertas de par en par a las tesis del capitalismo financiero, muy queridas en el mundo anglosajón y poco acordes con el capitalismo industrial imperante en el continente. El Tratado de Maastricht de febrero de 1992 consagró ambos fenómenos y, según la vieja expresión, “ahí empezó Cristo a padecer”.

Desde entonces no ha habido tregua en el objetivo de desmontar lo conseguido y de desandar el camino de la paz y de la prosperidad. Los hechos acontecidos son tan claros y contundentes que no admiten refutación. Otra cosa es que se vendan mensajes taimados para ocultar o edulcorar las consecuencias nefastas de las políticas comunitarias, que parecen inspiradas por los peores enemigos de la Unión Europea. Y a fe que han conseguido sus propósitos: el tinglado comunitario se ha convertido en una caricatura dramática del proyecto inicial y representa hoy la mayor amenaza a la estabilidad política y social del continente. El símbolo de ello es Grecia, la adelantada en la ruina prometida, que asume ahora la presidencia de la UE. Un sarcasmo trágico.

Las exigencias son España y los españoles

Por eso, desde la presunción de la buena fe no es fácil entender el discurso del establishment español, que es el que vende el presidente del Consejo de Ministros y que se resume en que España no necesita proyecto nacional, porque lo importante es disolverse en la Unión Europea. Lo acaba de afirmar el señor Rajoy cuando le preguntaron acerca de posibles cambios constitucionales. En realidad, esa ha sido la actitud de todos los Ejecutivos de la Transición que han funcionado sobre la base de pensar que España no necesitaba proyecto estatal propio porque bastaba el de la integración europea, como si ambas cosas fueran incompatibles. Que le pregunten a alemanes y franceses o incluso italianos a ver qué opinan. No cito a ingleses y escandinavos, porque éstos lo tienen tan claro que se desengancharon de las principales obligaciones de Maastricht, fundamentalmente el euro.

Los gobiernos españoles han puesto todos los huevos en la misma cesta, el proyecto europeo, y se han desentendido de fortalecer al Estado bajo los principios de la solidaridad y de la democracia. Este se ha ido deshilachando por la corrupción y por la deriva disparatada del derecho a la autonomía regional, que ha devenido en un derecho a la autonomía clientelar de los partidos dominantes y que ahora presenta su cara más amarga con la amenaza cierta y no inventada de la ruptura territorial del país. Y el único argumento que se les ocurre para enfrentar el fenómeno separatista es el de que aquellos que abandonen España estarán fuera de la UE. ¡ Ay que miedo! Como si ésta UE decadente y burocratizada, presidida por su víctima más insigne, Grecia, fuera la garantía de la paz y de la prosperidad perdidas en el continente. Con argumentos así, el éxito del gobierno va a ser perfectamente descriptible.

Creo, que ahora que vienen mal dadas y que comprobamos que sólo con nuestro esfuerzo y con nuestros proyectos podremos salir de la sima en la que estamos, es el momento de exigir menos sobreactuación con los camelos europeos y más dedicación a buscar las políticas y los cambios apropiados para la España del siglo XXI. Feliz Año a todos.


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