Res Pública

Tras la Transición: la intransigencia democrática será síntoma de honradez

Tomo prestado parte del título de Manuel Azaña, cuando decía en 1924:“Sería erróneo suponer que en el régimen constitucional de España sólo han fracasado ciertos hombres, ciertos partidos y organizaciones. Han fracasado también y sobre todo ciertos métodos, hijos naturales de los consejos turbios y de las amalgamas imposibles. Tales métodos eran anteriores a los hombres mismos que los aplicaban. Por eso no bastará quitar a unas personas para que entren otras; habrá que restaurar en su pureza las doctrinas y acorazarse contra la transigencia. La intransigencia será el síntoma de la honradez”. Eso me sugiere la situación de España en éste final de agosto, tórrido e inquietante, cuando nos adentramos en las aguas pantanosas del desbarajuste gubernamental y se anuncian los primeros chispazos cívicos de la sociedad que se empieza a sacudir el conformismo ante las agresiones a su propio ser. Es urgente plantear un proyecto para el después. El presente es vacío e inepcia. Nada, salvo más problemas y penurias, se puede esperar de quienes, todavía, ostentan la responsabilidad del poder público en nuestro país.

Las inercias políticas, la sumisión social y la protesta dirigida y controlada, parece que van llegando a su fin: el conservadurismo de las sociedades medianamente desarrolladas, como es la española actual, nada que ver con la de los años en que escribía Azaña, ha hecho posible el mantenimiento y engorde de un sistema que sí tiene bastantes puntos en común con el que describe el político republicano. Si entonces la crisis política y social abarcó casi todo el reinado de Alfonso XIII, ahora su estallido se produce en lo que casi nadie duda que es el epílogo del reinado de su nieto, Don Juan Carlos I. Las consecuencias de ello están por ver, esa es la gran incertidumbre, porque también pocos dudan de que las instituciones y dirigentes actuales han dejado el poder público en España al albur de acciones y acontecimientos que dependen de otros actores: se han rendido y su único objetivo aparente es permanecer, sin tomarse siquiera la molestia de pergeñar un proyecto que se lo garantice. Nunca en otras crisis del último siglo y medio se había producido un vacío de alternativas como el que estamos padeciendo.

Un poco de historia de otros agostos

Cuando en su azarosa historia, España tomó conciencia, en la segunda mitad del siglo XIX, de que la monarquía de Isabel II, carcomida por la corrupción, tocaba a su fin, hubo españoles de toda condición y de adscripciones políticas diversas que aunaron sus esfuerzos y su patriotismo para evitar los males del vacío: así nació el 16 de agosto de 1866 el Pacto de Ostende, cuyo principal promotor fue el general Prim, que puso las bases de un nuevo orden político que se decidiría en unas Cortes Constituyentes. Al producirse la caída de Isabel II, en septiembre de 1868, existía un guión o proyecto para restaurar la democracia en España y consolidar los derechos civiles. El asesinato del general Prim el 27 de diciembre de 1870, en vísperas de la llegada del rey Amadeo de Saboya, lo malogró.

Algo parecido sucedió en el siglo XX con el fin de la Dictadura de Primo de Rivera en enero de 1930 y el convencimiento de la caída de la monarquía de Alfonso XIII: también entonces, españoles de diferentes opiniones pusieron en común sus preocupaciones por el porvenir de la Patria y firmaron en agosto de 1930 el Pacto de San Sebastián, que inspiró los primeros pasos programáticos de la Segunda República Española.

Lo que me interesa resaltar de esos dos sucesos históricos es la preocupación de algunos españoles de entonces por las crisis políticas y económicas del momento y el esfuerzo por evitar a sus compatriotas los daños derivados del vacío y de la incertidumbre. Justo lo contrario de lo que hoy nos sucede. La falta de referencias y de opciones vertebradas en lo político y en lo económico es lo que añade preocupación al hundimiento de la Transición.

La protesta de la gente normal

Los españoles asistimos a los devaneos espasmódicos de los dirigentes públicos y a los abusos de los acreedores de nuestro país, sin poder opinar y sin conocer propuestas diferentes a las proclamas del empobrecimiento de los más débiles, para mantener privilegios y estructuras incompatibles con la moderación y el buen gobierno. Las gentes que, poco a poco, van saliendo a las calles para expresar sus protestas no son ni dinamiteros ni desclasados, son, en su conjunto, ciudadanos sorprendidos en su buena fe, caso de los titulares de preferentes bancarias, o funcionarios públicos a los que se quiere convertir en chivos expiatorios del mal gobierno. Esa corriente, probablemente, crecerá en paralelo con las expectoraciones agónicas del gobierno.

Desde mayo de 2010 ha desaparecido el Parlamento; se gobierna por Decreto-Ley contra los mismos, no a favor de la nación, sin el más mínimo pudor por disimular privilegios contrarios a la moderación que se predica y se exige. Así, la marea del descrédito del poder va llegando incluso a los sectores sociales más respetuosos con él, las clases medias, que comprenden a una gran parte de los votantes de éste gobierno. Hace pocos meses, en Andalucía, ya hubo prueba de la deserción de muchos de ellos, casi 500.000; ahora no sabemos cuál sería su número, seguramente muchos más, y no porque no quieran el esfuerzo y el sacrificio, no, es porque lo consideran vano e injusto, sin futuro para ellos y para sus hijos.

El alejamiento de la realidad es uno de los síntomas que acompaña a todo poder que no quiere regenerarse para mejorar la sociedad a la que se debe. Para ello se echa mano de excusas como la de que no se explican bien o que no son comprendidos. Explicar no sé, pero que se comprende perfectamente lo que hacen es paladino. Se ponen vallas materiales, las del Congreso son un ejemplo, o propagandísticas para auto protegerse y se rasgan las vestiduras si los ciudadanos buscan cauces nuevos, aunque el derecho de manifestación no lo es, para expresar sus protestas y sus exigencias. En fin, la eterna película de la descomposición y de la decadencia. ¿Cuánto durará?


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