Res Pública

Tangentópolis a la española

La saga de irregularidades, corrupciones y procedimientos judiciales de políticos y no políticos con la que venimos siendo obsequiados a diario en los medios de comunicación nos sitúa ante un país convertido en algo parecido a un patio de Monipodio o a la Italia de los años 90, cuando se descubrió la famosa Tangentópolis. Un fenómeno que acabó con las instituciones y el sistema de partidos de aquella República. No se si algo parecido sucederá en España; desde luego méritos para que suceda se acumulan a diario. Bien es verdad que los afectados y protagonistas disfrutan de dos corazas que les defienden: un sistema a su medida en el que prácticamente no existe la separación de poderes y una sociedad bastante tutelada y poco exigente, angustiada ahora con los problemas de supervivencia derivados de una situación económica impensable hace cinco años. Pero no olvidemos que, como expresa el dicho popular, torres más altas han caído.

Desde mi punto de vista, el modelo político español, tan idolatrado por sus hacedores y beneficiarios, ha puesto en crisis los valores democráticos y, lo que es peor, la moral pública, como a la vista está. El ejercicio de la política ha sido excluyente y partidario, por no decir sectario, por causa de una visión patrimonial de aquella, nunca mejor dicho. Los españoles somos convocados periódicamente a las urnas, como éste fin de semana en Andalucía y Asturias, para recibir, en la mayoría de los casos, mensajes mistificadores que demuestran el poco aprecio de la mayoría de los políticos por los ciudadanos y la nula intención de cambiar ese estado de cosas. Nuestros dirigentes, con escasas y honrosas excepciones, continúan con sus estereotipos y señuelos, sabiendo las dificultades de todo orden que existen para desalojarlos del disfrute del poder y del disfrute de la oposición, protegidos como están por el blindaje que les brindan la Constitución y las normas electorales amén de la complicidad entusiasta de la mayoría de los medios de comunicación.

Los intereses creados y aplaudidos

La tela de araña de intereses tejida a lo largo de más de treinta años ha pretendido, y conseguido en gran medida, despojar al poder público de aquello que justifica su existencia en un Estado contemporáneo: la defensa del interés nacional, la gestión austera de los recursos públicos, la protección de los débiles, el fortalecimiento de la educación y la presencia internacional de España como un Estado sólido y fiable. La consecución de ese conjunto de objetivos, junto con otros, debería haber establecido en nuestro país un orden civil solidario y exigente, después de tantas tragedias e injusticias históricas. No ha sido así.

En mi opinión, lo que se ha hecho es dar al país un leve barniz democrático para obtener una apariencia suave y tolerante, dejando intactos los viejos sentimientos y las viejas lacras y colusiones que deberían haber sido erradicados. Solo hay que hacer un leve repaso de las noticias para constatar lo afirmado. Y encima tenemos que seguir oyendo discursos y aplausos que ofenden a la inteligencia y al buen sentido, sin que la sociedad pueda revolverse contra sus autores, porque carece de medios e instrumentos para ello. Sí, de vez en cuando se lanza a la palestra algún auto o sentencia judicial que no son ni más ni menos que las excepciones que confirman la regla. El debate serio sobre nuestros males y carencias continúa secuestrado.

La preocupación por España

Ya son varias las generaciones de españoles educadas en un modelo muy poco exigente para el ejercicio de la política y, por el paso de los años, van accediendo a los puestos de responsabilidad de la misma. La mayor parte de nuestros políticos con cargos destacados no han tenido otra profesión. Suelen ser biografías mediocres y dignas, pero poco adecuadas para ejercer el poder público. En esas condiciones resulta difícil aventurar el futuro, aunque el pasado inmediato puede ilustrar nuestras intuiciones Los españoles, por su parte, en la medida que pueden y les dejan, suelen enviar mensajes bien de satisfacción bien de desagrado con algunas cosas. El último ha sido otorgar todo el poder de la nación al partido gobernante para poner a prueba su capacidad de cambio y de gestión. Estamos ansiosos a la espera.

La crisis española no preocupa solo a los españoles que la sufrimos, también a los de fuera, porque su resolución o agravamiento tendrá una gran influencia política y financiera. Por eso, y por otras razones, el afloramiento de casos de corrupción que demuestran, a ojos de propios y extraños, un grado de podredumbre que puede poner en duda nuestro crédito nacional, no debe tomarse ni con frivolidad ni con fatalismo, mucho menos con actitudes favorables al encubrimiento. Como país, estamos obligados a reflexionar y a exigir los cambios de un estado de cosas escandaloso e incompatible con la democracia y el bien público.


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