Res Pública

Reinventar las cajas de ahorros

Dos profesores ilustres, José Félix Tezanos y Antón Costas, se refirieron a la desaparición de las cajas de ahorros españolas en términos elocuentes: el primero habló de economicidio y el segundo la calificó como el mayor desmán financiero de nuestra historia. Yo añado: eso fue posible gracias al impulso soberano y entusiasta de los poderes públicos que, al servicio de intereses nefandos, metieron en el mismo saco a las instituciones de ahorros y a sus malos gestores para dinamitarlas. Nadie las defendió, empezando por las propias entidades y sus organizaciones confederales, y así se consumó el drama con el alborozo de muchos medios de opinión y la perplejidad de sus millones de clientes y sus miles de empleados. Pero la ruleta de la crisis bancaria ha seguido girando y, mira por dónde, los lejanos señores de Bruselas nos recuerdan las fortalezas del modelo de negocio minorista y la importancia de que cada entidad se esfuerce en atender los intereses crediticios de sus zonas de actuación. En resumen, lo que hacían y nunca debieron dejar de hacer las denostadas cajas de ahorros.

El descrédito y destrucción del ahorro popular

Resulta muy difícil explicar a cualquier observador cómo ha podido desaparecer, institucionalmente, la mitad del sistema crediticio aun considerando la magnitud de la burbuja inmobiliaria. Digo que es inexplicable, porque en cualquier tratado de buen gobierno lo primero que se señala es que ante un problema hay que analizarlo y buscar soluciones que no creen otro mayor. Y eso es lo que no se ha hecho en España con el sistema financiero, y en particular con las instituciones de ahorro. En el quinquenio transcurrido se ha hecho de todo, fusiones, absorciones, concentraciones, transformaciones societarias, menos lo que estaba al alcance de la mano y que ahora nos recuerdan los eurócratas: estudiar entidad por entidad y aplicar las recetas convenientes a cada caso.

Habrá que preguntarse por qué no se hizo y se prefirió organizar el lío padre que va a costar Dios y ayuda deshacer malamente. Lo sucedido ha dañado considerablemente los intereses generales de la nación y puede, aunque eso no está claro del todo, que haya beneficiado a determinados grupos financieros que, a su vez, por el desastre general, ven encarecida su financiación en los mercados crediticios, prima de riesgo y demás hierbas. Un mal negocio para todos, cuya traducción práctica es que el Estado es el mayor banquero del país, el mayor grupo inmobiliario, atentos al banco malo o SAREB, y uno de los mayores grupos empresariales. Realidad no querida por quienes gobiernan que, hasta el momento, están haciendo un uso vergonzante de la misma, pero que, dada su magnitud y su previsible duración, requerirá un proyecto de ordenación y de gestión en pro del renacimiento de la actividad crediticia.

Las indicaciones de Bruselas y la responsabilidad del Estado

Y a ese propósito, resultan muy oportunas las indicaciones de Bruselas sobre la banca minorista. Es un modelo de negocio en el que España ha demostrado su bien hacer y que, una vez desaparecidas las burbujas especulativas y las veleidades del capitalismo financiero alimentadas por las elites españolas, hay que recuperar con presteza. Corresponde al Estado hacerlo, ¿y cómo? se preguntarán algunos; pues utilizando las entidades de las que es dueño y aquellas que se sumarán en plazo breve. Estamos hablando de alrededor del 40 por 100 del sistema financiero que no es una minucia.

Contra lo que se ha hecho creer de forma interesada y poco consistente, tales entidades no son ni material de derribo ni desechos de tienta y cerrado, al contrario, son empresas que, por la mala gestión y la locura generalizada de década y media de especulación, han terminado en manos del Estado, pero conservan intactas sus magníficas infraestructuras minoristas, oficinas y empleados, extendidas por toda la nación. Solo esperan un programa nacional de dirección y de gobierno, también de imagen, para servir a las familias y a las pequeñas y medianas empresas, combatiendo de paso el riesgo de la exclusión financiera de millones de españoles.

Me parece que cuanto antes hay que cerrar la página de las políticas disparatadas y de las ventas de humo y de falsas expectativas. El fiasco de la recapitalización bancaria directa lo prueba. Tenemos por delante un largo tiempo de economía de supervivencia en la que no tendrán cabida ni las ingenierías financieras ni los inversores de los que se habla y nunca aparecen. Salvo algún especulador aislado, España no puede esperar otra cosa para el sistema financiero. Guste o no, nuestro pobre Estado nacional, amenazado por todos los flancos, tendrá que sacar fuerzas de flaqueza y ponerse a la tarea de ser el mascaron de proa de la restauración del crédito en España. Eso, o seguir eludiendo la realidad y continuar desangrando las entidades a su cargo en perjuicio de los españoles. Bruselas, esta vez, tiene razón.


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