Res Pública

Rehenes de un gobierno sonado

Dije que hablaría de Italia, pero los acontecimientos de la semana me obligan a hablar de nosotros, porque el golpe de la última EPA ha hecho añicos cualquier expectativa de recuperación que pudiera venir de la mano de éste gobierno: cada una de sus promesas ha ido mordiendo el polvo a lo largo de quince meses hasta llegar a la confesión de parálisis y de impotencia que resulta del cuadro de previsiones macroeconómicas, aprobado por el Consejo de Ministros del pasado viernes. Más que el contenido de las previsiones, ya conocidas por todos, nos han sobrecogido las caras y los titubeos de la vicepresidenta y de los ministros actuantes en la rueda de prensa, sobre todo la risa nerviosa del de Hacienda. Eran, a mi juicio, la fotografía de un gobierno sonado que sabe ya que del programa electoral que vendió a los españoles en el otoño de 2011 prácticamente no va a cumplir ni una coma. Se percibe un no saber qué hacer y por ello se recurre al proverbial expediente de los proyectos administrativos y la constitución de comisiones varias, acompañando todo de más subidas explícitas o encubiertas de impuestos, arrumbando la transitoriedad de las que ya realizaron al dar los primeros pasos de la legislatura. El Presidente del Gobierno, cuyo crédito está como el que conceden los bancos a la economía, anuncia que comparecerá en las Cortes, aunque ya ha manifestado que esto es lo que hay y que paciencia. Le ha faltado añadir, después de mí, el diluvio. 

El engaño a los electores y la negativa a la regeneración

Un poco de memoria: el Partido Popular vendía en los meses previos a las elecciones de noviembre de 2011 que la marcha de Rodríguez Zapatero, de infausto recuerdo, produciría un bálsamo y una ola de confianza que ayudarían notablemente a ordenar la situación política y económica de España. Un análisis superficial que pronto fue deshecho por la realidad y que dejó al descubierto una reprobable falta de previsión. Tuvieron que adoptar decisiones a contrapié, entre las que se encontraba la reestructuración del sistema crediticio, que evidenciaban la falta de un proyecto nacional homogéneo y estudiado para enfrentar los problemas del país. Su falta de proyecto les hizo echarse en brazos de Bruselas, de forma vergonzante e incondicional, jugando todo a la carta de unas políticas que han ahondado gravemente la depresión económica de la eurozona y de España en particular. Cómo será que hasta los autores de las mismas se alarman por sus desastrosos resultados. Y nuestro país con la escandalosa tasa de paro es la mejor tarjeta de presentación de ese fracaso. 

Siempre he sostenido que la crisis española es política y económica, con graves problemas estructurales que están en el origen de los males, y que sin resolver la primera no saldremos bien librados. Repito algunos problemas: estructura y ordenación de los poderes del Estado, partidocracia y división de poderes, reestructuración inevitable de la deuda y saneamiento del sistema financiero. Por supuesto hay más que están en la mente de todos, uno de ellos la tan traída y llevada reforma laboral, convertida en la práctica en un expediente para aligerar plantillas y poco más, sin olvidar la falta de cultura empresarial y el bajo nivel educativo, que restan la capacidad de iniciativa y de exigencia civil. Tenemos una nación que requiere un gran esfuerzo regenerador para modernizarla en serio y ello es resultado, en mi opinión, de la dimisión del Estado de la Transición que durante tres décadas no ha querido crear ciudadanos libres, ha preferido cubrirlo todo con una riqueza virtual o prestada que ahora se esfuma entre el llanto y el crujir de dientes de las clases medias y populares. 

No voy a negar que haya habido intentos de mejora en determinadas materias, referidos básicamente a la disciplina presupuestaria de las administraciones públicas y a la ordenación de las entidades de crédito, pero al no verse acompañadas de otras acciones políticas y económicas de carácter estructural, que hubieran estimulado el crecimiento de la economía y la confianza de los ciudadanos, las presuntas mejoras están siendo fagocitadas por el crecimiento de la deuda, ya cercana al 100% del PIB, y la carcoma de la parálisis económica y de la desafección política. Porque toda iniciativa aislada sin enmarcar en un conjunto regenerador y de cambio es estéril, como se acaba de demostrar para los que albergaran dudas acerca de la naturaleza de nuestros problemas. 

Romper el dogma del euro para salvar la nación

España y sus ruinosas instituciones se han convertido en la antítesis de un Estado moderno y democrático de la Europa comunitaria; y eso pasa una factura muy onerosa a nuestro presente y a nuestro futuro. Esto es lo que hay en el cuadro macroeconómico aprobado por el Consejo de Ministros: la lóbrega orfandad de los españoles, rehenes del Gobierno por la ausencia de alternativas dentro y fuera del sistema. La textura oligárquica del régimen de la Transición impide iniciativas para cambiarlo o sustituirlo; si a ello se une el hundimiento del socialismo y la huida de los nacionalistas vascos y catalanes, el poder queda en manos de la mayoría absoluta del PP. Fuera, de momento, hay un vacío desordenado y anarquizante que sirve de coartada para mantener el statu quo. 

En mi opinión, son varios los tabúes que impiden la elaboración y propuesta de alternativas, el principal en materia económica a la que hoy me refiero, es la sumisión acrítica a las políticas disparatadas de la eurozona, cuya cosecha recuerda las épocas más tenebrosas del período de entreguerras del siglo XX: deuda, paro y estancamiento, gestionados por gobiernos débiles que esconden su rigidez ideológica bajo las faldas de Berlín o Bruselas, su sucursal burocrática. Sin ser académicos o expertos es fácil profetizar adónde nos conducen. Por eso no deja de sorprender el tropiezo insistente en la misma piedra y la desfachatez de afirmar que se sabe lo que nos interesa y que no seamos impacientes. Lo malo es que ese mensaje no sólo emana del gobierno, sino también, con todos los matices que se quiera, del resto de los grupos parlamentarios. Ningún grupo parlamentario ha levantado bandera para salir de semejante ratonera. No sé a qué esperan. El dogma de la Unión Monetaria, como un Trento contemporáneo, permanece vigente a la espera de lo que decida Alemania en otoño próximo. Decidirá lo que le convenga y no nos debería pillar desprevenidos porque nosotros no participaremos en lo que decida. 

Si España gozara de un sistema democrático y parlamentario, el Gobierno se vería obligado a dimitir o a convocar elecciones o, en su caso, el Jefe del Estado abriría consultas para valorar la situación. Nada de eso va a suceder, pero el propio Presidente del Consejo de Ministros en su anunciada comparecencia en el Congreso de los Diputados podría adoptar decisiones para rectificar o facilitar la iniciativa de que las Cortes den paso a otro gobierno nacional con un proyecto genuino de cambio, para responder con energía democrática a la mayor tragedia española en décadas. No podemos ni debemos renunciar a la esperanza, aunque parezca que ladramos a la luna.


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