Res Pública

Proteccionismo y globalización: arrumbar dogmas

Casi todos estamos hartos de recibir y sufrir amenazas a nuestro presente y al futuro, como consecuencia del fracaso del fenómeno globalizador que tomó carta de naturaleza en las últimas décadas del siglo XX. En España, ya lo hemos dicho repetidamente, padecemos ese fracaso además del nuestro propio, derivado del mal gobierno político y económico del país. Pero, a partir de esa constatación, es conveniente reflexionar y debatir, de forma constructiva, sobre cómo impulsar iniciativas para romper el círculo vicioso en el que nos encontramos. Y lo primero debería ser poner en cuestión los dogmas, que pueden tener sentido en el mundo mágico de la religión, pero que carecen de él cuando se trata de buscar el buen gobierno de los hombres y de las naciones. Ninguna ocasión como ésta para hacerlo, sobre todo al comenzar el año oyendo los mismos mensajes vacíos y continuistas de los portavoces oficiales y de su numeroso coro mediático. Ni la globalización ni el proteccionismo son valores absolutos, debemos considerarlos puntos de referencia y de experiencia para buscar alternativas o siquiera un poco de luz.

La perversión de la globalización

La globalización, fundada en la eliminación de barreras al comercio libre con el objetivo de lograr equilibrios y bienestar social, se ha convertido, en la práctica, en un instrumento utilísimo para la extensión del capitalismo financiero que nada tiene que ver con esos objetivos: la gran industria de los mercados financieros tiene un funcionamiento bastante autónomo y libre, a diferencia de la industria tradicional. Esta última crea riqueza y retribuye a los diferentes factores que la integran, fundamentalmente el capital y el trabajo, según el orden tradicional. No es el caso de losmercados financieros, cuyo objetivo básico y fundamental es la obtención permanente del beneficio allá donde se encuentre, porque su materia prima son las ingentes masas monetarias que circulan por el mundo, explorando y explotando al máximo las posibilidades de obtención del beneficio, sin importar demasiado el efecto que ello cause en los países o regiones en los que pongan su punto de mira. En este sentido, se podrían comparar a la industria de extracción del petróleo, que va agotando yacimientos y busca otros nuevos.

Es en Francia donde surgen pensamientos en favor del proteccionismo, como modo de promover el crecimiento en el Continente

La desnaturalización de la globalización por parte del mundo financiero ha creado problemas de tal magnitud que han puesto contra la pared a gobiernos e instituciones, sembrando la angustia y la pobreza en regiones que se suponían inmunes a ello. Europa, especialmente el sur, es un ejemplo sobresaliente de éste Armagedón contemporáneo. Y ha sido posible por la permisividad y hasta la connivencia de algunos gobiernos. Lo que cuesta creer, porque está fuera de toda razón, es la persistencia en el error de pensar que las ideas y prácticas causantes del desastre son dogmas no sujetos a discusión y mucho menos a revisión. Menos mal que empiezan a surgir voces que plantean el debate entre este concepto de globalización y determinadas políticas proteccionistas con el fin de poner coto a los desórdenes causados. Es en Francia, país que se cuenta entre los damnificados, donde va tomando cuerpo la discusión, cuyo objeto es transmitir a la UE la conveniencia de cambiar para promover el crecimiento en el Continente, protegiendo a las economías europeas de la competencia desleal proveniente de regiones en las que el factor trabajo carece de los derechos más elementales. La mal entendida globalización por parte de las instituciones comunitarias ha desertizado económicamente a muchos países europeos, algunos de los cuales, como es nuestro caso, generan poca riqueza y la mayoría de ella la tienen que dedicar a pagar deudas, desatendiendo servicios fundamentales del Estado. Insostenible e injusto.

La reconstrucción después de la guerra sin cañones

La batalla financiera librada en Europa, con el euro y las políticas de ajuste como excusa, ha causado tantos estragos que los propios contendientes, mercados y Gobiernos, parecen haber firmado una tregua que se inició después del verano y que, con suerte, puede durar hasta el otoño. Ésta tregua debería servir a los Estados para proponer los cambios, algunos de ellos defensivos, que permitan la reconstrucción política y económica tras la devastación provocada por las políticas practicadas los pasados decenios, disuadiendo de paso a los mercados sobre agresiones futuras. Lo ideal sería que las instituciones europeas, a pesar de estar gravemente contaminadas por los adalides del capitalismo financiero, capitanearan los cambios. Desde luego, cada país debería empujar en esa dirección, y la mejor forma de hacerlo es poner en práctica en su territorio planes de ordenación y desarrollo económico, recuperando el concepto de planificación indicativa que tan buenos resultados dio en los años 60 del siglo pasado. Francia parece que se mueve ya en esa dirección. Nosotros seguimos a la espera de que los males pasen solos mientras nuestro débil Estado continúa desintegrándose.

Los Estados deben recuperar protagonismo perdido y ponerlo en común para el interés general

Creo, para terminar, que lo que se impone es hacer el recuento de daños de ésta guerra sin cañones y que los Estados recuperen el protagonismo perdido y, si es posible, ponerlo en común con sus socios para defender el interés general, concepto que se abandonó con demasiada ligereza a principios de los 90. Todo lo ocurrido este tiempo, lleno de burbujas especulativas y de oropeles financieros, obliga a la autocrítica de quienes ejercen el poder, que están obligados a proponer nuevos proyectos, exentos de camelos y dogmas como los que se nos transmiten a diario, para que todos, poderes públicos y agentes privados, sepan cuál es el marco en el que cada uno desarrollará sus esfuerzos. Sería más esperanzador que continuar con la cantinela española del próximo semestre, versión contemporánea del vuelva usted mañana del admirado Larra.


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