Res Pública

Partidos políticos de usar y tirar

El mercado de los partidos políticos está viviendo una ebullición desconocida en España, parecida a la vivida antes de las primeras elecciones de junio de 1977. En aquel tiempo era la sopa de letras, ahora no lo es tanto, pero si tiene en común con aquello el interés por buscar aires nuevos bien para salir de la dictadura entonces o bien para quebrar el bipartidismo ahora. Un bipartidismo que, aunque imperfecto, surgió de la sopa de letras y que aspira a continuar, con un alcance más limitado, en compañía de las ofertas nuevas que nacen con mucho apresuramiento y con menos fundamento. Ambas circunstancias no son contradictorias, son hijas de una sociedad poco interesada por la política y por el asociacionismo que, por causa de los males sobrevenidos, parece decidida a apoyar a los que ofrezcan un horizonte distinto, sin entrar en más profundidades. Se normalizaría así la ley de la oferta y la demanda que en la política española ha estado dominada tres décadas por el monopolio de la oferta. En principio, hay que contemplarlo como algo positivo para el desarrollo democrático y civil, siempre que no estemos ante diseños puramente mediáticos que terminen siendo fagocitados por el establishment tradicional que dispone de poder y resortes en abundancia. Por ello, convendría que el leve aroma del usar y tirar que se respira ahora, no se convierta en pocos meses en la fragancia definitiva de la política nacional.

Los partidos políticos han gozado en España de una protección especial que se remonta al primer decreto electoral de 1977, luego convertido en ley en 1985, que estableció las famosas listas cerradas y bloqueadas

Los partidos viejos anclados en su estatus privilegiado

Los partidos políticos han gozado en España de una protección especial que se remonta al primer decreto electoral de 1977, luego convertido en ley en 1985, que estableció las famosas listas cerradas y bloqueadas y dio un plus de autoridad a las cúpulas partidarias. Como contraprestación a ello, los preceptos constitucionales exigían el funcionamiento democrático de tales organizaciones. Se trataba así de fortalecer el desarrollo de los partidos, después de la larga sequía asociativa y civil del régimen del general Franco. En realidad, todo se presentó y reguló con aires de provisionalidad hasta que la mayoría de edad democrática hiciera posible afrontar cambios en pro de la libertad de elección, bastante limitada para los electores y cómoda para los dirigentes de los partidos. Pero el tiempo ha confirmado una vez más de que lo provisional suele ser duradero, sobre todo en países como el nuestro en el que las cuestiones electorales siempre han estado sometidas a la tensión entre el miedo a la libertad y a la devoción caudillista, que impregnan los comportamientos sociales.

Con altibajos, y sabiendo de dónde veníamos, los españoles nos fuimos acomodando a convivir con un sistema representativo que no adoptaba iniciativas para actualizarse porque, salvo opiniones minoritarias, nadie las exigía. Durante décadas, los dueños de los partidos parlamentarios no han tenido necesidad de salir de la confortable provisionalidad establecida en los lejanos años 70 y, paso a paso, las máquinas partidarias se iban haciendo pesadas y endogámicas: las transformaciones sociales y económicas permitían observar la política con cierta distancia y paulatinamente las nuevas generaciones, que tenían otros afanes y oportunidades vitales, se fueron desentendiendo de las militancias de antaño. Los partidos envejecieron no sólo en edad, sino en la percepción que la sociedad iba teniendo de ellos, pero sus dirigentes continuaban disfrutando con vida y dulzura del poder público gracias a una alternancia casi mecánica.

Cirineos para sostener los armazones viejos como alternativa al cambio

Cuando una organización o empresa se acostumbra al dolce far niente pierde reflejos para enfrentar los problemas cuando estos se presentan de forma abrupta y dramática. Desde mi punto de vista, eso es lo que ha sucedido con los viejos partidos españoles: de repente, han quedado al descubierto sus carencias, sin mencionar las corrupciones, y la endeblez de las organizaciones, faltas de savia nueva tanto física como ideológica. Aparte de constatar su desnudez y su temor a perder poder y privilegios, no se aprecian iniciativas encaminadas a recuperar el terreno aparentemente perdido. Asumen que van a adelgazar y confían en que, en el seno de una sociedad irritada y desnortada, aparezcan cirineos que les ayuden a evitar la ruina de sus marcas. Marcas que han perdido el aprecio de muchos consumidores.

Se fabrican marcas nuevas y se intenta destruir otras, caso de UPyD, organizando una especie de catarsis improvisada en los medios de comunicación

Deprisa y corriendo, porque las elecciones aprietan, hay que promocionar nuevos reclamos electorales con capacidad para prender en la sociedad española que, al parecer, ha decidido cargar las responsabilidades del drama español en aquellos que han contado con su confianza casi ilimitada y que aun así no han evitado los males que nos afligen. Se fabrican marcas nuevas y se intenta destruir otras, caso de UPyD, organizando una especie de catarsis improvisada en los medios de comunicación, que son los instrumentos más a la mano, con la idea de que, después del humo y de la cohetería, el escarmiento sea limitado.

Uno de los peligros de la improvisación es que el producto final no aguante la fatiga de los materiales que, en el caso de España, se hará notar en cuanto pasen los espectáculos electorales, porque nuestros problemas políticos y económicos son perfectamente conocidos y están en la sala de espera. Por eso, aquellos que consigan elaborar los proyectos adecuados pasarán la prueba, los que no, engrosarán la nómina del usar y tirar, en perjuicio de ellos y de quienes les hayan dado su confianza. Sería otra ocasión perdida para que España deje de estar atenazada por la incertidumbre política y la desigualdad social. Ojalá en los meses que quedan se pase de la diversión mediática a la seriedad de los proyectos y de las ideas.


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