Res Pública

Pactos de sustitución veraniegos

La llegada de los nuevos alcaldes se va a producir en un ambiente de provisionalidad que recuerda a las sustituciones de empleados en las empresas con motivo de las vacaciones de verano. Desde mi punto de vista, el motivo principal obedece al sinsentido del calendario electoral español, año y medio de elecciones diversas, que se produce además en medio de cambios más o menos significados en el sistema de partidos tradicional. Las elucubraciones sobre pactos o acuerdos municipales han llenado los noticiarios y los periódicos desde el 24 de mayo, aunque, entre la opacidad de los partidos y la heterogeneidad del mapa español, casi nada se puede dar por hecho hasta el día de la constitución de los ayuntamientos. Lo que sí se puede aventurar es que un porcentaje relativamente importante de gobiernos municipales quedará al albur de lo que suceda en las elecciones generales de otoño: habrá alcaldes y equipos de gobierno a los que caducará el contrato temporal del verano, porque serán sustituidos por los que lleguen bendecidos por los acuerdos para obtener el despacho de La Moncloa.

El proceso electoral no se desenvuelve en los marcos normales de la alternancia política o administrativa, porque está trufado de las consecuencias de los problemas acaecidos en la economía y en el entramado institucional del país

Un proceso político trufado por la crisis social e institucional

El proceso electoral que estamos viviendo en España no se desenvuelve en los marcos normales de la alternancia política o administrativa, porque está trufado de las consecuencias de los muchos problemas acaecidos en la economía y en el entramado institucional del país. Las diferentes clases sociales experimentan desazón y disgusto con quienes gobiernan y se encuentran en la disyuntiva de seguirlos soportando, como mal menor, o dar la patada en la mesa y que salga el sol por Antequera. De momento, no ha ocurrido ni lo uno ni lo otro, entre otras cosas porque no se pueden pedir milagros ni santos advenimientos en un país acostumbrado a entender la democracia como votar cada cuatro años, los que votan, y permanecer ajenos al control de quienes resultan elegidos. Lo de no meterse en política está en los genes de generaciones sucesivas de españoles y, cuando han venido mal dadas, cuesta salir de ese retraimiento ancestral para enhebrar un discurso nuevo que intente cambiar lo que conocemos como el curso normal de la historia.

La prueba de lo anterior es que, sin haberlo intentado, se va transmitiendo la especie de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer, en parte porque lo nuevo carece de ambición y enjundia para cimentar un marco político y cultural diferente. Y no digamos el marco económico y fiscal, eso ya sería para nota, teniendo en cuenta que se da por sentado que eso ni tocarlo, aun constatando que la gran mayoría de nuestros pesares se deriva de haber recluido la economía creativa y productiva en un lazareto para ensalzar las bondades de lo financiero y de la globalización.

Por lo menos en Europa es así, contraviniendo todas las reglas tradicionales del capitalismo industrial y abjurando del marco político y social que trajo prosperidad y solidaridad. En España tuvimos poco tiempo para degustar ese marco y ahora, al igual que nuestros socios y vecinos, estamos llenos de deudas y de precariedad, que se pretenden suavizar con el mensaje de que hay cosas peores y que dentro de cinco, de seis o vete a saber dentro de cuantos años se mejorará. La cantinela del próximo semestre o del próximo año nos resulta familiar.

El 24 de mayo y los devaneos que le han seguido demuestran una superficialidad absolutamente inadecuada para debatir e intentar resolver los problemas españoles

Sin cambios de modelo no hay margen de maniobra

Lo que parece cierto es que aquel grupo político o social que pretenda poner en entredicho la doctrina oficial o que hipotéticamente alcanzara el poder con el propósito de cambiarla, ya sabe lo que le espera. En la política europea existen los ejemplos y quizás por eso en el tablero español los planteamientos que se presentan como novedosos resultan de un perfil tan bajo que ninguno consigue la fuerza política y social suficiente para capitanear una revisión en serio. El 24 de mayo y los devaneos que le han seguido demuestran una superficialidad absolutamente inadecuada para debatir e intentar resolver los problemas españoles. Los de Ciudadanos prefieren que se suscriban promesas de ser buenos en el futuro, haciendo borrón y cuenta nueva, y los de Podemos se refieren al rescate social y a las subidas de impuestos, pasando por alto que, sin plantear otras políticas domésticas y europeas para generar crecimiento económico, estamos ante simples brindis al sol. De los de siempre, PP y PSOE, qué vamos a decir.

Por supuesto, las dificultades son innegables, ahí están el FMI y la Comisión Europea para recordarlo, pero en algún momento habrá que empezar a tomar conciencia de que es necesario recuperar los valores que hicieron posible la prosperidad europea, cuyo reflujo nos benefició a partir de los años sesenta del siglo pasado, para devolver algo de luz al escenario insensato de decrepitud que se pretende consolidar entre nosotros. Visto lo visto, puede parecer quijotesco siquiera pensarlo, pero, no nos engañemos, sin cambios serios y fundados, continuaremos en lo mismo con otras caras y actores. Sonámbulos.


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