Res Pública

Paciencia y mesianismo monárquico: las dos caras del fracaso

A medida que se constata el fracaso de las políticas del Gobierno se intensifica el mensaje de pedir paciencia, insistiendo en que estamos mejor, aunque no se note, y que dentro de dos o tres años se recogerán los frutos, sin aportar elementos para creerlo. Cuestión de fe. Otros van más allá y proponen desde el establishment que sea el Rey (sic) el que capitanee y promueva el remozamiento del sistema constitucional al que ellos mismos consideran caduco. Por supuesto, lo que subyace en ambas posiciones, la de la paciencia y la apelación a la Corona,  es la conservación del tinglado mientras los españoles aguanten y no pasen a mayores. Yo creo que en España quedan vida inteligente y sentido común y me niego a aceptar que no existen personas con capacidad acreditada en la sociedad para prestar su concurso y sus ideas en pro de salir del círculo de fuego fabricado por unos cuantos para preservar poder y privilegios a toda costa. En éste sentido está a punto de publicarse el Manifiesto para la recuperación de la soberanía económica, al que he prestado mi firma, con la esperanza de abrir un debate necesario y urgente. Cuando la nación se enfrenta a una situación como la actual, lo procedente en democracia es convocar a los ciudadanos para que decidan sobre la base de propuestas serias y no fantasmagóricas o fatalistas, como las que motivan el comentario.

La imprevisión del Gobierno da la cara

Los resultados de las políticas del Gobierno que obtuvo el apoyo de los españoles hace más de año y medio son de todos conocidos. Se resumen en el estrépito de las cifras económicas y la animosidad política y social que han generado. Las causas son variadas, y a ellas me he referido en otros comentarios, pero, resumidamente, son la falta de previsión, la sumisión a proyectos externos prefabricados y la negativa a cambiar el Estado hipertrófico de la Transición. Como ha dicho acertadamente una portavoz parlamentaria, la representante de UPyD, el Gobierno sacrifica nuestras modestas conquistas sociales y educativas en el altar sagrado de la hidra autonómica. Mientras, el tejido público va siendo devastado y, en algunos casos, depredado, en perjuicio de los más y en beneficio de los menos. A una sociedad poco civilizada e indefensa, que necesita el sostén del poder público, se la priva de instrumentos para superar su menesterosidad civil por aquellos que han dispuesto de décadas y de recursos para transformarla. Y ahora le piden paciencia y sumisión. Un discurso penoso e insoportable.

Junto con la prédica de la paciencia surge otra, más cínica, que parte de dos reconocimientos: la caducidad institucional y constitucional y la minoría de edad del pueblo español. Según sus sostenedores, hay que volver a las prácticas de 1978 y reeditarlas, de forma que sea el Rey el que elabore el guion para que sea ejecutado por los políticos y el Parlamento. Estos tienen que ser alumnos disciplinados, como ya lo fueron entonces, de la Corona, que además sabe lo que nos conviene. Si no lo hubiera leído u oído, no me molestaría en comentar una necedad semejante, porque el que los españoles seamos tolerantes y poco exigentes no significa que seamos tontos y que ignoremos hasta dónde llegan y de dónde provienen las responsabilidades de éste estado de cosas. La tal propuesta parte de una concepción doctrinal de la monarquía que ignora su propia definición constitucional y que en nada se parece a lo que son las monarquías burguesas sobrevivientes en el norte de Europa. Es algo más propio de lo que Maurice Duverger denominaba las monarquías del sol, Grecia, Marruecos y Jordania, de carácter preconstitucional y vicarias de otra potencia. Cuando el pensador francés decía eso, la española sólo existía en la mente de Franco, su auténtico fundador.

En vez de remozar cadáveres, promover el cambio

La verdad es que elucubrar sobre cómo sostener o remozar un cadáver tiene interés para las funerarias o para los investigadores del antiguo Egipto, no para resolver democráticamente los problemas de un país europeo en el siglo XXI. Esa debería ser, a mi juicio, la preocupación de la inteligencia española, una vez analizadas las causas del fracaso y estudiados los medios políticos y económicos para superarlo, contando con los puntos de vista y las aportaciones de los que ven con honda preocupación la malversación de los esfuerzos fiscales de las clases medias y el abandono de los débiles al albur de la solidaridad familiar o de la beneficencia. La expresión de Joaquín Costa, escuela y despensa, en la España que quería regenerar conserva gran parte de su vigencia un siglo después. Sólo por eso habría motivos para abrogar el sistema que ha hecho posible semejante disparate, por incuria o abuso; pero hay más razones, la principal de ellas es que la nación consiga de una vez por todas su mayoría de edad y, con templanza y razón democráticas, organice su convivencia en justicia y solidaridad.

No es tan complicado hacer lo que otros países europeos han hecho antes que nosotros. Todos estamos atrapados en una crisis europea de grandes proporciones que, cada vez con mayor evidencia, demandará respuestas estatales. Los que disfruten de Estados fuertes tendrán más opciones de salir adelante que los que vivimos inmersos en desacreditar al poder público y en convertirlo en objeto de sus abusos y corrupciones. La tarea es ardua pero vale la pena organizarla e intentarla. Lo ideal sería contar con la ayuda o predisposición favorable de quienes ocupan el poder; si no es así, las complicaciones serán mayores. Confiemos en la inteligencia y en el sentido común.


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