Res Pública

PSOE 1982, ¿Podemos 2015?

La mayoría de los sociólogos y algunos politólogos expresan su incredulidad, no exenta de expectación, sobre el fenómeno español de Podemos. Se esparcen dudas sobre su solidez programática -en contraste con qué, me pregunto- y sobre su condición ideológica. Pero, si hicieran un ejercicio de memoria histórica, no haría falta remontarse a los años treinta, con la caída de la monarquía alfonsina, sólo bastaría centrarse en la España de 1981/82, desgobernada y amenazada por asonadas militares, para constatar cómo los españoles de entonces, sin reparos ideológicos y sin miedo escénico, se echaron en brazos de un partido con siglas centenarias, el PSOE, dirigido por un grupo de jóvenes bisoños que, en aquellos tiempos de la Guerra Fría y de la inestabilidad en la Península Ibérica, compensaban su inexperiencia con el apoyo que recibían de las grandes potencias occidentales y de la Internacional Socialista.

Casi nadie se preguntaba por su programa, que era bastante infumable para el establishment de la época, ni sobre sus cuadros e implantación, bastante débiles por razones obvias, porque en realidad representaban el clavo ardiendo al que agarrarse cuando todo parecía derrumbarse a su alrededor. Ahora, con otra situación caótica, la iniciativa constituyente de Podemos debería servir para sustituir el Estado clientelar e ineficaz por un modelo centralizado y democrático que, estoy seguro, contaría con gran apoyo de la población y facilitaría la ardua labor de gobierno de los años próximos.

El PSOE recibió un depósito inmenso de confianza para el cambio

Hoy no hay Guerra Fría, ¿o sí? -lo de Ucrania no es grano de anís-, pero sí son notorias la inestabilidad derivada de la acumulación de errores y la indignación de la sociedad por aquellos y por la corrupción. La marea del descontento va avanzando por Europa sin que se vislumbren diques de contención democráticos a la misma. Tampoco hay internacionales de nada, salvo la de los publicistas del catecismo financiero que amenazan con domeñar a los infieles a sus preceptos. España participa de esas circunstancias y destaca por el paro y por el aumento de la desigualdad, lo que contrasta con la osadía de nuestros dirigentes poniéndonos como ejemplo de las cosas bien hechas sin expresar en beneficio de quiénes. Desde mi punto de vista, en la respuesta a esa pregunta residen las razones profundas de que otro grupo de jóvenes, sin más apoyos que su inteligencia y el dominio de las comunicaciones sociales, hayan sembrado el grano de mostaza con la confianza y la ambición de obtener un mandato claro y contundente cuando se convoquen las urnas.

Hace más de treinta años, en un ambiente de descomposición, el PSOE fue llamado a ejecutar los preceptos de la Constitución otorgada de 1978. El depósito de confianza que obtuvo no tenía parangón en la historia democrática española, superaba con mucho a la eclosión republicana de abril de 1931, y el uso que hizo de él está a disposición de los analistas y, lo que es más importante, en la memoria y en la vida de generaciones sucesivas de españoles. Unos españoles que ahora se sienten contritos e indignados además de anegados por la desconfianza en sus dirigentes. Lógicamente, los males no afectan únicamente al PSOE, también se extienden al partido de las derechas españolas, el PP, que ha resultado incapaz de transformarse en una fuerza templada y modernizadora, optando en cambio por refugiarse en las directrices foráneas y en las viejas inercias del capitalismo castizo.

Como consecuencia principal de ello, la fatiga de los materiales se ha adueñado de todo el entramado institucional y, al igual que la aluminosis en los edificios, ha convertido en imposible su rehabilitación. Esta resulta más cara y complicada que construir de nueva planta, aunque existan materiales aprovechables de lo viejo. Sería demasiado sectario no reconocer los avances en libertad y en tolerancia. Por eso no resulta extraño que quienes se postulan a extramuros para obtener la confianza de los españoles apelen a un proceso constituyente, al que me he referido en ocasiones múltiples (Preparar las elecciones constituyentes), cuya mayor dificultad inicial es despojarlo de las presuntas adherencias de incertidumbres que tratarán de explotar los adversarios del mismo.

Centrifugar más al Estado o centralizarlo

Por supuesto, un período constituyente siempre conlleva incertidumbres, pero su objetivo en éste caso es claro y concreto: terminar con la mayor de ellas que es la de tener a una nación sumida en la ciénaga de la corrupción y gobernada por instituciones que han dejado de servir a los ciudadanos. Es lo que hace inevitable tratar de reconstruir el Estado sobre otros cimientos, ya que los actuales se han convertido en arenisca, porque eran frágiles y contradictorios desde el principio, sin que nadie se haya ocupado de fortalecerlos. Cualquier intento de hacerlo ahora por parte de los que han labrado su ruina se demuestra vano y tardío, como nos recuerdan cada día los portavoces de la reforma constitucional cuando reciben el desdén de sus colegas del pacto del 78 y la indiferencia de los ciudadanos. En resumen, demasiado poco y demasiado tarde.

Para no sembrar expectativas falsas, importa señalar que el proceso constituyente no es el elixir curalotodo, aunque es necesario para aclarar el horizonte español, siempre que se consiguieran debatir en libertad las propuestas de unos y otros. En tales condiciones es probable que lo que hoy parece un Everest sea una loma suave y practicable para la mayoría. De ésta manera se conseguirá que los españoles decidamos en libertad y en democracia para concluir con dignidad nuestra larga evolución constitucional. La alternativa a eso ya la conocemos. Y no está de más, para despejar dudas y sembrar certezas democráticas, que los hombres y mujeres de Podemos recuerden lo que decía Azaña en las vísperas del advenimiento de la República: “Los republicanos venimos al encuentro del país, no como estériles agitadores, sino como gobernantes; no para subvertir el orden, sino para restaurarlo”.

En fin, tampoco debemos ignorar que uno de los grandes retos de ese plan constituyente sería llegar a tiempo de evitar la ruptura de la unidad territorial de España, hoy claramente amenazada. Todavía no sabemos lo que plantearán sus impulsores ni los que se vayan sumando en los meses venideros, pero me permito insistir en que España está sobrada de elementos centrífugos, cuyo engrandecimiento y sublimación impedirán que el poder central tenga la fortaleza y autoridad suficientes para ordenar la crisis económica y social, teniendo además enfrente a los potentes adversarios de la reconstrucción democrática del país. Por eso, tanto Podemos como cualquiera que apele al cambio debería incluir en sus propuestas una dosis de jacobinismo centralizador, que nada tiene que ver con la opresión centralista, que sería muy apropiado para sustituir al Estado clientelar e ineficaz que han fabricado los del pacto del 78. En mi opinión, ahí se juegan la gobernabilidad de España y la superación de la crisis española.


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