Res Pública

Nacionalizar la electricidad y el crédito

Si llegara el día en el que España emprendiera el camino de la honradez y de la democracia, el Estado, convertido ahora en un pelele al servicio de las oligarquías, debería recuperar su papel de garante de la libertad, la igualdad y la fraternidad, que son los principios y valores intangibles de cualquier nación que aspire a engrosar la nómina de los países libres. Puede que parezca un desiderátum rayano en la utopía, pero no queda más remedio que insistir en que o emprendemos nuevos caminos o nos condenamos sin remisión al tercer mundo. Conviene recordar que, para superar los estragos de una guerra, las sociedades civilizadas depositan su confianza en el Estado para que éste se erija en el conductor de la reconstrucción. Así ha ocurrido en la historia reciente tanto de España como de Europa y, probablemente, tendrá que ocurrir de nuevo, después de ésta guerra sin cañones que venimos librando desde que estallaron las burbujas y los españoles quedamos anegados por sus efectos, magnificados por la corrupción y el mal gobierno. El lector sabe de lo que hablo y, aprovechando el último escándalo a propósito del coste de la electricidad, parece apropiado reflexionar sobre la presencia y control del Estado en dos sectores estratégicos claves para la ordenación de la economía nacional: el crédito y la energía.La crisis bancaria mal gestionadaEs un lugar común de los manuales de economía que el crédito forma parte de las vigas maestras que contribuyen al desenvolvimiento de la actividad de particulares y empresas, sobre todo de éstas últimas que, en un país como el nuestro, suelen estar escasamente capitalizadas y lo fían todo o casi todo a la financiación bancaria. En realidad, el sistema bancario ha sido el socio financiero más destacado del conjunto empresarial español. A lo largo de las décadas de la expansión económica, que se inició por los años 60 del siglo XX, bancos y empresas han ido de la mano en una especie de sociedad de apoyos mutuos, que iba más allá de lo que es habitual en los modelos del capitalismo industrial. Eso suponía que cualquier reducción del crédito afectaba sobremanera al funcionamiento de las empresas. Así ocurrió en la famosa estabilización de los años 59/60 y ahora, en mucha mayor medida, por la desmesura del endeudamiento contraído desde el año 2000. Con la crisis financiera, el motor del crédito se ha gripado y la vieja entente banca-empresas se ha ido al garete, probablemente por mucho tiempo.Entre los cambios inducidos por la debacle financiera y la devastación del tejido empresarial habrá que incluir una visión distinta de la relación banca-empresas, sustentada sobre el principio de mayor capitalización de éstas y de menores objetivos de márgenes empresariales, acercándonos al modelo de las potencias industriales del continente. Los tiempos de grandes rentabilidades que permitían sufragar importantes costes financieros son ya historia. Eran apropiados en un modelo con grandes componentes especulativos, que será difícil que regrese, y de ahí la importancia de los planes y proyectos de desarrollo que un Estado distinto a la piltrafa actual pueda poner sobre la mesa para dirigir la reconstrucción del país. Planes y proyectos en los que el sistema bancario, sobre todo en lo que se conocía como banca de fomento, tendría mucho que decir. Hasta ahora, el problema para iniciar ese camino ha estado en la nula voluntad de los gobiernos para aprovechar los rescates bancarios con fondos públicos para  organizar las entidades nacionalizadas y gestionarlas en interés del país. Se ha optado por la inacción gestora y se ha dilapidado el dinero de los contribuyentes, regalando entidades y encima vanagloriándose de ello. Todo un despropósito que requerirá revisión, porque la continuidad de gran parte de nuestro sistema bancario no se podrá garantizar sin el apoyo del Estado.La privatización de la energía y sus consecuenciasEl asunto de la electricidad, que tiene en vilo a todo el mundo, es otro agujero más que hay que apuntar en el pasivo de los que han mandado en España, socialistas y populares, sin otro norte que servir intereses particulares en detrimento del interés general. Porque eso es lo que se esconde detrás del galimatías de las tarifas y de las energías renovables, que ha devenido en una montaña de deudas, reconocidas por el Estado, que se pretende cargar sobre las espaldas escuálidas de los contribuyentes y consumidores. Los efectos de tal política son demoledores para las empresas, que pagan la energía cada vez más cara, y para los particulares, que retraerán su consumo. ¿Quién puede pronosticar crecimiento de la economía en tales condiciones? Solo los cínicos o los ignorantes. Para más inri, los oligarcas de la energía se rebelan contra el gobierno y lo ponen a los pies de los caballos, porque consideran que no los atiende debidamente. Eso es lo que pasa cuando uno no está en su sitio y vive pendiente de los favores futuros de aquellos a los que sirve. Ahora está rota la baraja y se pueden imaginar quienes van a cargar con las pérdidas. El Consejo de Ministros y su flamante súper regulador dirán. Menudo estreno el de éste último.Desde que el Estado privatizó la energía y mediante una norma de 1997 consideró que la electricidad no era un servicio público, se han acumulado los problemas y los abusos, que han podido ocultarse durante los días de vino y rosas pero que ahora aparecen amenazadores en ésta guerra de trincheras que venimos librando desde el verano de 2007 y que vamos perdiendo los ciudadanos pacíficos y crédulos, aunque algunos empiezan a preguntarse, con razón, por qué el poder público no se hace con el control de aquellas empresas que nunca debió abandonar.Un viejo amigo, Jesús Carreño, profundo conocedor del mundo de los negocios, me pregunta siempre si esta gente no se da cuenta de adónde nos llevan. Le suelo contestar que unos lo ven, pero prefieren ignorarlo, y otros no lo ven y se creen sus propias mentiras. Lo que no sé es cuáles forman la mayoría. Da igual, porque el horizonte del borrón y cuenta nueva, tanto político como económico, se acerca y sería mejor para todos preverlo y ordenarlo que dejarlo al albur de circunstancias impredecibles. Feliz Navidad y próspero año nuevo.


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