Res Pública

Motín inglés contra el autoritarismo de la UE

La carta dirigida a los presidentes de la Unión Europea y de la Comisión por parte de 12 países miembros, capitaneados por Inglaterra, dice mucho del grado de insatisfacción y de temor que se va extendiendo, dentro y fuera de la Unión, por las políticas de ésta, convertidas en instrumento del poder alemán. Con independencia de la verdad histórica sobre el suceso que da título al comentario, me interesa resaltar lo que ha quedado de él en la retina de millones de espectadores cinematográficos: la rebelión en el siglo XVIII de un puñado de marinos al mando del primer oficial, Fletcher Christian,  contra la rigidez, la intemperancia y también la crueldad del capitán del buque, William Bligh. Ahora es Inglaterra la que de nuevo se moviliza contra la deriva autoritaria en el continente, que está causando estragos y sembrando de minas el porvenir de la democracia y de la estabilidad social. Nuestro país está entre los firmantes, lo que, a mi juicio, es positivo e indicativo de la decepción con quienes dirigen el entramado europeo. ¿Qué esperaba el gobierno después de ver los comportamientos con otros? No se puede poner siempre la otra mejilla. 

El contenido de la carta o manifiesto enumera una serie de propósitos, todos ellos encaminados a dinamizar el área de librecambio europea como alternativa al crecimiento de una sedicente unión política y monetaria. Unión convertida en la práctica en una reedición de las políticas de dominio germanas, con el acompañamiento vergonzante de Francia, país admirable por muchas razones, que, desgraciadamente, no ha superado el miedo a su vecino del otro lado del Rhin que le ha infligido tres derrotas en menos de siglo y medio. Es una pena, porque Francia junto con Italia y España compondrían un serio contrapeso continental a las ambiciones alemanas. Por eso, creo que estos dos países latinos dan un giro a su política tradicional y buscan el asidero fuera del continente.

El “aislamiento” de Inglaterra

Todavía resuenan los ecos del portazo inglés al llamado pacto fiscal, ideado por Alemania para embridar a los integrantes de la Unión Monetaria, sobre todo a los más débiles, con la excusa de “ayudarles” a superar sus dificultades. La ayuda ya estamos viendo en qué consiste con el lacerante ejemplo de Grecia: un Estado destruido y una sociedad quebrantada en espera de algún salvador. Pues bien, se decía que Inglaterra había cometido una grave equivocación, que sus intereses financieros se verían dañados y que poco menos iba a quedar sumida por las brumas del Mar del Norte. Todo eso me recordaba cuando, al nacer el euro, conversando con viejos y expertos amigos a los que expresaba mis dudas sobre el proyecto, me insistían en las bondades de la nueva moneda y sentenciaban ¡que se prepare el dólar! Sin comentarios.

Parece evidente que el aislamiento no era tal y que el presunto aislado se puede convertir en la punta de lanza de aquellos que piensan que Europa debe explorar otros caminos para salir, si puede, del atolladero en la que la han metido las políticas y acciones de los últimos años. Desde Maastricht, en febrero de 1992, que ya entonces rechazaron Inglaterra y Dinamarca, las políticas comunitarias han adulterado los propósitos fundacionales, sustituyéndolos por otros, ineficaces y dañinos para mantener la unión. Y eso es lo que subyace debajo del manifiesto de los 12. No son tanto las medidas que se propugnan como la expresión de hartazgo, también de la impotencia, con la falta de liderazgo en el seno de las instituciones comunitarias. Cómo estarán las cosas para tener que refugiarse en el liderazgo del socio al que hace un mes se tildaba de insolidario y cosas peores.

La iniciativa pública    

Las propuestas del manifiesto ahondan en el liberalismo necesario para hacer eficaz el mercado común europeo. No se alude, en cambio, a la necesidad de la iniciativa pública en una situación de grave necesidad como la que vivimos: desplome de la actividad y desconfianza creciente. Ningún juego de los llamados mercados nos va a sacar del agujero. Así lo reconoce el principal de los firmantes que, en su país, Inglaterra, ha revisado el papel de las instituciones públicas, incluyendo a su propio Banco Central, para insuflar vigor a la economía, lo que demuestra que ser liberal o conservador no es ser estulto. Desconozco por qué no se ha hecho alguna mención a la acción de los Estados en el manifiesto.

No obstante la carencia señalada, debemos tomar el pronunciamiento de los 12 como un síntoma positivo para salir de la férrea atonía política y económica, que ha puesto en Europa las bases de la ruptura política y de la desintegración social.


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