Res Pública

Moody's y Cataluña

El motín de Burgos ha acaparado mucha atención y ha suscitado opiniones dispares sobre su alcance y extrapolación al resto de España, dando por sentado que se trata de un fogonazo importante del malestar social del que venimos hablando largo tiempo. Pero hay otros focos en los que se está materializando ese malestar y uno de ellos es Cataluña, donde los gobernantes nacionalistas lo están utilizando como palanca definitiva para acelerar el objetivo de la independencia. Ya he opinado varias veces sobre el fenómeno, incluso aventurando las posibilidades de que pueda terminar cristalizando, con grave perjuicio para España; pero el reciente documento de la agencia Moody’s en el que señala las negativas consecuencias económicas y financieras de la separación tanto para Cataluña como para España, me da pie para volver sobre un asunto que, desde mi punto de vista, se está tratando de manera superficial y poco previsora, especialmente por parte del Gobierno, que es el principal obligado a reconocer la existencia del problema y a proponer a los españoles la superación del mismo con los menores daños posibles.

Daños para Cataluña y para España

Lo que expresa la agencia norteamericana es una verdad de Perogrullo, ensalzada por la fama de quien produce el informe, porque a nadie se le escapa que la independencia de una de las regiones más ricas e industriosas de España, que aporta alrededor del 20% del PIB nacional, supone un problema económico inmediato y genera gran incertidumbre sobre el desenvolvimiento a medio y largo plazo de las dos partes divorciadas. Hasta la fecha se habla con profusión de las dificultades de una Cataluña independiente, pero se elude expresar que el varapalo para España sin Cataluña no le andaría a la zaga. Desconozco si en España existen estudios como los que han hecho el Gobierno británico y las autoridades de Escocia, a propósito de la pretendida independencia de ésta última; mucho me temo, conociendo a nuestros clásicos, que no haya casi nada, más allá de algún dictamen de carácter administrativo sobre el particular, y quizá ni siquiera eso.

Los españoles, a cuya soberanía tanto se apela, estamos ayunos de información sobre el alcance del problema y, lo que es más importante, sobre las propuestas para superarlo con bien. Creo que sobran declaraciones altisonantes o superficiales y faltan datos y proyectos para opinar y resolver con fundamento. Como ya he dicho en otras ocasiones, es muy de agradecer la actitud de templanza del presidente del Consejo de Ministros, pero quedarse en afirmar que lo que propone la Generalidad no lo permite la Constitución parece una respuesta bastante pobre al desafío político y social generado en Cataluña. Ya me he referido a ello en este blog y no voy a reiterar lo expresado.

La pobreza argumental del Gobierno se manifiesta además al subrayar, como gran elemento disuasorio, que la Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión Europea, una organización decadente y burocratizada que ya no es precisamente el oasis de libertad y de prosperidad de antaño. Pero lo sea o no, lo procedente, ya que somos socios de ella, sería pedir tanto a la UE como a las potencias centrales de la misma su concurso para enfrentar el problema y no conformarse con las respuestas frías de Bruselas, Berlín y París, que despachan el tema diciendo que es un asunto interno de España. Ninguno ha dicho que hará esfuerzos por impedir algo que dañará a un socio importante y, de rechazo, a toda la UE, haciendo así un flaco favor a los intereses españoles: nos dejan solos con un miura sin mostrar la solidaridad esperable entre socios.

En su día, Alemania pidió apoyo para integrar a la República Democrática Alemana y lo obtuvo con largueza en lo político y en lo económico. Una vez deglutida la unificación, se ha olvidado de la solidaridad y está haciendo valer su preeminencia indiscutible en el solar continental, con las consecuencias de todos conocidas. En justa correspondencia, España debería ser ayudada para encarar el problema con Cataluña, aunque parece que el Gobierno no ha solicitado tal ayuda. En cualquier caso, sería conveniente que nos lo dijeran para saber a qué atenernos, porque el tiempo corre, el toro está en la plaza, y, por lo que se ve, el torero y su cuadrilla andan desconcertados. De momento, demos gracias a que el público del resto de España parece desentendido.

No es sólo un problema interno de España

Maravilla observar el contento de los portavoces oficiales u oficiosos al valorar como positivas las frías respuestas de nuestros socios y aliados. Lo del asunto interno es un recurso diplomático para escurrir el bulto en un problema que concierne a España, sí, y también a la Unión Europea; y que, si las cosas siguen el curso anunciado, puede terminar en los despachos de la Cancillería de Berlín, cuyas actuaciones anteriores en los casos de Eslovenia y Croacia nos suscitan inquietud. Por eso, antes de que hubiera que hacer confesión pública de nuestra impotencia nacional para arbitrar salidas al problema, convendría empezar por reconocer que éste existe, no hacer como Zapatero cuando negó la crisis, analizar las consecuencias de dejar la información y la batalla de la imagen sólo en manos de los propulsores de la independencia, para concluir con una revisión de lo actuado y proponer la revisión de tantos errores acumulados.

Conviene no olvidar que la exacerbación de la cuestión catalana desde el comienzo de la aventura del último Estatuto de Autonomía tiene diferentes responsables, los primeros los nacionalistas seguidos por las acciones y omisiones de los dos grandes partidos nacionales que, a día de hoy, están empezando a ser marginales en Cataluña. No creo que haya que extenderse en explicaciones sobre cómo el proyecto nacionalista, con todas sus carencias y sofismas, ha prendido entre la población catalana, que vive su marcha hacia la tierra prometida de la independencia, sin recibir mensajes atractivos, o simplemente realistas, que contrarresten tal ensoñación. Insisto en que la tranquilidad del señor Rajoy es un elemento positivo, pero requiere acompañarse de algo más. Al fin y al cabo, gobernar es prever.

No tengo la curiosidad morbosa por saber si las decisiones que, en su caso, pudieran adoptar las instituciones de Cataluña serían abortadas con una resolución del Tribunal Constitucional o con la actuación de un piquete de la Guardia Civil. En cambio, sí tengo interés por conocer qué planes serios tiene el Gobierno para ordenar la situación y qué piensan de ellos las Cortes Generales. Sobre todo cómo se encarará el futuro de España con o sin Cataluña. Nunca es tarde para prever y adelantarse a los acontecimientos, sabiendo dos cosas: que el mero transcurso del tiempo no va a diluir la cuestión catalana y que su enquistamiento o derivación violenta, nos situaría en un escenario de inestabilidad, que obligaría a intervenir a esos socios y aliados que ahora se llaman a andana.


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