Res Pública

Miscelánea del esperpento español

Cuando se observa la actualidad española de la última semana, resulta difícil sustraerse a las dudas sobre la viabilidad ordenada de España en el corto y medio plazo. Mientras sigue rodando la noria inagotable de la revuelta catalana, desarbolando al Gobierno central y profundizando el descrédito de los partidos tradicionales, contemplamos como toda una ciudad, con su Ayuntamiento a la cabeza, se convierte en plañidera por la muerte de una señora, paradigma de nada y representante de la aristocracia castiza, al tiempo que un joven osado, el pequeño Nicolás, expande historias sobre el Poder y las instituciones, cuya gravedad reside en que en éste país pueden considerarse verosímiles. Hemos caído tan bajo que lo imposible ha dejado de serlo y las ensoñaciones o fantasmagorías se van aceptando con la mayor naturalidad por amplios segmentos de la población que, a su vez, parecen rehenes de los discursos vacuos y víctimas del oropel que ha dominado durante décadas. Para completar el mosaico, un reputado general diagnostica la enfermedad nacional y recuerda que las fuerzas armadas son herramientas al servicio del Gobierno y del Parlamento, aunque señala que el uso de la fuerza no es la medicina adecuada.

Todo indica que estamos instalados en la decadencia tradicional de la que parece difícil salir con los mimbres institucionales y educativos que tenemos, porque en materia de desarrollo político y social nada se improvisa

Instalados en la decadencia

Todo indica que estamos instalados en la decadencia tradicional de la que parece difícil salir con los mimbres institucionales y educativos que tenemos, porque en materia de desarrollo político y social nada se improvisa: aquellos países, pocos, a los que se mira con envidia por su estabilidad y buen hacer no lo tuvieron fácil, les costó tiempo y esfuerzo, con alguna que otra revuelta, construir su democracia, enraizar el modelo económico y enriquecer la educación de sus ciudadanos. Aunque los problemas de estos años han hecho mella en la mayoría de las naciones europeas, los anticuerpos contra la plaga económica y el oscurantismo financiero se van generando pausadamente en los países más sólidos y estructurados, al contrario que lo que ocurre en los cuerpos nacionales débiles, que es nuestro caso y el de otros como nosotros. Nuestros anticuerpos permanecen inéditos y por eso quedamos a merced de las medicinas y tratamientos más insospechados, con los resultados dramáticos ya conocidos.

Pero, aunque decadente, en nuestra sociedad queda vida y el castigo estimula el instinto de conservación de algunos sectores de la misma. Este se manifiesta de forma diversa, unas veces refugiándose en el espectáculo mediático del que tenemos muestras abundantes cada día y otras dando aire a los sanadores que florecen por doquier para sustituir a los cadáveres políticos y sociales que se van acumulando mes tras mes. Por supuesto, no todos los sanadores son de la misma condición, los hay malos y buenos, pero ninguno tiene virtudes taumatúrgicas, ni siquiera notables. Al fin y al cabo, son hijos de una sociedad débil, con déficits educativos y democráticos que fueron encubiertos superficialmente con las burbujas que en gloria estén. Quiero decir que no se pueden pedir peras al olmo, especialmente cuando se ha sido tolerante con los que nos han traído hasta aquí y ahora rehúyen sus responsabilidades, unos marchándose y otros diciendo que no hay más cera que la que arde. Es lógico que se les dé la espalda y se busquen rutas diametralmente opuestas apechando con otras incertidumbres, una vez conocidas y sufridas las realidades actuales.

En ésta época desdichada, existen muchas cosas de las que lamentarnos, pero la principal de ellas es haber sido condescendientes con el engaño hasta límites desconocidos en las democracias consolidadas

La honradez reclama intransigencia

Con este panorama, suenan otra vez las palabras pronunciadas por Azaña en vísperas del advenimiento de la República, que no se olvide, fue posible por el hundimiento de la Restauración. Decía el político liberal y republicano: “Sería erróneo suponer que en el régimen constitu­cional de España solo han fracasado ciertos hombres, ciertos partidos y organiza­ciones. Han fracasado también, y sobre todo, ciertos métodos, hijos naturales de los consejos turbios y de las amalgamas imposi­bles. Tales métodos eran anteriores a los hombres mismos que los aplica­ban. Por eso no bastará quitar unas personas para que entren otras; habrá que restaurar en su pureza las doctrinas y acorazarse contra la transigencia. La intransigencia será el síntoma de la honradez".

Desde luego, en ésta época desdichada, existen muchas cosas de las que lamentarnos, pero la principal de ellas es haber sido condescendientes con el engaño hasta límites desconocidos en las democracias consolidadas. La riqueza recibida desde 1985 y el esfuerzo fiscal que la acompañó no se sembraron en el solar patrio, se prefirió lo fácil y especulativo y ahora tenemos un grupo reducido de beneficiarios y millones de personas, jóvenes y menos jóvenes sin empleo, con escasa preparación para insertarse en industrias o empresas que, por cierto, todavía ni existen. Y esos colectivos de españoles, junto con otros más exigentes y críticos, son los que sorprenden al establishment con sus opiniones en las encuestas y parecen dispuestos a ponerse el mundo por montera a ver qué pasa. En la espera, unos observan los avatares de los dirigentes, otros participan en entierros sonados y casi todos se divierten con las andanzas del pequeño Nicolás. Lo que provenga de las alturas ya no interesa, salvo para defenderse de ello si se puede, porque lo interesante es lo que esa sociedad maltratada sea capaz de alumbrar cuando le pidan su voto. Y eso, como bien ha dicho el general, no se debe cambiar por la fuerza. El sufragio aguarda.


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