Res Pública

Mareas sociales y excusas de políticos

Los primeros fríos de noviembre han estimulado las mareas sociales y han sacado a la luz las primeras excusas de algunos responsables políticos que se cuentan entre los causantes del descontento de aquellas. Son síntomas de la enfermedad española sobre la que no parecen acertar ni los galenos socialistas, que ahora se excusan en sus memorias, ni sus epígonos populares que continúan impávidos haciendo sangrías al enfermo. Este se empeña en no reaccionar y ha obligado a incrementar las dosis de la propaganda y las normas autoritarias, por si acaso las mareas se transforman en tsunamis. Se trata de que el fallecimiento del bienestar social se produzca de forma ordenada y que las minorías que usufructúan el poder hereden las pertenencias. Puede parecer una simplificación excesiva, pero, salvo que las confusas mareas sociales superen los compartimentos estancos y se centren en un objetivo de cambio real o que los que mandan giren en otra dirección, todo apunta a que España se instalará en el modelo de la precariedad económica y social. De momento, las estadísticas oficiales tanto económicas como demográficas lo confirman.

Falta de iniciativa individual y de solidaridad social

Durante décadas se ha cultivado un modelo social que ha desincentivado la iniciativa individual y el concepto de la solidaridad social, asuntos ambos que, aunque parezcan contrapuestos, no lo son, porque de su estímulo y de su ejercicio surge la argamasa que permite construir una sociedad dinámica y exigente con quienes la gobiernan. Así ocurre en los países democráticos en los que los ciudadanos, además de votar periódicamente, ejercen a diario sus derechos y practican las libertades de expresión y manifestación para provocar, en su caso, los cambios necesarios. Porque el ejercicio de las libertades no sólo debe ser garantizado; para ser completo y eficaz, debe tener consecuencias. Y en España, eso no se da ni por asomo: cuando se denuncian abusos o se descubren corrupciones, los responsables suelen limitarse a negarlos en primera instancia y después a pedir excusas o a apelar a la justicia y sus vericuetos. De renuncias, dimisiones o cambios, ni hablar. No creo que haya que extenderse sobre el particular. Ahí tienen el caso reciente y llamativo de la crisis de los dineros del PP, que ya parece amortizada en términos políticos y sociales, aunque siga circulando en los juzgados ad calendas grecas.

Ese modelo social, insolidario y poco exigente, es el que impide en parte que las cosas de España no cambien a mejor. Las protestas o mareas son deslavazadas, no suelen ir al núcleo del problema y se centran demasiado en el tradicional qué hay de lo mío. Se suelen criticar las políticas sectoriales sin pararse a pensar que son consecuencia de un proyecto que trasciende a las mismas. Y si ese proyecto no se pone en tela de juicio o se aboga por su cambio, poco se puede conseguir. De hecho las últimas excusas públicas de gobernantes anteriores, Solbes y Zapatero, están en esa línea de considerar inamovibles el statu quo español y las políticas europeas. Sus excusas se centran en el cómo graduar los efectos de la crisis económica, pero ni el uno ni el otro dudan del modelo que tan buenos réditos les ha dado. En el caso de Rodríguez Zapatero, llega a afirmar que fue a él al que se le ocurrió la última reforma constitucional para calmar a los acreedores y con el mismo desparpajo niega la eventualidad de otros cambios que sí darían otras perspectivas al enfermo español.

Beneficios para el Gobierno

El beneficiario inmediato de la confusión y falta de objetivos de las mareas sociales, así como de las excusas y cuitas de los socialistas, es el Ejecutivo de Rajoy, que está siguiendo al pie de la letra la partitura iniciada el 10 de mayo de 2010, con magros resultados, eso sí. Su afán es presentarse como el adelantado del pelotón de los torpes del Sur, a sabiendas que los del Norte necesitan presentar algún balance medianamente positivo de las políticas comunitarias en vísperas de las elecciones al Parlamento europeo. Y qué mejor que España, país dócil donde los haya, aunque a medio plazo sea una de las incógnitas más inquietantes sobre el porvenir de la Unión Monetaria. Por eso, les conviene seguir suministrándonos el oxígeno del BCE y dar su asentimiento a las ingenierías contables que permitan al oligopolio bancario español pasar las pruebas de capital sin sobresaltos relevantes. Ganar tiempo es la divisa de estos meses, algo en lo que los políticos españoles están curtidos y que los de Bruselas están asumiendo a marchas forzadas.

El modelo político y económico español va superando todas las pruebas de estrés, aunque sea a costa de los españoles y sus pobres mareas sociales, y se nos promete su continuidad a base de palo, recortes sociales y restricciones de libertades civiles, y de zanahoria, fundamentalmente promesas y propaganda, sabiendo sus responsables que la sociedad que han fabricado tardará todavía en reaccionar. Y cuando reaccione, Dios proveerá.


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