Res Pública

Limpiar la corrupción ¿sólo con jueces?

Los que piensen que el bosque de la corrupción de España se puede limpiar con la actuación de unos cuantos jueces instructores están en la luna o participan del cinismo de los portavoces oficiales. Lo siento, pero las evidencias están ahí: desde los escándalos conocidos después de los fastos de 1992, Expo y Olimpiadas, todo ha sido un no parar hasta llegar aquí. Ninguna institución ni partido del régimen se ha visto libre de la lacra que ha conseguido que  España se parezca cada día más a un cuadro tétrico de Valdés Leal.

Mientras la fuente de la corrupción sigue manando lodo y anegando los núcleos de honradez que indudablemente existen entre los servidores públicos va tomando cuerpo la imagen de un Estado envilecido por un cáncer terminal. Con ello, quiero subrayar que ésta enfermedad no se ataja con las providencias y autos de los jueces. Aunque paguen justos por pecadores, hace falta una cirugía de mayor calado que pasaría por la sustitución de quienes han ejercido el poder político, por gentes nuevas que propongan el proyecto de país libre, educado y trabajador por el que se viene clamando. Casi una utopía en las condiciones en que nos encontramos, pero por pedir que no quede.

La sociedad es víctima y no responsable de la corrupción

Los ríos de la corrupción en España son tan caudalosos y sus arroyos tan numerosos que se va extendiendo la especie de que es la propia sociedad la que la ha hecho posible, pretendiendo así atenuar las responsabilidades de los que están al cargo de las instituciones y de los grupos empresariales que viven del favor público. Es verdad que nuestra sociedad, sin experiencia en la exigencia civil y democrática, ha mostrado poca preocupación por lo público y escaso aprecio por el Estado y que eso ha ido en provecho de quienes han creado la tela de araña de la corrupción durante décadas; pero los responsables de los desaguisados son los que son y, por el contrario, hay síntomas, cada vez más evidentes, de que esa despreocupación ciudadana va dando paso al interés de grupos sociales numerosos por los asuntos públicos que pretenden cambiar el estado de cosas actual.

En la política van surgiendo organizaciones nuevas, y más que surgirán, en los medios de comunicación aumenta el pluralismo digital como alternativa al enquistamiento de la prensa tradicional, en el mundo empresarial, a pesar de la crisis, van apareciendo empresarios que creen en la iniciativa privada y en el país, y en el propio sistema bancario aparecen fogonazos de autocrítica sobre los comportamientos del pasado. Es verdad que todavía son elementos frágiles y poco estructurados, pero que indican que en España los arroyuelos murmurantes del descontento crecen para buscar una superación ordenada de la enfermedad política y económica que amenaza la supervivencia del Estado y la libertad de los españoles. No es una apreciación exagerada, es que objetivamente ni se puede seguir así ni el poder debe ser ejercido por quienes han contribuido, por acción u omisión, a la ruina económica y moral del país.

El tiempo político es más dinámico que el judicial

Los tiempos políticos son más acelerados que los judiciales y por ello está justificado insistir en el cambio político, como medida previa y necesaria, para romper el nudo gordiano de la corrupción con el fin de encauzar todo lo demás, incluyendo la agilización verdadera de la Justicia y el establecimiento de las bases para construir otro modelo de país. Es un objetivo ambicioso que a muchos puede parecer voluntarista. No lo niego, pero resulta preferible dedicar los esfuerzos y el máximo de energía a desalojar de las instituciones a quienes han hecho un uso abusivo de las mismas que seguir flagelándonos con las crónicas provenientes de los juzgados de instrucción que, desde mi punto de vista, sólo contribuyen a agudizar los sentimientos de indignación y de impotencia del común de las gentes. En mi opinión, la solución no vendrá de los juzgados ni tampoco llegará de la mano de los que ahora piden perdón y prometen que van a ser buenos en el futuro, ignorando cuánta responsabilidad les incumbe por lo sucedido.

Todos, los que ven en peligro su estatus y los que aspiran a sustituirlos, tienen la fortuna de contar con un pueblo pacífico, que parece preferir la vía del sufragio universal antes que la revuelta social y el desorden público, para ajustar las cuentas a los impostores de la democracia. Por ello, si los calendarios oficiales no se alteran, que todo podría ser, quedan unos meses preciosos para concretar escenarios de cambio en libertad, que ayuden a devolver la esperanza en el porvenir de nuestra patria. De nada vale lamentarse cuando la crisis española nos está mostrando su peor cara si no se fortalece la idea de que las marcas políticas y los que las han gestionado durante décadas no son instrumentos útiles y adecuados para el cambio nacional.

Aquellos que sostienen, quizás con razón, que los españoles estamos condenados a seguir siendo rehenes de las viejas estructuras partidarias parecen ignorar que en la maltratada sociedad española existen grupos sociales con capacidad y energía suficientes para coadyuvar al cambio y desautorizar el eslogan del vacío o del desbarajuste que predican quienes se niegan a reconocer sus fracasos o corrupciones. Yo al menos lo creo así, o mejor dicho lo quiero creer, porque, de no hacerlo, estaría abonando las hipótesis más pesimistas sobre el desenvolvimiento futuro de nuestro país.


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