Res Pública

Legislatura: punto final

En estos días de diciembre, con sus fiestas de la Constitución y de la Inmaculada hermanadas por su sentido dogmático, el uno político y el otro religioso, conviene levantar la vista por encima del tumulto diario y lo primero que se constata es que la legislatura ya se puede dar por acabada. Algunos más prudentes dirán que está en su recta final. Da igual, porque lo cierto es que a las Cortes actuales les queda escasamente un período de sesiones, el que empieza el próximo febrero, que se verá acortado o disminuido por los comicios locales de mayo, así que ya me contarán qué iniciativas florecerán en ese pequeño paréntesis de actividad parlamentaria. Probablemente ninguna sustancial y casi mejor que sea así porque, visto lo visto, no está el horno para bollos de más “reformas estructurales”.

No queda tiempo para que los problemas reviertan

El gobierno y su mayoría parlamentaria flotarán un poco a la deriva, confusos por la aguda circunspección de su jefe, y las restantes oposiciones seguirán a vueltas con la reforma constitucional que se ha convertido en la vaga excusa de aquellos que todavía creen en la supervivencia del pacto de 1978 con un mero calafateado, que ni siquiera concretan. Así, mientras se conversa sobre eso, no se habla de los problemas reales y mucho menos se habla de la hipótesis constituyente que, aunque poco precisa todavía, va tomando cuerpo en los extramuros. En realidad, viviremos la tercera entrega de la trilogía que empezó en noviembre de 1975, muerte de Franco y nombramiento de Juan Carlos I, siguió en 1985 con el ingreso en la CEE y, probablemente, después de la abdicación de mayo, culminará con las Cortes de 2015 para cerrar la saga y conocer si España y los españoles conseguiremos superar con bien nuestros problemas endémicos.

Parece adecuado hacerse a la idea de que los españoles tendrán que decidir en medio del clima de desconfianza y de pesadumbre

Los grandes asuntos que han puesto en la picota la trayectoria del sistema político, corrupción institucional y de la otra, magnificados por la penuria económica y la desigualdad social, no es previsible que reviertan en unos pocos meses, como tampoco parece que sucederá con el independentismo catalán, verdadera espada de Damocles que aletea sobre la crisis española. Por ello, parece adecuado hacerse a la idea de que los españoles tendrán que decidir en medio del clima de desconfianza y de pesadumbre que vienen señalando las encuestas, más allá de las preferencias políticas de cada cual. Quiere decirse que quienes, llegado el momento, sepan capitalizar mejor ambos sentimientos tendrán bastantes papeletas para obtener la mayoría parlamentaria. Y la cuestión a dilucidar será si mayoría para continuar en lo conocido o para cambiarlo. Parece simple, porque nada es blanco o negro, pero en la política española se ha llegado a tal grado de confusión, y sobre todo de ambigüedad, que resulta difícil averiguar la postura final de quienes compongan las nuevas Cortes.

El falso mito de la ingobernabilidad

Entre el PP, valedor a ultranza del statu quo, y Podemos, partidario de su revisión, hay todo un magma de fuerzas, incluyendo al propio PSOE, que pueden decantarse en un sentido u otro, según el resultado electoral. En ello va a ser determinante el reparto de ese 80% de votos que ha sostenido el bipartidismo dinástico, porcentaje que se quebró en las elecciones de mayo. Según los politólogos Jorge Palacio y Arturo Abascal el reparto se hará entre tres por la llegada de Podemos, un auténtico parvenu, y aquel que sobrepase el treinta por ciento conseguirá ser la vis atractiva del nuevo Parlamento. Por tanto, los que proclaman el peligro de ingobernabilidad minusvaloran la capacidad de adaptación a las circunstancias de los diferentes partidos políticos y, por el contrario, sobrevaloran la inmutabilidad del PSOE en la defensa del 78. Una inmutabilidad que ya se ha visto lo que ha dado de sí en Cataluña.

En consecuencia, creo que el continuismo únicamente lo representará el PP, no sabemos si engordado o disminuido. Su presidente, que es el jefe del Gobierno, parece decidido a jugar la carta de una mayoría fundada en la hipotética recuperación económica y en el yo o el caos del viejo gaullismo, con el riesgo evidente, como señalan las encuestas, de que las clases medias centristas no se sumen a su apuesta Si ésta le fallara, pocas adhesiones podrá esperar del resto del arco parlamentario, ni siquiera de su compañero de fatigas, el PSOE, al que últimamente trata con bastante displicencia. Que tomen nota Sánchez y compañía.

Todo indica que quedan unos meses cruciales, que van a estar definidos por la crispación creciente ante la eventualidad de cambios indeseados por el establishment

Todo indica que quedan unos meses cruciales, que van a estar definidos por la crispación creciente ante la eventualidad de cambios indeseados por el establishment. Este no reacciona con discursos fundados para oponerse a los mismos y sólo aprovecha las incertidumbres para alimentar el presunto conservadurismo de la población y el miedo a lo desconocido. Eso ya está sucediendo cuando los promotores de los cambios aun no han explicitado ni su alcance ni su estrategia, por lo que me imagino lo que sucederá el día en que se atrevan a precisar su guión programático. Desde luego, visto lo que está ocurriendo, es de temer que la templanza y el buen juicio no van a predominar en los meses venideros, con grave daño para la convivencia democrática del país.

Simplificación del debate con ruido y furia

Al final esta resultando que el único debate abierto es qué dirá o qué hará Podemos, porque hasta quienes les atacan o menosprecian dan por sentado que los demás no harán nada ni se espera nada de los que ahora gestionan el poder público. Es algo parecido a lo del perro del hortelano: en nuestra orfandad política hemos desembocado en una simplificación absurda y también peligrosa, rayana en el nihilismo. La mayoría de los medios de comunicación se llenan con las crónicas e improperios sobre la decrepitud del poder y de los partidos que lo sostienen, pero si alguien se atreve siquiera a plantear la revisión de ese estado de cosas se arriesga a recibir dos clases de mensajes: el primero, que es perder el tiempo porque España y los españoles somos así y no tenemos arreglo, o segundo que cualquier revisión en serio podría llevar aparejado el caos; se supone que más del que tenemos.

En fin, por primera vez en la agitada historia constitucional de España vamos camino de unas elecciones con la convicción de que lo existente no da para más y es causante de la mayoría de los males, y que la alternativa está por definir. Lógicamente, esa definición tendrá que producirse, pero la cuestión será si sus promotores tendrán la inteligencia suficiente para hacerse oír y, en su caso, convencer en medio del ruido y la furia ya desatados por su tímida osadía. En todo caso, hay que pedir que prevalezcan cosas tan sencillas como las razones y los votos. Lo otro sería una calamidad.


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