Res Pública

Kosovo, Crimea, ¿Cataluña? Fichas en movimiento

Hace 25 años que se desintegró la Unión Soviética y, desde entonces, nuestro continente ha vivido tres fenómenos cuyas consecuencias finales en términos políticos y económicos, desconocemos. Primero, se produjo el nacimiento de nuevos Estados, seguido de la ampliación al Este por parte de la UE para dar cabida a algunos de ellos y, en paralelo con todo eso, han reverdecido los nacionalismos, a veces de forma sangrienta como en la guerra de los Balcanes, hace bien poco. Por tanto, resulta extraño sorprenderse sobre los acontecimientos que se siguen produciendo en esa materia, que no son más que el recordatorio de que las fichas del continente europeo están en movimiento, sin que ninguna organización supranacional tenga capacidad y fuerza para ordenarlas. Por ello, vuelven a ser las potencias dominantes las que adquieren el protagonismo: son los casos de Alemania y Rusia, con todos los demás Estados continentales de espectadores o de aliados, según corresponda. En éste escenario, cada suceso es singular y ya contamos con independencias unilaterales, Kosovo en 2008, anexiones, caso de Crimea, e intentos de independencia como el que estamos viviendo en Cataluña.

La quiebra del orden europeo surgido de la Segunda Guerra Mundial

El orden europeo posterior a la Segunda Guerra Mundial, al que apela sorprendentemente estos días el secretario de Estado americano John Kerry, quebró hace tiempo. En mi opinión, esa quiebra trae causa del final de la Guerra Fría, de la reunificación alemana, del repliegue de Norteamérica y del alejamiento del Reino Unido y de los países escandinavos del camino emprendido por el proyecto europeo después del Tratado de Maastricht en febrero de 1992. La política continental empezó a girar alrededor de todo aquello que se creía olvidado y que sólo la capa de la expansión financiera cubrió a duras penas. La primera alarma sonó en la década de los 90 con el desmantelamiento de Yugoslavia, primera consecuencia sangrienta de la ampliación de la UE al Este, apadrinada por Alemania que aprovechó el marasmo de la Rusia de Yeltsin. Todo el continente asistió impasible a la guerra de los Balcanes y comprobó, con estupefacción, que se carecía de instrumentos para evitar las masacres y mucho menos las independencias unilaterales. La intervención final de los Estados Unidos corrió un velo sobre ese gran fracaso y dio carta de naturaleza a los aires de fragmentación de los Estados del continente.

Como decía, sólo la expansión financiera de finales de los 90 y principios del siglo XXI puso algo de sordina a los movimientos centrífugos en Europa, pero la crisis iniciada en 2007 engrasó de nuevo la máquina de la insatisfacción y de la búsqueda de influencia en medio de la tempestad. A esto último se han afanado tanto Alemania, que domina absolutamente las instituciones europeas, como Rusia que, bajo el mandato de Putin, ha vuelto por sus viejos fueros imperialistas, dando por cancelada la etapa alocada de un personaje como Yeltsin. Los siete años transcurridos desde 2007 han sido de agitación extrema en lo económico-financiero y provocativamente insensatos en lo político. Lo poco que restaba del contrato social y político nacido para superar los estragos de la Segunda Guerra Mundial se ha desvanecido, abriendo un agujero de confianza en los propios Estados nacionales, en los dirigentes tradicionales y en las instituciones europeas. En realidad, existe un gran vacío de ideas y de liderazgos, que se intenta cubrir con la burocracia y la apelación a principios o normas que, según convenga, se infringen por unos o por otros.

El entendimiento ruso-alemán como mal menor

La independencia de Kosovo en 2008 y, en general, todo lo sucedido en los Balcanes forma parte de la panoplia de infracciones de los usos internacionales y del respeto a las constituciones nacionales. Si a ello añadimos el uso que se ha hecho de las instituciones europeas para limitar o coartar las decisiones de los ciudadanos y de sus gobiernos- Grecia, Italia…-, con la excusa de los problemas económicos, el desbarajuste continental es notable. Ello se traduce en el fortalecimiento de las potencias dominantes, como fórmula tradicional para cubrir el vacío. Creo que las únicas que tienen condiciones objetivas para asumir el protagonismo son Alemania y Rusia. La primera domina el oeste del continente y pretende crecer económicamente en el este. La segunda aspira a restaurar su dominio más allá de las fronteras de Polonia, procurando concordar tal aspiración con los intereses económicos alemanes en esos territorios. Del ensamblaje de ambos proyectos dependerá la estabilidad, que ahora parece gravemente amenazada. Por eso, las declaraciones públicas provenientes de Rusia y Alemania a propósito de la crisis de Crimea son bastante prudentes, lo que es de agradecer.

No obstante, la estabilidad continental está lejos de conseguirse por mucha voluntad de entendimiento que desplieguen Rusia y Alemania: la crisis económica y social es muy profunda y nadie está en condiciones de prever las reacciones de ciudadanos y gobiernos ante su persistencia. Sin ir más lejos, nosotros, con motivo de la crisis española, tenemos el problema de Cataluña, que es en parte consecuencia de las penurias económicas y de las políticas, favorables al nacionalismo, seguidas durante décadas. Sin lugar a dudas, estamos ante un problema interno del Estado español. No tiene que ver ni con Kosovo ni con Crimea, aunque el sustrato nacionalista forme parte de todos ellos. Pero si España, aquejada de grandes males, no acierta a ordenar con bien la cuestión catalana, puede convertir éste problema doméstico en algo de trascendencia mayor. Y en ese punto, Alemania, embebida por los problemas en el Este, no querrá nuevos focos de inestabilidad en el Sur y se verá obligada a imponer una solución, utilizando las instituciones europeas o sin ellas.

En fin, que el tablero europeo está en movimiento y las incógnitas son numerosas. Los ciudadanos del continente sufrimos las consecuencias de la crisis económica e institucional. Los gobiernos nacionales han abdicado de las iniciativas autónomas en favor de unas instituciones supranacionales poco hábiles y eficaces. Sus errores son numerosos y los vacíos que provocan tienen que ser rellenados por los Estados con mayor capacidad. De momento, Alemania esta asumiendo en solitario ese papel en el Oeste y para ello se sirve de los organismos comunitarios; pero, si estos siguen perdiendo crédito o se desmandan, Berlín se vera obligado a adoptar sus propias decisiones para contener un avance exagerado de Rusia en el Este. Me temo que, para bien o para mal, la geopolítica tradicional ha vuelto para quedarse.


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