Res Pública

Juncker y Schulz, los candidatos de Merkel

Como es lógico, los diferentes candidatos al Parlamento Europeo se esfuerzan por atraer el voto, especialmente el de los numerosos ciudadanos desencantados o simplemente hartos de un proyecto europeo desnaturalizado y amenazador para la estabilidad presente y futura de los países más débiles que forman parte del mismo. Para los populares las cosas van bien y no hay que cambiar; por el contrario, algunos socialistas dicen que, si gana su opción, las cosas cambiarán, olvidando el pequeño detalle de las responsabilidades de la socialdemocracia europea en la deriva de la UE. Hasta el momento esa izquierda se ha comportado como la aliada más fiel de las políticas dictadas por Bruselas para superar la crisis financiera y de deuda de estos años. Crisis que ha sido letal para el sur de Europa y que ha entronizado a Alemania como única potencia dominante. En ese país el SPD tiene una alianza de gobierno con la CDU de la canciller Merkel desde finales del año pasado y por eso se puede afirmar que la canciller tiene pocos motivos para inquietarse por el resultado electoral, ya que disfruta de apoyos sólidos en los dos grandes bloques, populares y socialistas, uno de los cuales se presume vencedor en los comicios de mayo. Pero, aunque parezca que el pescado está vendido, no puede excluirse que una alta abstención, unida a la ruptura de lo políticamente correcto en algunos países, provoque grietas en el liderazgo actual, que se presenta granítico. Esa es la duda frágil ante las certezas fatídicas del continuismo representado por los candidatos Juncker y Schulz.

La socialdemocracia como abanderada del evangelio financiero

Hace poco más de veinte años, la socialdemocracia gozaba de poder y de influencia en importantes países de la UE y, no obstante ello, prefirió arriar sus banderas para favorecer la llegada al continente del evangelio financiero que se presentaba como el nuevo Edén, una vez desplomado el Bloque Soviético. A partir del incontestable fracaso soviético, se empezó a trabajar no en la ampliación y extensión de las políticas que habían dado estabilidad y bienestar a Europa occidental, sino en la revisión de las mismas, abjurando de los principios del capitalismo industrial y dando rienda suelta a los adalides del capitalismo financiero de corte anglosajón, que se convirtieron en los nuevos amos del universo comunitario europeo. Conviene recordar cómo en la década de los años 90 se confundió el necesario saneamiento de las cuentas públicas con la supervivencia del Estado de Bienestar y con todo aquello que significara mantener la dignidad y eficacia del servicio público, sobre todo en aquellos países en los que el capitalismo industrial era casi inexistente o estaba trufado de fuertes componentes especulativos.

La verdad es que ese evangelio económico logró sus fines gracias a los gobiernos de la época, lo que permitió poner en marcha el objetivo más ambicioso de ese proyecto que era crear la Unión Monetaria y el euro. Ambos serían instrumentos al servicio de los mercados financieros que veían en el continente europeo una región rica y atractiva, a la par que segura, para sus negocios. Y hasta 2007 toda esa economía virtual, de la que España fue un exponente destacado, parecía una experiencia de éxito que todo el mundo deseaba para sí. La vieja fiebre del oro fue sustituida por los malabarismos de los mercados y la expansión crediticia. Los gobernadores de los bancos centrales, con Alan Greenspan a la cabeza, se sumaron a la orgía y los gobiernos, no importaba su color, se dejaban mecer por la ola de las ganancias y por la recaudación fácil proveniente de las mismas. Todo aquel que expresara alguna prevención sobre la manera de conducir las cosas era considerado ajeno a la comunidad de expertos que sabía lo que convenía y que prometía abundantes frutos a quienes les siguieran.

Renace la economía financiera al abrigo de la deuda pública

Esas políticas y su economía virtual fracasaron, pero no han desaparecido. Contra toda lógica, han conseguido encubrir el fracaso, endosárselo a los Estados haciendo crecer la deuda pública y decir a los contribuyentes que ese es el peaje para, según ellos, salir de la crisis. Las llamadas políticas de rescate han dado vigor al negocio de la deuda en claro perjuicio de la economía productiva. Mientras la realidad económica languidece, la exuberancia financiera reaparece y volvemos a oír las prédicas de los viejos profetas que ya no tienen pudor en reiterar las bondades de su fe, aunque ello suponga poner en el altar del mercado mayores sacrificios de los que no pueden defenderse. Se sigue hablando de más vueltas de tuercas, de abaratamiento del trabajo y de competitividad. Como dice el refrán, “piensa mal y acertarás”, lo que significa que, pasadas las elecciones, nos podemos preparar.

El otro día oí a un reputado financiero afirmar que todo esto es así porque estamos compitiendo con Bangladesh, lugar que como se sabe es paradigma de justicia y bienestar. Quiero pensar que fue un flatus vocis, pero es indicativo de la clase de discurso que circula en el poder y en sus aledaños. Ni la menor mención a impedir que se pisotee la dignidad de los que no pueden defenderse, incluyendo en ese grupo a los empresarios que lo arriesgan todo para seguir ofreciendo al país bienes y servicios sin ser protegidos de la competencia desleal de los bangladesh de turno. La pregunta es si el continente europeo se puede permitir el sostenimiento indefinido de políticas de devastación industrial y de proletarización acelerada en nombre de una mal entendida globalización económica y financiera.

Los males los conocemos y los sufrimos. Contra lo que se sostiene con cierto fatalismo, podrían revertirse, porque han sido causados por los hombres y las organizaciones que los apoyaban. Por eso se echa en falta que, aparte de que los denuncien pequeños grupos y fuerzas políticas, los dos grandes bloques políticos, representados por Juncker y Schulz, en los que se asienta la potencia dominante no estimulen un ejercicio autocrítico con lo pasado para proponer la revisión de algunos dogmas que están convirtiendo en irrespirable el ambiente de esta Europa tan deseada y tan envidiada antaño.


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