Res Pública

¿Hacen falta más pruebas de nuestra orfandad?

Quienes, desde la política oficial y los medios que la acompañan, se obstinan en proclamar que tenemos socios importantes, los de la eurozona, que el euro es irreversible y que las políticas practicadas son las únicas posibles van cosechando pruebas que contradicen sus tesis: los socios no son tales, son simples acreedores que pretenden cobrar lo que pueden; lo de la irreversibilidad del euro es una mera expresión retórica y en cuanto a las bondades de las políticas ejecutadas, de motu propio o por imposición, me remito a sus resultados en nuestro país y en otros que nos han precedido. Por eso, conviene reiterar que la espera es vana y que, mejor hoy que mañana, España está obligada a asumir su situación y a buscar salidas sin la camisa de fuerza de los compromisos actuales.

España es socio de la eurozona desde su constitución, hace más de diez años. Fue una decisión adoptada en tiempos de crecimiento, ahora sabemos que artificioso, que daban alas a los defensores de la misma frente a los que expresaban dudas sobre el futuro de una unión monetaria sin unidad política, cuya pretensión era convertirse en la palanca necesaria para que el proyecto de la Unión Europea desembocara en aquella. Aparentemente todos los socios se sentían miembros del mismo barco y se restaba importancia a ciertos síntomas que podían hacer dudar del objetivo de la unión política; el mayor de ellos, desde mi punto de vista, el afán de Alemania de ampliar la Unión con la incorporación de los nuevos Estados surgidos del desplome de la Unión Soviética. Las dificultades institucionales para lograr acuerdos son de todos conocidas, añadiendo incertidumbres al conjunto del proyecto comunitario, con evidente repercusión negativa para los países débiles. La carta de nuestro Jefe de Gobierno a Van Rompuy es, en mi opinión, un lamento educado e impotente, cuyo eco, como tantos otros, me sospecho que se desvanecerá en el mundo, cada vez más lejano, de las instituciones comunitarias germanizadas. No me extraña que fuera del Continente estén atónitos.

Solo la muerte es irreversible

La crisis financiera y sus secuelas sobre la economía real de los socios más dañados por el experimento monetario alemán han puesto al descubierto la fragilidad del acuerdo societario. Los principios de apoyo y solidaridad entre socios son ignorados y se les sustituye por los de la negociación entre prestamistas y prestatarios, sin importar ni cual sea la situación de éstos ni preguntarse por qué se les facilitó crédito abundante y barato sin vigilar su destino. No otra cosa ha sido la política monetaria del euro: enorme expansión crediticia y extremada laxitud con los mercados financieros. Quizá se confiaba en la responsabilidad de los dirigentes públicos y privados para administrar tanto crédito y tanta desregulación, pero la condición humana es la que es, sobre todo de aquellos, como es nuestro caso, que estábamos tan alejados de la riqueza y del bienestar de los que otros disfrutaban. No hace falta insistir en las consecuencias de los errores, lo que procede es no continuar con ellos haciendo caso de los discursos de quienes, mayoritariamente, son responsables de aquellos. Habrá que dar un puñetazo en la mesa dentro y fuera del país. Creo que ya pasó el tiempo de la transigencia con los que nos niegan el futuro.

Aunque ya lo sabíamos, estas semanas hemos constatado que la Unión Monetaria no es tal. Sin ir más lejos, como botón de muestra, Finlandia pide a España garantías adicionales para participar en el rescate bancario y, en paralelo, su Primer Ministro le dice al nuestro que admira sus esfuerzos. Sin comentarios. Y así, podríamos seguir. Un suma y sigue de declaraciones, de contradicciones, de mezquindades y de desatenciones para con nuestros problemas ¿Qué les parece? Mi impresión es que a los maquinistas del tren del euro no les importa mantener vagones de tercera mientras se dejen. Por ello, hablar de la irreversibilidad de este galimatías en que se han convertido el euro y la Unión Monetaria me parece pura retórica, sobre todo si proviene de los damnificados. Como lo es, repetir que las políticas que emanan de eso pueden conducir a algo mejor, ignorando el principio filosófico de que lo inferior no puede dar lugar a lo superior.

Cambio para evitar la anarquía

A fuer de parecer un disco rayado, también lo parecen los voceros del dogma oficial, las evidencias nos indican que los que dirigen no tienen proyecto alguno, salvo el de la sumisión a las directrices de terceros, que tampoco tienen proyecto en términos colectivos. En términos individuales sí lo tienen claro, cobrar los que sean acreedores nuestros. Ese es el verdadero objetivo de los rescates, cobrar a costa de lo que sea, les importan un bledo las consecuencias sociales de ello. Para ese viaje no hacen falta tantas alforjas llenas de palabreríaeuropeísta, que se está demostrando como un triste señuelo encubridor de la orfandad. Tener a todo un país o a un conjunto de países, pendientes de las declaraciones, y a veces majaderías, de los portavoces autóctonos o externos es la mejor receta para concluir en un salga el sol por Antequera y póngase por dondequiera. La anarquía, el individualismo exacerbado o cosas peores.

Ni lo uno ni lo otro parecen todavía posibles, porque la superestructura política y mediática mantiene el control y la sumisión, además se siembra el miedo para evitar la discrepancia. La sociedad permanece secuestrada política y económicamente, con una fiscalidad cada vez más agresiva y con regulaciones agobiantes, que constriñen las iniciativas de cualquier orden. De todas maneras, cada vez es más frecuente oír a gentes que dicen no querer saber nada y que cuando suceda lo que tenga que suceder, ya verán. Las encuestas así lo apuntan.

Nada se me ocurre distinto de lo dicho en otras ocasiones. Hay que cambiar: otro gobierno, otras políticas y propuestas, informar a la nación y convocarla a Cortes. Me temo que, de momento, no se camina en esa dirección: días atrás pasé por la Carrera de San Jerónimo, en Madrid, y vi las vallas y los policías que rodean el Congreso de losDiputados. Cuadro urbano descriptivo de un triste presente y premonitorio de un porvenir de amenazas a la libertad y a la democracia.


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