Res Pública

Grecia y la quiebra del euro anticipan el cambio de poder

Las iniciativas griegas, que amenazan la ejecución de los últimos acuerdos de Bruselas, han ahondado en una tormenta que se inició con el primer rescate del país, en la primavera de 2010, cuyo desenlace esta por ver. No obstante, se pueden prever dos consecuencias: una, que suceda lo que suceda, Grecia no va a caer en el vacío o el desamparo, como se está afirmando reiteradamente, y otra, que la crisis del euro irá poniendo de manifiesto una recomposición del poder en la eurozona, que, probablemente, supondrá cambios importantes en las políticas seguidas hasta el momento, con objeto de evitar una crisis social y política en el continente europeo, que puede crear graves problemas al resto del mundo.

Grecia es un país pequeño, su economía representa poco más del 2% de la zona euro, es verdad que con un altísimo endeudamiento, pero no inmanejable. Por ello, sorprende que la crisis griega tenga la relevancia que tiene, hasta el punto de convertirse en el epicentro del terremoto que está arrasando a la eurozona. Puede que la razón principal de ello provenga de la fragilidad de las instituciones europeas, políticas y monetarias, y también, aunque no menos importante, por una batalla de poder en la que las grandes potencias occidentales de Europa y de América velan por sus intereses; porque, dicho sea de paso, ni el mundo se circunscribe a la eurozona ni fuera de esta se encuentra el vacío o el “mare tenebrosum” de los clásicos. A veces, mirarse el ombligo desenfoca los análisis.

Como es bien sabido, la Unión Europea y su Unión Monetaria, han venido girando alrededor de Alemania, con la anuencia de Francia desde que ésta renunció a su enfrentamiento histórico con la potencia germana. Esta nueva entente ha contribuido a crear en Europa un espacio económico y cambiario, creador de riqueza y de bienestar, que estimuló el intento de profundizar en la unión política y monetaria, a principios de 1992 en Maastricht. Ya entonces ingleses y escandinavos expresaron sus reservas sobre tal proyecto, porque, a su juicio, se buscaba el reforzamiento del poder de Alemania en el seno del Continente, a costa de la soberanía de los demás partícipes. Pero el proyecto siguió adelante, con altibajos, hasta ahora en que ha encallado, víctima de sus propias contradicciones y debilidades políticas, así como de su incapacidad para ordenar las nefastas consecuencias de la crisis financiera derivada de la expansión crediticia que ha acompañado al euro.

La crisis financiera tomó cuerpo en la periferia de la Unión Monetaria a principios de 2010: la historia es conocida, primer rescate de Grecia, advertencia a España y rescates de Irlanda y de Portugal. Todo ello seguido con zozobra e inquietud a éste y al otro lado del Atlántico. Las políticas de rescate no funcionaban y, en la medida en que era así, los mercados financieros arrinconaban cada vez más a la deuda de los países más débiles de la eurozona sin que ni las autoridades nacionales ni las instituciones europeas dieran respuesta eficaz, más allá de reiterar políticas de carácter depresivo, que agudizarían los problemas. Durante este año y medio, el devenir europeo ha demostrado, a los ojos del resto del mundo, que somos maestros en el arte de no resolver y de no reconocer los errores: la tecno estructura comunitaria, muy rígida y autosuficiente, hace ensayos y propone políticas que, además de ilusorias, son gravemente dañinas, como a la vista está. Y Grecia era el laboratorio para comprobar su eficacia.

Como era de esperar, la cuerda se ha roto: el caos político y social de Grecia no podía continuar; menos tratándose de un país con una posición estratégica clave en el Mediterráneo oriental, zona conflictiva por excelencia. Por eso, se puede deducir que el primer ministro Papandreu se ha visto impelido a calmar a su población y a frenar a su Ejército con las decisiones que ha adoptado. Para ello, es fácil suponer que, expresa o tácitamente, habrá contado con el apoyo americano y la comprensión inglesa. No es, pues, ningún salto al vacío. Si el FMI tiene que ayudar a Grecia para soportar su salida del euro, lo hará. Los lamentos y la aparente energía de los gobiernos europeos son chapoteos en el mar de la crisis. Habrá que observar la evolución de los acontecimientos.

El futuro abre diferentes hipótesis y, entre ellas, no se pueden descartar cambios políticos en Italia, con un Berlusconi amortizado, que darán más poder al Norte del país, seguidos de cambios en Francia, con elecciones presidenciales cercanas, y quizás de la propia Alemania, donde el ala bávara de la Democracia Cristiana tratará de reforzar su poder. No parece que las corrientes vengan desde la izquierda, bastante desarbolada, más bien se intuye que habrá un escoramiento hacia políticas proteccionistas y populistas, que intentarán restañar los daños de una quimera fracasada. Parece claro, viendo los lamentos de algunos líderes europeos, que, cuando las oportunidades han pasado, es inútil correr a su encuentro. Ojala la UE ponga los pies en el suelo. Eso es lo que se espera desde fuera


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