Res Pública

Grecia nos puede liberar

El Calvario de los griegos ha pasado a formar parte de las conversaciones políticas y económicas desde que se produjo el primer rescate de ese país va a hacer pronto dos años. Como era previsible, todo ha ido empeorando y todos los actores se encuentran atrapados en un callejón sin salida, porque la arrogancia y la falta de realismo son muy malas compañías para buscar soluciones a los problemas, también a la crisis financiera. Pero no hay mal que por bien no venga: la salida de Grecia del euro puede provocar cambios importantes en las políticas suicidas de la eurozona, que tienen un olor de solución final. Esos cambios beneficiarían especialmente a países como el nuestro en los que se ha renunciado con demasiada ligereza a elaborar un proyecto autónomo para intentar salir del pozo. Excuso decir las consecuencias que puede tener el observar cómo Grecia, una vez superados los primeros días de confusión tras su salida del euro, recupera un mínimo tono vital sin caer en las llamas del infierno que tantas voces, muchas de ellas interesadas, pronostican.

Me parece un ejercicio inútil y bastante cínico seguir dándole vueltas a los contenidos de las políticas de rescate, sabiendo como sabemos que son una estrategia para ganar tiempo y no reconocer lo que está en la mente de todos: los países rescatados y los que están en la frontera del rescate no pueden hacer frente a las deudas, si no se produce una reducción ostensible de sus obligaciones actuales. Lo que añade gravedad y preocupación a esas políticas, que podrían entenderse como producto de la discusión normal entre acreedores y deudores, es que su defensa y mantenimiento por parte de las instituciones europeas está socavando los fundamentos políticos de la democracia y poniendo en peligro la vida digna de los ciudadanos, convertidos en víctimas y rehenes de aquellas.

La destrucción de la democracia

La destrucción de los valores democráticos en beneficio de gobiernos títeres, formalmente parlamentarios, ha puesto las bases para que el proceso de degradación permanente de las condiciones políticas y económicas de algunos países europeos, no sólo de Grecia, culmine en soluciones totalitarias a las que resultaría muy difícil combatir desde el descrédito y la inacción de las instituciones constitucionales. Cuando, de forma irresponsable, se pone en almoneda la soberanía popular y la independencia y la autonomía de los Estados, al servicio de poderes y políticas externas, muy lesivas para los ciudadanos, sin ofrecer a cambio más que lejanos horizontes de penuria y de postración, se dan por rotas las reglas de juego. Porque una cosa es gobernar con austeridad y exigencia y otra muy distinta ejecutar proyectos insolidarios, gravemente destructivos, teniendo conciencia de que los mismos solo benefician a aquellos que pretenden cobrar sus deudas caiga quien caiga. Y si hay que cambiar las constituciones, se cambian.

Siempre se dice que al amigo y al caballo no hay que cansarlos. No vendría mal recordar ese viejo dicho en presencia de las humillaciones e imposiciones que circulan libremente por la Europa continental y que gobiernos débiles, cada vez más parecidos a los de la década ominosa de los años 30, están asumiendo sin rubor. No solo eso, el nuestro por ejemplo, no tiene empacho en reconocer que todos sus proyectos están supeditados a las propuestas y estimaciones de las instituciones comunitarias ¡Vamos servidos! Menos mal que al asunto griego le queda poca cuerda: Grecia está en vísperas de unas elecciones o de un golpe de estado, vaya usted a saber; en cualquiera de los casos saldrá del euro. No irá al infierno por ello, pero sí será un revulsivo para la arrogancia del poder europeo.

La guerra en el Mediterráneo

Creo que la apuesta catastrofista de las políticas de rescate, patrocinadas por Alemania y sus compañeros de viaje, que se presentan como la única opción para salvar la moneda única, aunque ello suponga la condena vital de los países afectados, ha sido un error de cálculo que el caso griego va a poner de manifiesto: Grecia no va a quedar abandonada, entre otras cosas porque tiene una posición estratégica muy valiosa, realzada por los acontecimientos que se suceden en Oriente Medio como la guerra civil de Siria y la posible actuación de Israel contra Irán. Un escenario bélico en el Mediterráneo que parece no preocupar a las potencias europeas, enfrascadas en sus rescates y en sus miserias reglamentarias, pero que sí preocupa a otras potencias, el mundo anglosajón y la propia Rusia, cada vez más alejadas de los desvaríos continentales.

La vieja Europa, y no digamos Alemania, ha sido fecunda en crear problemas a lo largo del último siglo y medio. Parecía que todo eso solo estaba en el archivo de la memoria, pero no es así. Los españoles somos menos sensibles porque nuestra experiencia histórica ha sido diferente. Quizá por ello y también por la debilidad política de nuestro evanescente proyecto nacional asumimos sin chistar las imposiciones ajenas. Otros, en cambio, no lo harán. Confiemos en obtener algún beneficio del ejercicio de dignidad de esos otros.


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