Res Pública

El Gobierno humillado por el poder

Ver al Presidente del Consejo de Ministros pidiendo perdón a la Casa Real, precedido en la misma petición por su Ministro de Hacienda, a cuenta de los presuntos errores en la venta de fincas de la infanta, con el añadido de unas notas informativas públicas inverosímiles o hilarantes, según se mire, ha puesto al descubierto dónde reside el núcleo duro del Poder en España. La imagen vale más que mil palabras. Para los que piensan de buena fe que gozamos de un sistema democrático y parlamentario, el espectáculo habrá supuesto una gran decepción; lo ha sido incluso para los que creemos que vivimos en una democracia limitada: el palmetazo ha sido tan enérgico y tan crudo que los receptores del mismo, fundamentalmente el Gobierno y las leales oposiciones, no saben cómo escapar de sus efectos, que se han extendido al resto de las instituciones. El castizo “se van a enterar de quién manda aquí” va amplificando su eco para ahogar cualquier iniciativa que pretenda poner en duda cuáles son las reglas no escritas del mando. Por su parte, los ciudadanos españoles a los que nadie ha pedido excusas ni ha explicado nada, son meros testigos de un ajuste de cuentas interno, que tiene poco o nada que ver con sus necesidades e intereses. Que tomen nota los que predican el reformismo sin abrir un proceso constituyente, la Catarsis de la que hablan en su libro mis amigos Javier Benegas y Juan Blanco.

El poder “democrático” siempre fue delegado

Para enmarcar éstos episodios, conviene recordar que el heredero de Franco recibió todo el Poder y que ha tenido el instinto y el genio políticos, amen de apoyos importantes, para ejercerlo de forma diferente a la de su predecesor: otorgó una Constitución, la de 1978, que abrogó el andamiaje totalitario para permitir la entrada de España en el club de los países democráticos, en el bien entendido de que los que participaran en el juego político debían tener claro que, por encima de la proclamada soberanía popular, existía un poder autónomo, no sometido a los controles democráticos. La versión actualizada de la soberanía compartida. Durante décadas, la obra se ha desarrollado a satisfacción de las partes, incluso el público aplaudía porque los asuntos del bolsillo no iban mal. El éxito llegó al punto de que los más conspicuos valedores de la Transición quisieron vender ese modelo a otras naciones menesterosas de libertad. Realmente, los protagonistas y autores tenían motivos para felicitarse: habían descubierto la piedra filosofal de la democracia limitada con un pueblo agradecido y entregado. Pero ese idilio o largo recreo se truncó cuando empezó a fallar el engrase monetario y afloraron las innumerables perversiones y corrupciones de las que ya estamos al cabo de la calle.

El problema de las falsificaciones es que cuando quieres venderlas te dicen que no valen nada. Más o menos es lo que ocurre con la democracia española: cuando se la pretende reivindicar como instrumento para cambiar el deplorable estado de cosas de la nación, se descubre que es una impostura. La rigidez constitucional es, de hecho, la prohibición del cambio, aunque sea limitado. El descrédito y los murmullos de desaprobación se toman como simples accidentes del camino que, según los augures oficiales, pronto se verá despejado con las bonanzas que se anuncian en el horizonte. Es verdad que no han precisado el día y la hora de su llegada; mientras tanto, se siguen subiendo los impuestos indirectos y se continúa cercenando la actividad económica. Puede ser que los principios económicos tradicionales sobre crecimiento económico e ingresos públicos estén siendo sustituidos por una burbuja de propaganda que pueda estimular la confianza desaparecida para arrancar el motor. Nos congratularía que no fuese un simple placebo para ganar tiempo.

Acorazarse contra la protesta y no molestar al mando

Por si no llega la buena nueva y el público se encrespase, el Poder pone firmes al Gobierno y al Parlamento y les recuerda cuáles son sus límites de actuación: que se dediquen a administrar lo mejor que puedan, que no molesten con iniciativas para alterar el statu quo y que vuelquen en Bruselas las responsabilidades sobre los recortes, una referencia que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Siempre habrá un Almunia del que echar mano. Lo único que parece estar fuera de ese guión de asentimientos es la cuestión catalana, porque parece que Cataluña se empeña en ir por libre. En mi opinión, es la gran incógnita política de los próximos meses, porque todo lo demás no deja de ser una sucesión de historias y disputas internas de los partidos que preparan las convocatorias electorales inmediatas.

En esa materia, las gentes del PSOE son las más madrugadoras: se aprestan a hacerse fuertes en su reducto de Andalucía, elecciones anticipadas mediante, sabiendo que el Partido Popular ya quemó sus naves en esa región a lo que se añade el rejón de muerte del asunto Bárcenas. Lo del socialismo andaluz es la demostración más clara del “sálvese quien pueda”. Cada uno se aferra a lo que cree más seguro; y en el caso de los socialistas, Andalucía lo es. No aspiran a gobernar en España, aunque todo pudiera ser, por lo que prefieren el pájaro en mano a ciento volando. Los restantes partidos, incluido el del Gobierno, no parecen tener tan claro como los socialistas el camino a seguir. La obediencia debida no les da margen de maniobra. Una vez lanzada la consigna desde arriba, vienen tiempos de mucho incienso y pleitesía para cubrir como se pueda el enorme agujero abierto en las esperanzas y el bienestar de los españoles. Nunca el déficit educativo y civil de estos, después de décadas de confusión y de poca exigencia, será tan valioso como ahora para los designios del Poder.


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