Res Pública

Sin Gobierno y sin cortes: urgencia constituyente

El desmoronamiento institucional de España, que va in crescendo como demuestran los hechos de Cataluña, es una realidad objetiva. Cualquier lector puede hacer un repaso de las diferentes instituciones públicas del país y sacar conclusiones. No creo que se separen demasiado del título del comentario. Pero, con el ánimo positivo de otear el futuro, me centro en los dos poderes más importantes, el ejecutivo y el legislativo, el judicial merecerá comentario aparte. Ambos han abdicado de sus funciones hace al menos dos años largos, cuando en mayo de 2010 se hizo público  que nos poníamos a las órdenes de Bruselas. Desde entonces, no digo que antes no sucediera, el discurso oficial y los hechos se remiten a las directrices del exterior; de un exterior que tampoco tiene muy claro que hacer con el asunto español, visto el fracaso de sus acciones en Grecia y Portugal, países más pequeños que el nuestro. Estos últimos días comprobamos las controversias entre Francia y Alemania sobre el presunto rescate de España que, en todo caso, sería el rescate de los acreedores de nuestro país, que ya han tenido un aperitivo con el rescate bancario. Hace bien Rajoy en resistir: alguien le vendió una mercancía averiada. El caso es que España está en tierra de nadie en lo que se refiere a gobierno y ordenación. La peor de las situaciones, lo que hace urgente plantear sin eufemismos un proceso de cambio radical para intentar recuperar la esperanza y el vigor perdidos con la incuria de decenios.

El vacío de poder

Existe la opinión bastante generalizada de que los gobiernos españoles tienen dificultades innumerables para ejecutar políticas de interés general, a causa de un marco jurídico-constitucional que les ha despojado de gran parte de su poder: el Estado Autonómico, mal diseñado y peor ejecutado, se ha convertido en un quebradero de cabeza para quienes pretendan gobernar el país y en motivo de insatisfacción creciente para los ciudadanos. No quiero extenderme en ello, es una realidad que tenemos a la vista y que parece el tapón de la botella que imposibilita cualquier salida. Y eso, hablando en términos de quienes tuvieran un proyecto nacional de gobierno. Si no se tiene ninguno, más que el sortear cada día, el asunto adquiere una dimensión alarmante. Eso es lo que sucede ahora, cuando se está recogiendo la cosecha de tantos años de políticas mediocres, crecidas bajo el manto protector del dinero fácil.

El principio de que gobernar es prever no ha existido en la política española, actividad que ha sido muy cómoda y provechosa durante décadas para las clases dirigentes del país: se ha dejado el ejercicio de la política en manos de profesionales de la misma, cuyas únicas limitaciones eran respetar los privilegios de los poderosos, el verdadero poder, y remar sin estridencias en el río caudaloso de los dineros europeos, fondos estructurales o créditos a nuestros bancos y cajas. Los meandros de ese río han llevado mejorías, quien lo duda, al conjunto de la economía y de la sociedad, pero, y ese es el drama, meramente superficiales y, por tanto, expuestas a las consecuencias del primer temporal. No se sembró la riqueza, simplemente se disfrutó o se especuló con ella. Por eso estamos como estamos, con estructuras políticas inservibles y políticos confusos y desprevenidos, hijos de un sistema que no tiene respuestas para este gran fracaso.

Entonces se toca a rebato y la clase política se refugia en la concha del poder, que dispone de la fuerza y de la propaganda y, como no tiene más proyecto que permanecer, vende mercancías variopintas, muy lesivas para los ciudadanos, que se justifican por las obligaciones con el exterior. Y en esa cantinela estamos sin plan alguno, ni A ni B, esperando no se sabe qué e implorando la comprensión que ellos mismos no tienen para su atribulado e indefenso país. La imagen de nuestro jefe de Gobierno dando el otro día explicaciones al primer ministro de Finlandia, ese país frío y lejano que nos ha humillado pidiendo garantías adicionales para su escuálida participación en el rescate bancario, es expresiva de adónde hemos llegado. Por su parte, nuestras Cortes, prácticamente desaparecidas desde que se inició el estado de emergencia, han tenido ésta semana la primera y censurada noticia del rescate bancario acordado en mayo por el ministro de Economía en videoconferencia, al contrario que otros parlamentos europeos que lo han debatido con amplitud y exigencia. Y todavía habrá quienes se sorprendan porque reclamemos el cambio de éste estado de cosas.

Cataluña

Para darle mayor enjundia al mosaico de los disparates, nos desayunamos con una eclosión independentista en Cataluña que ha sorprendido por su magnitud. Sobre sus antecedentes, el lector interesado puede consultar lo que escribí en El laberinto de Cataluña, el pasado mes de diciembre. La salida a las calles de cientos de miles de personas en un tiempo dominado por el temor y la desilusión, es indicativo de que el descontento es más profundo de lo que parece: en Barcelona ha sido recogido por los independentistas, en otros lugares no sabemos por quienes lo será. De todas formas, el gobierno catalán debería tener presente lo que decía el general Colin Powell, Secretario de Estado americano, “no pidas demasiado por si te lo conceden”.

Parece claro que el desafío y la movilización catalanes requieren respuestas y, sobre todo, mucho tino por parte de los dirigentes. Y ese, entre otros, es el problema. En mi opinión, ni en Madrid ni en Barcelona contamos con políticos ejercientes capaces de gestionar este asunto. Su intento de resolución tendrá que formar parte de los nuevos proyectos constituyentes que surjan para reconstruir el Estado. En tal sentido, no debería desdeñarse en su momento la fórmula del Estado Integral de la Constitución republicana de 1931 que, a mi juicio, conserva aspectos valiosos. Sin embargo, no sé si se llegará a tiempo de recuperar lo que ya parece irrecuperable. Pero habrá que intentarlo en bien de la propia Cataluña y del conjunto de España.

Como se puede comprobar, hay motivos para la urgencia de la reconstrucción del Estado y de la política de España. El edificio actual no se puede rehabilitar porque sus principales ocupantes lo hacen imposible. El camino será largo y accidentado,  salvo que el buen sentido de algunos de ellos se imponga y faciliten el tránsito ordenado hacia un país mejor en el que se recuperen los valores civiles y democráticos, tan burdamente tratados durante decenios.


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