Res Pública

Franco y la mayoría silenciosa

Las apelaciones de la portavoz del Gobierno a la mayoría silenciosa nos rejuvenecen: volvemos a los años 70 del siglo pasado cuando el concepto hizo fortuna en América con Nixon, que fue su creador, y en otros países como España donde se solían contraponer la democracia y su ejercicio a las masas discretas y silenciosas que se presuponían favorables al poder. Aquí, en las postrimerías del régimen de Franco, se utilizaron tanto la expresión de la mayoría silenciosa como la del franquismo sociológico para justificar el inmovilismo y devaluar las iniciativas de cambios que, como siempre, surgían de las zonas más ilustradas o combativas de la sociedad. Ahora, también estamos en unas postrimerías, y con motivo de los hechos de Cataluña, que no hay que separar de otras inquietudes y peticiones que se expresan en el conjunto de la nación, se recurre a lo mismo, signo inequívoco de rigidez y de carencia de un proyecto de Estado para el siglo XXI. En cualquier momento pueden sacar a colación los demonios familiares de los que también hablaba el Caudillo. En esas arenas movedizas estamos y continuaremos en ellas mientras quede un poco de aceite financiero para engrasar la máquina del Poder y de la propaganda. Cuando falte la grasa, serán otros los que tendrán que lidiar el toro. La consigna oficial es ganar tiempo.

La templanza incompleta del Gobierno

Con motivo de la cuestión catalana, muy agitada los últimos años, ya comenté meses atrás que “parece claro que el gobierno se encuentra sólo, y con una fuerza más aparente que real, ante el problema. Por eso, hace bien en no agitar las pasiones, pero habría que pedirle que no nos tome por imbéciles y nos explique en serio, sin latiguillos administrativistas, cuál es su plan o proyecto para hacer asumible y menos costoso para el conjunto del país lo que parece un divorcio irreversible”. Es notorio que el jefe del Ejecutivo mantiene la templanza, lo que es muy de agradecer, actitud que debería complementarse con planes serios y consistentes, para no dar la impresión de que todo, la crisis económica y la presunta quiebra constitucional, queda al albur de la mejora de la situación en las economías centrales de la UE y de su posible repercusión positiva en nuestras maltrechas cuentas. Una expectativa que se fecha en el próximo año y medio. Esa parece la apuesta arriesgada del Gobierno, que desconozco si será compartida por los restantes agentes y protagonistas del circo de varias pistas en que se han convertido la política y las finanzas españolas. Funambulismo puro.

En la historia política las llamadas mayorías silenciosas nunca han promovido cambios ni han sido valladar ante ellos; ese papel le ha correspondido a las minorías activas o a las organizaciones políticas, según los casos. Los silenciosos, por su parte, se han sumado normalmente al río más caudaloso o se han lamentado por su silencio. En cualquier caso, parece claro que utilizarlos como excusa para no debatir los problemas o, lo que es peor, para ignorarlos, es una muestra de indolencia política que no se corresponde con la situación de la realidad española en la que brilla con luz propia un sentimiento de abandono y de falta de previsión sobre el futuro. Salvo las decisiones fiscales, también poco imaginativas y agresivas con las clases medias, los que mandan y los que obedecen van siendo tragados por la ola de la supervivencia que se resume en la vieja expresión de “ir al tran tran”. Es comprensible en los que obedecen, hartos de camelos y de podredumbre, pero rechazable en las elites, y eso es uno de los ingredientes principales de nuestro drama: la imagen de la apertura del Año Judicial presidida por el Jefe del Estado, con el ambiente decrépito del auditorio, y las gentes fuera, protestando, creo que ilustra sobre dónde estamos. Lo que no sabemos es adónde vamos.

La democracia es el campo abierto de los hombres libres

También la historia política nos enseña que la persistencia de las situaciones de dificultad o de injusticia terminan por producir efectos, no siempre justos ni agradables y demasiadas veces antidemocráticos. De ahí, la insistencia en reclamar iniciativas para evitarlos, porque los nichos del abandono que se van abriendo en el solar patrio, algunos los rellenarán y ojalá no haya que lamentarse de esos rellenos. La política del eterno presente a la que se refería el profesor López Aranguren durante el franquismo parece conservar raíces hondas que han reverdecido cuando aparecen las grietas en el escenario de cartón piedra del régimen constitucional. A propósito de mi último comentario sobre Cataluña, me decía un viejo amigo, el historiador sevillano Manuel González Jiménez: "¿Quién pone cascabel al gato? ¿Crees que está dispuesto a dejárselo poner? ¿Y cuántos gatos, además de los conocidos, reclamarán también su propio cascabel?" Sabias preguntas, que reclaman respuestas y no apelaciones a las mayorías silenciosas. Y las tienen que dar aquellos que han pedido la confianza de los ciudadanos para ejercer el Poder Público.

La democracia no es ningún taumaturgo, pero, recordando a Azaña, es el campo abierto donde los hombres libres discuten y deciden sobre las propuestas de sus dirigentes. Las esperamos con interés, porque la mayoría somos conscientes de lo que se juega la abandonada colmena española, a causa de tantos años de incuria. No pedimos improvisaciones, pedimos información clara sobre los problemas y que se nos convoque a todos para decidir en libertad acerca de la España que queremos para las próximas décadas, confiando en que el acierto en las soluciones convenza a aquellos compatriotas que piden cambios y a aquellos otros que, sin esperarlos, se quieren marchar.


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