Res Pública

Exigencia civil y democrática

La erupción ciudadana del 25 de mayo sigue produciendo lava. Sus daños han quebrantado gravemente a los partidos dinásticos y han provocado en última instancia la renuncia del Rey. El río de lava seguirá haciendo de las suyas y, dada la situación política y social de España, hoy conviene apelar a un concepto fundamental para la nueva travesía, me refiero a la exigencia democrática. Sin ella resultará poco menos que imposible salir con bien del túnel de la crisis española que tanto duele a millones de nuestros compatriotas. Esa es la causa del crecimiento de la insatisfacción y de la demanda de cambios, unos piden un referéndum sobre la continuidad de la monarquía, otros reformas constitucionales sin precisar cuáles, algunos se quieren independizar y, por último, los que tienen el poder rehúyen aceptar la crisis y pretenden mantener el statu quo, pensando vanamente que todo es un problema de intendencia que, en cuanto remonte la economía, quedará resuelto. Quiere ello decir que la incertidumbre aumenta, que casi nada es sólido y que, cuanto antes, las Cortes Generales deberían afanarse en buscar salidas para que nuestro país no siga cayendo por la pendiente de la inestabilidad y de la decadencia. Ese sería el último gran servicio que éste Parlamento agónico podría prestar, después del terremoto político del 25 de mayo.

La marcha del fundador del Régimen

El Rey que renuncia ha unido a su condición de Jefe del Estado la de ser fundador del régimen de la Transición. Un modelo político que tiene su impronta y que ha gozado de apoyos indudables para su implantación y desenvolvimiento a lo largo de cuatro décadas. En su nacimiento contó con los deseos de paz y libertad de los ciudadanos y con la tutela de las grandes potencias internacionales, los Estados Unidos de Norteamérica, Francia y Alemania, que veían con inquietud lo que estaba sucediendo en la vecina Portugal, en plena Revolución de los Claveles. No escatimaron en medios para montar el sistema de partidos que daría soporte al nuevo régimen y debe decirse que lograron los objetivos perseguidos. Todo lo demás ha sido cosa nuestra y, cuando pase el turbión hagiográfico sobre el monarca que se va, habrá lugar para hacer los balances de su gestión. Por mi parte destacar el esfuerzo de los españoles para lograr una transformación positiva del país, que ahora se encuentra gravemente amenazada por culpa de quienes no han sabido o no han querido administrar en beneficio del interés general el inmenso caudal de confianza y de recursos puestos en la empresa española durante cuarenta años.

Del Rey que llega poco se sabe, aunque estemos familiarizados con sus imágenes desde niño. Es verdad que su papel en el sistema de monarquía parlamentaria parece poco relevante, pero no se debe ignorar que hereda no tanto la monarquía como un régimen personalísimo hecho a la medida de su padre. La prueba inmediata y cercana es que ni siquiera se había regulado la abdicación; se supone que por voluntad expresa del fundador. Nadie, empezando por el Gobierno, se ha tomado la molestia de explicar las razones del cambio repentino en la Jefatura del Estado; por ello, lo que se comente no dejan de ser especulaciones de corte familiar o palaciego. Si a ello se une la previsión de una sesión de las Cortes sin debate, en plan faena de aliño, el cuadro de la democracia española deja mucho que desear. Nada nuevo pero, en éstos días confusos, vale la pena insistir en dos cosas: cómo nos mantienen en la minoría de edad ciudadana y los peligros que acechan al sucesor por las expectativas que muchos depositan en él, creyendo que es una especie de taumaturgo. Los dos partidos que lo tutelan intentan convertirlo en la punta de lanza de su resistencia a la marea del cambio que aumenta por semanas.

La soledad del nuevo Rey y el papel del Parlamento

La realidad es que el joven Rey accede a la Jefatura del Estado en un tiempo crítico de España, sin más apoyo que el de los dos partidos dinásticos, cuya situación ruinosa es la que todos conocemos. Las tutelas internas y externas de las que gozó su padre no existen y, a pesar de la algarabía mediática y de las adulaciones al uso, está bastante solo. Y su soledad puede ir a más en la medida en la que el sálvese quien pueda de los partidos menguantes, PP y PSOE, que son sus protectores, vaya aumentando al compás de las dificultades económicas y sociales de España, porque al hilo de una realidad lacerante irán surgiendo nuevos actores políticos, como hemos comprobado el 25 de mayo, y las mareas de las exigencias democráticas aumentarán su presión para cambiar el estado de cosas de la patria.

Cuando el nuevo Jefe del Estado se dirija a los españoles, podremos valorar sus propósitos. De momento, sí es preciso saber que no debe esperarse demasiado de quien tiene grandes limitaciones para concederlo y que lo más razonable y democrático es exigir que el Parlamento mire a la realidad y trate de adoptar iniciativas para construir un nuevo gobierno con los objetivos de restaurar el Estado y de dar cauce a las demandas crecientes de millones de ciudadanos para que unas nuevas Cortes decidan abrir la puerta hacia un futuro mejor.


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