Res Pública

Europa ¿estancada o empantanada?

Las decisiones del BCE y los datos de crecimiento de las economías centrales de la UE indican que su situación, y más particularmente la de la Unión Monetaria, va más allá del estancamiento, que suele ser algo coyuntural con posibilidades de superación a corto plazo, por lo que parece más ajustado a la realidad hablar de empantanamiento. Desde mi punto de vista, estamos empantanados porque las causas de los problemas no se corrigen, las medicinas propuestas para la resolución de ellos han agravado la enfermedad y, en consecuencia, se ha producido un fallo multiorgánico que ya resulta inmanejable para los gobiernos e instituciones empeñados en hacer oídos sordos a las realidades económicas y sociales. De nada han valido las advertencias formuladas por algunos políticos y expertos, dando por cierto lo que afirmaba en un artículo Alejandro Menéndez, catedrático de la Universidad de Valladolid, a propósito de unos coloquios de expertos fiscales: “En las conversaciones mantenidas con la mayoría de ellos y en particular con los funcionarios de la Comisión -cuyo nivel profesional es por lo general incuestionable-, se llegó a la conclusión de que por las características y gravedad de la crisis, así como por la composición y estructura de la UE, las autoridades europeas dudan tanto sobre lo que deben hacer como sobre lo que podrán hacer”. Tampoco se ha tenido en cuenta el rechazo de los ciudadanos, manifestado clamorosamente en las pasadas elecciones europeas, así que ya nos dirán cómo y en qué condiciones saldremos del pantano, si continuamos en manos de quienes nos han metido en él.

La UE autista y en lo suyo

Como botón de muestra de la situación de la UE, sólo basta observar las reuniones de los líderes europeos no para hacer autocrítica e impulsar cambios sino para repartirse las jugosas canonjías de la superestructura comunitaria. Desde las elecciones de mayo están en el empeño y todavía no está repartido el botín. Por su parte, el BCE, que tiene sobrados motivos para preocuparse por la deriva de sus socios, trata de suministrar liquidez que, si no va acompañada de políticas gubernamentales orientadas al crecimiento y a la reindustrialización, únicamente conseguirá engordar la burbuja financiera y de deuda que está esterilizando todos los sacrificios y esfuerzos de los contribuyentes europeos. El lenguaje financiero, convertido en una suerte de Nuevo Testamento desde hace más de dos décadas, parece haber embotado las mentes de los gobernantes de la UE que han conseguido en éste tiempo arrumbar los principios y realidades construidos durante treinta años, para terminar desencadenando en el continente europeo una crisis política y económica de enormes proporciones.

Si los fundadores del Mercado Común, Schuman, De Gasperi y Adenauer, vieran en qué se ha convertido su proyecto, creerían que habían vuelto a las nieblas de la preguerra de las que surgieron los movimientos totalitarios y nacionalistas que ellos pretendieron alejar de Europa para siempre. Los diagnósticos falsos y la arrogancia del poder han ido sumando errores hasta conseguir volver a las andadas: inestabilidad social y guerra en el Este, sin que ahora el viejo amigo americano este presto para deshacer nuestros líos. Bastante tiene con los suyos, que no son pocos, después de las aventuras de Afganistán e Irak Cada cual intenta buscar explicaciones o justificaciones de lo que pasa o lo que puede pasar, menos aquellos que ostentan el poder público y que son los más obligados a hacerlo.

No lo hacen, siguen discutiendo sus décimas de PIB y se olvidan de los dos dígitos de paro, hablan de la globalización e ignoran cómo desaparecen empresas e industrias que nada ni nadie parece querer sustituir. El consumo, al que tirios y troyanos se aferran, es un ídolo con pies de barro, si las sociedades europeas y sus clases medias se van empobreciendo. La parálisis económica de Alemania, Francia e Italia que ha obligado al BCE a tomar decisiones que violentan sus propios estatutos es el fruto de un maltrato demasiado prolongado.

Draghi ya no puede más

El propio Draghi, ensalzado como un taumaturgo por sus conmilitones del evangelio financiero, ha confesado que ya no puede hacer más. Y no le falta razón, porque el paso siguiente será el de hacer frente en serio a la burbuja de la deuda soberana que, necesariamente, pasará por su reestructuración. Bien es verdad que, para que ello sea una apuesta positiva, los diferentes gobiernos y la UE a la cabeza deberán tomarse la molestia de diseñar planes de reconstrucción, una vez decretada la finalización de ésta guerra en la que nos han metido y en la que los únicos perdedores han sido los ciudadanos. Estos, poco a poco, se van revolviendo, con toda la razón, y en su desesperanza prestan oídos a todos los mensajes que prometan un poco de paz. Es el típico “de perdidos al río” que tiene atónitos a los causantes del desastre, porque la ira ciudadana se asemeja a una hidra de cien cabezas que en cada país adopta una forma diferente, aunque el origen y las causas de su crecimiento son los mismos.

Las instituciones europeas, salvo leves y tardías autocríticas de personajes salientes, como el inefable Durao Barroso, no parecen darse por aludidas de lo que sucede en los países de la Unión. Es posible que ello se deba a la falta de comunicación veraz de parte de los gobiernos que se encuentran en entredicho en sus naciones y no quieren dar tres cuartos al pregonero de sus penas; pero, sea por esto o por falta de alternativas, lo cierto es que algunos países del continente europeo se han transformado en un calidoscopio político y social que terminará por cambiar las reglas y dogmas actuales. Mi deseo, y supongo que el de la mayoría, es que sea para salir de la pesadilla que han fabricado las ensoñaciones financieras y la codicia de unos cuantos.


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