Res Pública

Hacia la Europa alemana: un nuevo intento de hegemonía

El año que finaliza ha sido pródigo en reuniones europeas, cuyo objetivo oficial era consolidar la unión política y económica de la propia UE y de su apéndice la Unión Monetaria Europea. Y, efectivamente, se han dado pasos en esa dirección unificadora, pero no en el sentido que idearon los padres fundadores, De Gasperi, Monnet, Schuman y Adenauer, sino en otro, más tosco y prosaico, muy ligado a la historia de la Europa Continental: el intento de hegemonía y dominio por parte de una potencia sobre las demás, primero fue España, luego Francia y, desde finales del siglo XIX, Alemania. Hegemonía y dominio que se solían imponer con la fuerza de las armas, sustentada en una idea política o religiosa. Y eso era lo que los padres fundadores querían desterrar del continente, para extender en el mismo los ideales de la democracia y de la cohesión social, de cuya conjunción surgió el famoso Estado del Bienestar. Hemos vuelto a las andadas, o a los orígenes según se prefiera, porque Europa se encuentra revuelta y bastante disminuida, postrada, en suma, ante la potencia de Alemania que no ha necesitado la fuerza militar, sólo un manejo inmisericorde de las políticas económicas y financieras. Difícil aventurar cómo terminará éste nuevo intento; de momento, creo que es importante constatar que va cogiendo velocidad de crucero.

Alemania renace como el Ave Fénix

Hay que remontarse al ya lejano final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, mayo de 1945, para buscar parte de la explicación del renacimiento del poder de Alemania, cuya plenitud aparece ante todos nosotros, los continentales: los aliados, fundamentalmente Estados Unidos, tenían que decidir qué hacer con la potencia derrotada. El Secretario del Tesoro de entonces, Henry Morgenthau, propuso un plan que lleva su nombre, que consistía en reducir a Alemania a una economía pastoril, desmantelando su industria y dividiendo su territorio. Pero dicho plan pareció una desmesura, sobre todo ante lo que se suponía la amenaza de la Unión Soviética; y se optó por el mal menor, permitir la reconstrucción alemana, aunque dividida territorialmente. Una fórmula que garantizaba cierto equilibrio y que permitió la puesta en marcha del Mercado Común para mejorar, política y económicamente, al conjunto de Europa Occidental en plena Guerra Fría.

De todos es sabido que la desintegración de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, 1989, junto con la consolidación y extensión de las políticas neoliberales de Thatcher y Reagan, alteraron profundamente la política europea. La entonces CEE no iba a ser una excepción. Y es a partir de ese momento cuando, ante la ausencia de otros liderazgos, Alemania toma la iniciativa, empezando por lograr su reunificación. Empezó a labrar su hegemonía en el continente, sabiendo que, para conseguirla, sólo tendría la oposición de Inglaterra y el distanciamiento de los países escandinavos. El resto, incluida Francia, eran pan comido. Han sido dos décadas de trabajos en esa dirección: sucesivos tratados europeos, ampliaciones, Unión Monetaria y moneda única que, a mi juicio, forman parte de la imaginería para encubrir el objetivo de dominación continental de la potencia germana, que no es una potencia europea, es una potencia mundial, conviene no olvidarlo.

Sufridores de la incapacidad de los gobiernos

Lo expresado, no es una crítica a Alemania, país respetable que vela por sus intereses, cosa que no hacen otros. Es la constatación de una realidad, definida, en mi opinión, por una suma de complejos y de incapacidades que la ha hecho posible: la nueva, o vieja Europa, según se mire, en la que se traza la línea divisoria entre los países dominantes de la reforma protestante, capitaneados por Alemania, y aquellos otros dominados, de raíz católica, Francia, España, Italia y Portugal, que sufren una grave crisis de identidad, porque el proyecto europeo, al que han sacrificado sus proyectos nacionales, se ha transformado en una impostura que amenaza todo aquello, bienestar, equilibrio social y democracia, que se pretendía asegurar con aquel. Si prescindimos de la autopropaganda de los menesterosos gobiernos nacionales y de los medios acríticos que la expanden, no creo que haya dudas sobre que estamos embarcados en un experimento poco solidario y bastante autocrático, que está causando estragos, sin ofrecer siquiera el consuelo de un futuro mejor. Pienso que las reacciones no se harán esperar, especialmente en Francia e Italia. En España, con nuestras divisiones internas y la debilidad democrática, iremos a rebufo de ellas. Mientras tanto, los ingleses y escandinavos se limitan a observar nuestros desvaríos.

Los meses venideros en Europa, con elecciones y puede que revueltas sociales, nos indicarán el rumbo del continente y el alcance de la dominación germana. Ahora somos espectadores y sufridores de sus políticas, impuestas por la incapacidad de nuestros gobiernos, refugiados en la excusa de que son decisiones de Bruselas o Berlín, que son lo mismo, al fin y al cabo. Es el cumplo órdenes, de triste recuerdo para los europeos. No saben qué decir y se aferran al cuento del proyecto comunitario que hace muchos años que feneció.  Como dijo Ortega y Gasset en ocasión memorable, “no es esto, no es esto”.


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