Res Pública

La España oficial, ¿contenta?

Después del susto del 25 de mayo, la elección del nuevo capitán del PSOE ha devuelto algo de tranquilidad al establishment. Todo son parabienes y felicitaciones, porque se parte de la convicción de que ese partido no abandonará la senda de lo políticamente correcto y que se esforzará por mantener las estructuras del régimen político, colaborando con el calafateado del mismo que concretará en septiembre el Ejecutivo del señor Rajoy. No parece que el partido de la derecha se plantee el cambio de jefe ¿o sí?

En cualquier caso, la aparente placidez de la España oficial tendría justificación, si no fuera porque alrededor de ésta moderna Constantinopla, están los nuevos turcos producidos por la incuria y la corrupción: son los millones de españoles que, de manera pacífica y ordenada, han dado el primer y sonoro aviso al torero, el régimen del 78, y que mirarán, entre la incredulidad y la ira, las idas y venidas veraniegas de quienes nada ofrecen para restañar los inmensos daños causados.

El verano será tiempo de observación mutua entre los verdaderos contendientes: unos para solazarse en la ciudadela del poder y otros para cargarse de razones y de votos con el objetivo de traer otros aires a España, que está más invertebrada que nunca. Los últimos datos del CIS son ilustrativos de lo que viene.

Las obras completas del bipartidismo les inhabilitan para la reconstrucción

Durante el mes y medio transcurrido desde el primer desgarro del nudo gordiano del régimen, el foco del interés se ha centrado en la convulsión de la izquierda y en las cuitas de su partido oficial, el PSOE. Cualquier observador poco avezado podía creer que frente a la izquierda alterada existe la derecha moderada y democrática, garantía de buen gobierno y de honradez.

Sin embargo, los que vivimos aquí sabemos que ese cuadro no responde a la realidad, porque lo que separa a esa derecha del quebrantado PSOE es que ésta tiene todavía el B.O.E. y por eso ha podido disimular mejor el castigo de los españoles, aunque sufre un descrédito análogo. No obstante, desde el burladero del poder presencian las cabriolas controladas en el seno de la organización socialista, mientras miran de reojo las señales de humo procedentes de los campamentos de las nuevas fuerzas emergentes y piensan que, con propagandas macroeconómicas y argumentos garbanceros sobre el miedo a lo desconocido, las clases medias volverán al redil, prefiriendo, una vez más, lo malo conocido.

Con ese ‘ambicioso’ proyecto nacional pretenden zanjar la crisis española y hacer frente al enredo catalán. Ya ha dado a entender el jefe del Gobierno, que por vez primera ha reconocido que allí hay un problema, que tratará de echar un cable a Mas, advirtiéndole que hay que pensar mejor las cosas antes de meterse en líos, porque el presidente de la Generalidad ha sido un niño travieso que necesita ser amonestado, aparte de buscarle algún arreglo fiscal para enfriar las ansias independentistas de muchos de sus votantes.

Todo ese embrollo queda también para septiembre y suponemos que entonces conoceremos las bondades del invento en el que se estará trabajando. Lo mismo les da por convocar elecciones generales en octubre para desactivar momentáneamente la cuestión catalana y, de paso, intentar salvar los muebles que pueden perder en los meses próximos, porque esa es su máxima preocupación. Lo que pasa es que cualquier consulta que se plantee en España ya no será ni normal ni ordinaria y obligará a los que pretendan el voto a decir qué país quieren que salga de las cenizas de la corrupción y de la crisis económico-social. Los que mandan intuyen que están en un campo de minas político con pocos instrumentos para desactivarlas. El tiempo les devora y corre en su contra, esa es la cruda realidad.

La política española convertida en drama de suspense

El paréntesis abierto en el cercano mayo no sabemos cómo se cerrará y eso ha convertido la política española en un drama de suspense que, probablemente, se llevara a la gran pantalla en el futuro. Puede que sea menos edulcorado que la famosa serie televisiva Cuéntame, pero nos permitirá revivir uno de esos episodios históricos con los que España se sacude a los malos gobiernos y a los que abusan de la buena fe de la gente normal. Porque no hay que perder de vista que es la gente normal la que se ha hartado y ya ha emprendido un camino sin retorno con el objetivo de achicar las pérdidas sufridas en derechos y en seguridad. No hablo del bienestar social, porque ese tardará en la medida en que España no salga del túnel sin tren expreso, como dice la canción de Sabina, en el que la han metido los que se sorprenden de que los españoles les hayan retirado su aprecio.

Recuperar la confianza perdida es tarea costosa. Que se lo pregunten a los dirigentes del PSOE y del PP que temen como a un miura la expresión soberana de los españoles. Se afanarán en buscar subterfugios o argucias legales para sortear la embestida, sin calibrar que cualquier pieza que cambien del motor de su sistema electoral les obligará a cambiar el sistema mismo, que es lo que se resisten a hacer. Estaremos atentos a cuando descubran la piedra filosofal.


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