Res Pública

España esperando un Gobierno honrado

Así me parece nuestra situación cuando se enfila el bienio del gobierno surgido de las elecciones de noviembre de 2011 sin que se atisbe mejora alguna más allá de fuegos fatuos de carácter financiero: la desconfianza se acrecienta, la economía sin pulso y la política fagocitada por la corrupción. Los problemas eran muchos y variados y lo que los ha agravado, en mi opinión, ha sido la improvisación negligente de quienes se ofrecieron al país para ordenarlos, sin haberse tomado la molestia de elaborar un proyecto para ello. Pocos esperan la rectificación, al contrario los interrogantes suelen ser ¿cuánto durará? o ¿quién o quienes vendrán a sacarnos de la postración? Son las preguntas del millón de las gentes acostumbradas a la tutela del poder y educadas en la falta de exigencia cívica y democrática. Un sentimiento lógico de orfandad al que las minorías dirigentes que lo han provocado se muestran incapaces de ofrecer respuesta. Por eso, hablo de esperar y no de buscar, expresión pasiva de incertidumbre que es urgente cambiar a la activa de búsqueda por parte de aquellos que sientan la necesidad de convocar a los españoles a la sustitución de un sistema cadavérico.

La desaparición de las creencias y la parálisis de la orfandad

La evolución de los acontecimientos y el desmoronamiento institucional han provocado que la base de las creencias de la gran mayoría de los españoles, crédulos y confiados con el poder, sienta el vacío y el vértigo a lo desconocido. Se ha producido el fenómeno al que se refería nuestro filósofo Ortega y Gasset cuando hablaba de las ideas y creencias. Estas han desaparecido, las pocas que quedaban, y no parece que los dirigentes se afanen por sustituirlas. Ellos mismos, en su nadería intelectual y política, están flotando en la inercia y en la mansedumbre de la sociedad, arramplando con lo que se pueda mientras dure. No creo que sea necesario poner ejemplos concretos de lo que afirmo, basta asomarse a las páginas de los periódicos o a los noticiarios de radios y televisiones. El que piense que la catarata de desafueros que llueve cada día sobre los españoles es una estrategia de distracción o un episodio de la disputa partidaria, se equivoca: es la demostración del vacío, que espera ser rellenado cuando se supere la parálisis de la orfandad. Cualquier incidente puede encender la mecha de la reacción.

La temperatura económica, fría, es acorde con la falta de dirección del país. Como vengo sosteniendo, sin el cambio político resulta aventurado pronosticar la mejora de la economía nacional, porque la desconfianza y el temor han hecho presa de la sociedad y, especialmente, de aquellos que se propongan arriesgar sus dineros para regenerar el tejido productivo español. Un tejido productivo, conviene recordarlo, del que ha desaparecido abruptamente un sector, el de la construcción, que representaba alrededor del 20 por 100 del PIB. Eso no volverá, y rellenar su inmenso hueco y las secuelas de daños producidas, entre ellos el colapso del sistema crediticio, no es un grano de anís. De ahí, la necesidad de planificar cómo salir, sin terminar ahogando lo que resta de la parte viva de la economía. Seguir infligiendo daños, con recortes y sin proyectos de salida, conduce a lo que padecemos, paro rampante y desmoralización. Los mensajes oficiales producen sonrojo, ya sean la ministra de empleo o el ministro de economía: recuerdan a Pepe Isbert, el inolvidable alcalde de Bienvenido Míster Marshall, cuando decía “una explicación os debo y una explicación os voy a dar…” En contraposición a los camelos, las previsiones son de caída del crédito, alrededor de un 7 por 100, y de continuidad de la depresión, un benévolo -1,5 del PIB. La última EPA nos dice además que son las familias, echando mano de sus ahorros, las que están evitando la catástrofe. ¿Qué recorrido tiene todo esto?

De la espera a la exigencia del cambio

Para aumentar el desconcierto, ha estallado la crisis de la corrupción en el PP, a la que se suman otros episodios provenientes del baqueteado PSOE. Todos hacen oídos sordos y no asumen sus responsabilidades: la dimisión o la renuncia no se llevan en ésta democracia sui generis en la que se mantiene el armazón franquista de la unidad de poder y separación de funciones. Los escándalos van formando un culebrón interminable, que sepulta cualquier intento de poner un poco de razón y de crédito en la gobernación del país. Los que dentro del Estado y del servicio público se afanan con lo mejor de sí mismos para servir a la nación, ven esterilizados sus esfuerzos por el descrédito de sus dirigentes. Creo que nunca fue más certero afirmar que están pagando justos por pecadores. La verdad es que no quedan palabras y la capacidad de asombro se agota; pero España tiene derecho a sacudirse los lastres que la van hundiendo, acabando con esos tigres de papel de un papirotazo. De la actitud de espera es necesario pasar a la de exigencia firme y democrática para evitar el descontrol y la anarquía, que serían los aliados más firmes de los opositores al cambio.

La imagen de un país temeroso y vencido por la adversidad y el mal gobierno hay que cambiarla con urgencia. Cuanto más se tarde en hacerlo, mayores serán los abusos y los estragos para todos. Ante el inmovilismo del régimen, y aunque sólo sea por instinto de conservación, los componentes de la inteligencia nacional y todos aquellos, dirigentes o no, que en instituciones o empresas comprendan la necesidad de los cambios deberían convertirse, como en épocas pasadas, en la referencia de los mismos para millones de españoles que aguardan ser convocados a la tarea de la reconstrucción del Estado y de la economía nacional con un gobierno honrado que conduzca el proceso constituyente.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba