Res Pública

España en el casino de las apuestas

Se dice que España ha entrado de nuevo en recesión; yo creo que no habíamos salido de ella desde que empezó el desaguisado en 2007. Pero no se trata de discutir por unas décimas arriba o abajo, que importan poco ante las realidades que nos preocupan y alarman: nuestra deuda pública y privada tiene un volumen y un coste que la convierten en impagable, aunque el país tuviera una actividad económica significativa, lo que no es el caso, porque España está absolutamente paralizada y sin pulso. Solo se mantienen algunas inercias cada vez más débiles. Frente a eso los gobernantes, con la complacencia de la mayoría de los medios de información, actúan como meros administradores concursales sin ningún proyecto de viabilidad de la empresa nacional, conformándose con ir tapando agujeros a salto de mata y esperando que surja el milagro que devuelva todo a su ser. Ellos mismos lo acaban de confirmar con el cuadro macroeconómico que presentan para los próximos años, absolutamente plano. Pero mientras tanto, sí aprovechan el tiempo para repartir el poder, cargos públicos y consejos de administración de grandes empresas, entre sus fieles y deudos. Un suma y sigue de un país “administrado” por las oligarquías de turno, donde se confunde lo público y lo privado, bordeando la colusión. Por eso, quienes nos observan, sean acreedores o no, cruzan apuestas sobre la magnitud del terremoto en ciernes.

Medidas a trompicones y dogmas

Los responsables del desaguisado, tanto públicos como privados, dan gritos de alarma y amenazan a los españoles con todos los males del infierno si no acceden a secundar de buen grado el estado de excepción político y económico iniciado en 2010, que no tiene visos de finalizar. Todo se presenta a trompicones y no hay forma alguna de reconocer un proyecto coherente, que no sea el alicorto de subir impuestos y de frenar la actividad económica del país. Esas son al menos las evidencias que resultan de la panoplia de medidas que van llenando las páginas del BOE, a las que se denomina pomposamente reformas estructurales, que nadie explica cómo finalizarán y qué modelo de país alumbrarán. Su única y pobre justificación es que es lo que mandan esos señores tan importantes de Bruselas. El otro día, por cierto, tuve ocasión de ver en TV a uno de ellos, el Comisario señor Almunia, y quedé espantado por su arrogancia y por su desconocimiento de nuestra realidad. Para salir corriendo y no parar. Espero que no lo viera mucha gente. No me extraña que, con semejante colección de listos, estén germinando en Europa variopintos aires de Fronda, para desespero de los sumos sacerdotes de la nueva religión financiera. Vistos su dogmatismo e insensibilidad, me temo que venderán cara su piel y que ordenarán a los gobiernos títeres que recurran sin vacilar al palo y tentetieso.

Desde otras latitudes se observa la opereta o zarzuela grande europea en la que España desempeña un papel estelar, y no precisamente por sus virtudes. A los problemas comunes, se añaden en nuestro caso otros de índole política doméstica, que vienen definidos por la fragmentación del poder público y por la ausencia de un proyecto nacional, que comprenda la política y la economía. En mi opinión, su falta deviene en una suerte de gobernación espasmódica que inquieta y que asusta, no solo a nosotros que la sufrimos, sino también a quienes atienden nuestras necesidades financieras. Poco a poco van huyendo del solar español, desprendiéndose de los activos y de los negocios en el mismo, con el daño consiguiente para todos. No hay confianza, porque, con independencia de la mayor o menor preparación académica que tengan los componentes del Consejo de Ministros, no existe un plan mínimamente creíble para hacer marchar al país. Si tal existiera, se podrían renegociar muchas cosas, incluidas las deudas, porque nadie pretende el crac de España.

La parálisis del miedo

Las apuestas y las opiniones que se cruzan sobre los males y peligros de la situación española son cada vez más frecuentes. No habría que dar pábulo a las mismas y para ello convendría empezar por el reconocimiento expreso de que, sin ayuda y flexibilidad, resulta poco menos que imposible arrancar el motor de la nación. Y esa ayuda y flexibilidad se podrían exigir si nuestros interlocutores comprueban que existe un proyecto serio y democrático para mejorar el gobierno del país y dar vigor al decrépito entramado institucional. Son las premisas indispensables para hacer creíbles los propósitos de regeneración económica, sabiendo como sabemos que con las medidas de ajuste invertebradas e inconexas se sigue echando leña al fuego del miedo y del retraimiento.

Precisamente el miedo acentúa el conservadurismo social y el temor a los cambios; y son quienes dirigen los que deben capitanear éstos, teniendo presente que, como decía el pensador Francis Bacon, “los grandes cambios son más fáciles de hacer que los pequeños”. Algo parecido al cambio de marcha en los automóviles cuando lo pide el motor. Y los tienen que promover los gobernantes, eso sí, explicando su necesidad y los resultados esperables de ellos. Porque, de lo contrario, si continúan aumentando la desconfianza y el miedo social, elevando a mil atmósferas la presión del malestar, los vientos de Fronda europeos llegarán a España y pagaremos justos por pecadores. Esas son las apuestas tristes sobre nuestro porvenir, si no cambiamos el rumbo.


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