Res Pública

España sin Cataluña

Me parece que no tiene demasiado sentido dar vueltas y revueltas sobre las cifras de votantes y de ausentes del 9N en Cataluña donde, para desgracia de los que deseamos la unidad de España y defendemos la libertad y la igualdad, ha ocurrido lo inevitable: los independentistas han demostrado ser una fuerza numerosa y compacta, aunque minoritaria, que se ha acrecido ante la incomparecencia del Estado y la inhibición de la gran mayoría de la población. Desde mi punto de vista, esas son las circunstancias relevantes y cualquier análisis debe partir de ellas para saber a qué atenernos y, sobre todo, tratar de eliminar la gran incertidumbre creada sobre el porvenir de nuestro país. Los lamentos por lo sucedido son comprensibles y la exigencia de responsabilidades a los causantes tanto en Barcelona como en Madrid son legítimas, pero por encima de todo eso hay que ponerse a trabajar sobre la resolución del problema, sin orillar la hipótesis de cómo podría ser España sin Cataluña.

 Los independentistas han demostrado ser una fuerza numerosa y compacta, aunque minoritaria

No acomodarse en observar la descomposición

Se ha repetido hasta la saciedad que el turbión catalán se ha fraguado durante décadas, aunque es verdad que se aceleró ostensiblemente a partir de septiembre de 2012 con la manifestación de la Diada. Por primera vez, el nacionalismo catalán pareció encontrar la masa social crítica favorable a sus propósitos, que nunca tuvo en su larga historia. Ni siquiera durante la Segunda República en la que ostentaron el gobierno de la Generalidad, porque en aquella época los nacionalistas flotaban en una sociedad en la que el anarquismo era mayoritario y no participaba en los procesos electorales. Nada que ver con lo de ahora: los nacionalistas, que no se olvide han sido una columna importante del régimen del 78, han dispuesto de tiempo y de dinero, amén de poder, para modelar un país adecuado a sus propósitos que no eran otros que llegar a la independencia o a un estatus parecido a ella. Esto último era el leit motiv del nacionalismo burgués de CiU hasta que se malogró su intento de pacto fiscal en el otoño de 2012.

Desde entonces cruzaron el Rubicón hacia la independencia, si bien sin abandonar la idea de la confederación. Nadie habrá oído a CiU y al propio Artur Mas apelar a la República Catalana, a diferencia de lo que proclaman sus socios de Esquerra Republicana, porque confían en el expediente confederal, bajo el paraguas de la Corona, muy útil para ellos, pero claramente lesivo para el resto de España. Es el permanente estar y no estar para sacar el mayor provecho de la confusión. De ahí el interés por aclarar cuanto antes, me refiero al resto de España, cómo tratar el problema que, dicho sea de paso, es peliagudo y que desde luego no hemos creado los ciudadanos y contribuyentes. Lo han creado las elites gobernantes, como casi siempre, que ahora andan a palos entre sí, sin ponerse de acuerdo acerca de la manera de enfrentar la situación. Sólo basta oír las declaraciones del Gobierno, contrastándolas con sus acciones, y lo que dicen los del otro partido, el PSOE.

Nadie habrá oído a CiU y al propio Artur Mas apelar a la República Catalana, a diferencia de lo que proclaman sus socios de Esquerra Republicana

Lo que no se puede negar es que entre todos van engordando el pastel de la descomposición sin asumir que en lo que de verdad estamos es ante el desencajamiento de todo el sistema político y económico que ha dominado España durante más de treinta años. Y me importa subrayar esto no para afirmar que no hay solución, sino para estimular el debate sobre las diferentes hipótesis de futuro, una de las cuales es que Cataluña termine consiguiendo la independencia o algo que se le parezca. Es verdad que falta información suficiente sobre lo que ocurre allí, pero la evolución de los acontecimientos indica que las poderosas minorías independentistas que dominan el poder en aquella Comunidad Autónoma están decididas a seguir adelante, como han demostrado el día 9, contando con la inhibición de gran parte de la población y la endeblez de la respuesta y de los instrumentos del Poder central allí.

Los independentistas tienen guion, los demás no

Los independentistas tienen su guion y su objetivo y parece el momento de que los españoles nos preguntemos cuál es el nuestro, después de constatar que, sin comerlo ni beberlo, se nos ha creado un problema que afecta nada menos que a la integridad territorial del Estado. Por lo que vamos viendo, el sistema político español se encuentra atrapado entre las contradicciones y disputas de sus integrantes, a las que se suma la rigidez para reformar el bloque constitucional, fundamentalmente Constitución y Estatutos de Autonomía. Ni siquiera está regulada la suspensión de la autonomía, tampoco lo estaba en la Constitución de 1931 y el Gobierno de Lerroux tuvo que utilizar el estado de guerra, en octubre de 1934, para hacerlo. Hoy sería el estado de sitio, cosa que parece descartada de plano. Quedaría, según algunos, el famoso artículo 155 de la Constitución, pero su contenido no habilita para suspender el régimen autonómico, sólo permitiría incrustar parches o poner remiendos en las instituciones catalanas, convirtiéndolas en un avispero incontrolable. Me sospecho que esa es una de las razones por las que el Gobierno no lo ha utilizado, ni lo piensa utilizar a tenor de lo declarado por su presidente en rueda de prensa. En realidad, es la confesión de que se carece de instrumentos que no sean los coactivos para tomar el control de la Generalidad.

Después de lo visto el domingo, cuesta creer que existan planes para afrontar lo que viene, teniendo en cuenta que para muchos españoles, incluidos los catalanes no independentistas, las prioridades y preocupaciones son otras, el paro y la desigualdad, y que empiezan a ver el asunto catalán como una disputa por las alturas, porque probablemente no se han parado pensar o nadie se lo ha explicado que la amputación de una parte del Estado tiene consecuencias para todos. Y eso debería ser razón suficiente para trabajar y prever un escenario en que tales consecuencias sean lo menos dolorosas posibles, más allá de la tristeza por el hecho en sí. La verdad es que la confusión y el temor van in crescendo y ambos sentimientos son malos consejeros para arbitrar salidas pacíficas y democráticas, por lo que, cuanto antes, conviene diluirlos, reconociendo el problema y poniendo sobre la mesa las diferentes hipótesis de resolución.

En todo caso, pase lo que pase, en España es urgente abordar la reestructuración del modelo territorial tanto si Cataluña se va como si se queda. A efectos informativos, según la última encuesta del CIS, hay cerca de un 30% de encuestados que están por la abrogación o severa limitación del Estado Autonómico. Por eso, hay base suficiente para trabajar sobre cambios sustanciales en esa materia. Lógicamente eso tendrá que dilucidarse en el contexto de un proceso constituyente, del que no se quiere hablar pero del que se hablará pronto, uno de cuyos objetivos principales, en mi opinión, debería ser reforzar el Estado, el que quede, y no profundizar en las debilidades que lo han centrifugado durante años. Sería la manera de responder a los deseos de tantos millones de españoles preocupados con razón del porvenir de ellos, de sus familias y de sus empresas. En eso coinciden con los millones de catalanes que viven amargamente las consecuencias de una crisis mal gestionada, que les puede convertir en ciudadanos de otro Estado sin comerlo ni beberlo. Tampoco nos debe sorprender, porque desgraciadamente la historia europea contemporánea está llena de cosas así.


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