Res Pública

Emparedados entre el búnker y la anarquía

Decía Felipe González que le preocupaba la crisis institucional de España y que había tenido la tentación de marcharse de nuestro país, y añadía que la falta de iniciativas para contener la quiebra podría sumirnos en la anarquía. En paralelo, Jordi Pujol declaraba que ninguna institución funcionaba, premisa para justificar, en parte, la huida de Cataluña. Ambos son dos iconos del régimen, el primero exjefe de Gobierno y el segundo, expresidente de la Generalidad, con largos mandatos a sus espaldas. No explican el porqué de ésta situación, sólo se lamentan y, como mucho en el caso de González, se propone resucitar la Transición. Mientras, sus epígonos a éste y al otro lado del Ebro se recluyen en los búnkeres del poder, utilizando las coartadas de las políticas impuestas o el oasis de la independencia nacional.

El coro mediático, bastante sumiso en general, sobreactúa con cualquier excusa para que el personal se distraiga o no se plantee el cambio real. Como la degradación continúa, y el descreimiento también, las calles y los juzgados se van llenando de protestas sectoriales y de propuestas disparatadas, que transmiten una imagen de indefensión y de anarquía, que inquieta a la gran mayoría del país. Mayoría que se siente emparedada entre la incompetencia del poder y el aventurerismo callejero. Se nota la falta de organizaciones políticas y de medios de comunicación capaces de plantear y debatir sobre las salidas democráticas del agujero español.

El señor González ha sido el jefe de Gobierno con mandatos más prolongados y con el mayor apoyo popular e institucional conocido. Su llegada al poder en octubre de 1982 fue la segunda llamarada de esperanza de España en el siglo XX, después de la primera en 1931. En mi opinión, tuvo todo a su favor para civilizar España, y no lo hizo. También contó con el liderazgo abrumador e indiscutido en el PSOE, al que acabó sumiendo en la indigencia política y doctrinal. Su sucesor, Rodríguez Zapatero, se limitó a apuntillar al toro. No creo que haya que extenderse en reiterar las evidencias. Por eso, no debe extrañarnos que sus propuestas estén teñidas de nostalgia y de conservadurismo en un momento en que se requiere despejar el camino de los obstáculos de las instituciones y políticas caducas. Algo parecido se puede decir de Pujol, figura destacada del nacionalismo catalán, convertido en dueño y señor de la Cataluña de la Transición, región que está recogiendo los frutos amargos del mal gobierno. Ahora se plantean abandonar un Estado decrépito, sin reconocer la más mínima responsabilidad en ello.

De lo que están haciendo sus sucesores en Madrid y Barcelona, todos somos testigos y sufridores: el Gobierno nacional en manos del PP, el otro puntal del régimen, se siente cada día más atrapado dentro del corsé institucional que, a su parecer, es inmutable y, en Barcelona, donde creen lo contrario, preparan el camino para romperlo. En cambio, ninguno de los dos pone en duda las políticas de los acreedores, que no socios, europeos que están devastando el tejido económico y alimentando el conflicto social. Dentro de sus fortines diseñan torpemente la ejecución de esas políticas y, para contener a los más levantiscos, refuerzan sus policías, nacionales o mozos. Las clases medias, pacíficas pagadoras de impuestos y poco dadas a la revuelta, son ignoradas como actores en este drama español. Una obra sin dirección, cuya representación diaria abunda en disparates. No sabemos, sólo lo tememos, cómo acabará. La pregunta es si debemos asumir que la política nacional es únicamente la que se desenvuelve en el escenario descrito o podemos esperar iniciativas racionales y democráticas para escapar de éste infierno de Dante.

Yo no comparto la tesis de quienes sostienen que en la política española no se puede encontrar un solo justo, como pasó en Sodoma y Gomorra. Creo que entre la infantería de los partidos políticos debe haber gentes bienintencionadas que esperen otros dirigentes y otras políticas; lo que pasa es que tendrán que sustituir el sistema de sometimiento y de obediencia debida a los jefes por el de la crítica y el cambio. Aunque algunos piensen que con ello se juegan sus garbanzos, probablemente deberían contar con que la manera de jugárselos de verdad es seguir apoyando a los que dirigen el búnker. Eso, en cuanto a los partidos existentes, sin excluir lo más necesario y urgente: que puedan surgir organizaciones y partidos nuevos de ciudadanos emparedados que no estén dispuestos a entregarse pacíficamente, como hicieron los judíos de la Alemania nazi, a esta suerte de solución final.

No nos cansaremos de repetir que socialmente, como indican las encuestas, existe una realidad destacable: hay mayoría abrumadora que está disconforme y harta y que, al mismo tiempo, se mantiene alejada de los planteamientos violentos. Ahí es donde están los veneros para el cambio democrático y tranquilo, que no quiere decir falto de energía y de arrojo. Lo que parece increíble es que, salvo pequeñas excepciones, los medios de comunicación transmitan una imagen distorsionada, como si España fuera un cuadrilátero en el que pelean los del poder, con sus miserias e incompetencias, con los sectores más anarquizantes de la sociedad. Sin negar las razones, muchas y variadas, que puedan amparar a éstos últimos, parece claro que no son la solución, ni siquiera parcial, al problema. Probablemente, a su pesar, se han convertido en la coartada del búnker para resistir y proclamar cínicamente que nos están defendiendo de no se sabe cuantos males. Urge salir al paso de tanta falsificación.


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