Res Pública

¿Elecciones en octubre?

Decía en mi comentario anterior que igual les daba por convocar elecciones en octubre para desactivar momentáneamente la cuestión catalana y salvar los muebles amenazados de pérdida total. No sabía que en los círculos del poder se estaba barajando tal hipótesis, según se ha publicado, y ello me mueve a insistir en lo que parece la conclusión casi inexorable de la crisis de representación abierta por el resultado de las elecciones europeas y la abdicación de Don Juan Carlos I, directamente ligada con aquella. Desde entonces la política oficial ha entrado en estado de ansiedad, acompañado de diarrea legislativa por vía de urgencia, que pretende dar la impresión de actividad frente al verdadero estado catatónico en que se encuentra. Mientras, los problemas que han conducido a ésta situación siguen su curso, sin mejoras apreciables que pudieran indicar el ansiado cambio de tendencia del que habla la propaganda. En el caso de que se produjeran tales elecciones, cifro la esperanza en que sus resultados abran la puerta a la restauración democrática de España, con un Gobierno plural de unidad nacional, para evitar el peligro de un coletazo autoritario con la excusa de la ingobernabilidad.

El Gobierno solo ante la cuestión catalana

Las Cortes actuales ya no responden al sentir y al voto expresado por los españoles en la consulta nacional de mayo. Es verdad que ningún grupo parlamentario ha pedido su disolución lo que ha facilitado la posición del Gobierno y de su mayoría, pero la abdicación real, que ha puesto fin al reinado y al régimen de poder personal, ha contribuido a incrementar la sensación de interinidad, aparte de introducir, de forma abrupta, una dosis nada desdeñable de dudas sobre la manera de proveer la jefatura del Estado. Pero, con ser importante, no es esa la cuestión principal que obligue a anticipar las elecciones generales. Desde mi punto de vista, la causa última es la soledad del Gobierno para afrontar la cuestión catalana, ahora más patente que nunca con el recambio producido en el PSOE y su apuesta por la ensoñación federal, unida a una evolución poco positiva de la economía nacional, deuda creciente y paro enquistado, en contra de lo que sostienen los voceros oficiales. España vive con la respiración asistida del BCE y la tregua de los mercados financieros, temerosos ambos de las consecuencias de reproducir aquí un escenario a la griega con una economía cuatro veces mayor que la del pobre país heleno.

Los meses de verano en los que la industria turística está a pleno rendimiento pueden ser un prólogo apropiado para abrir el escenario electoral antes de que la caída de la hoja depare otras caídas más profundas en lo político y en lo social. Estas ya son evidentes, por lo que el Gobierno y su partido se verán obligados a optar entre lo malo y lo peor. Lo malo es ir a elecciones en octubre, lo peor es seguir agotando el calendario con la empresa en ruinas. Por eso creo que el Gobierno va a utilizar la excusa fundada de la cuestión catalana, que ellos mismos han dejado pudrir, para pedirle a los españoles su opinión, dando validez a la repetida proclama de que ese asunto incumbe a la soberanía nacional. La pregunta es si se va a presentar algún proyecto de arreglo o, simplemente, se va a pedir el apoyo de los votantes para meter en cintura a los independentistas de Cataluña y, si se tercia, también a los del País Vasco. ¡Menudo dilema!

Las nuevas Cortes y un Gobierno plural de unidad nacional

Como estamos en el terreno de las hipótesis, aunque no de la ensoñación, se podría elucubrar sobre los resultados electorales de octubre, partiendo de lo ocurrido en mayo y de los datos de las diferentes encuestas sociológicas aparecidas después, siendo la más relevante de ellas la última del CIS. Con esas premisas, se puede prever un volumen de votos emitidos de alrededor de 24 millones, frisando el 70% del censo electoral, de los que el PP obtendría unos 6,5 millones y el PSOE, si logra suavizar su caída, llegaría a los 4,2 millones. Por su parte, UPyD, incluida en el bloque de los partidos dinásticos después de su voto favorable a la ley de abdicación, podría mejorar sus resultados, a costa fundamentalmente de votantes del PP que desertan de las filas de éste, obteniendo casi 2 millones de votos. En cuanto a Podemos, con su discurso nacional sobre los problemas de la gente, que le ha convertido en un movimiento transversal aglutinador del descontento de amplios segmentos de la sociedad, no sería raro que se acercara a los 5 millones de votos. IU, con la fidelidad del voto comunista, quedará por debajo de los 2 millones de apoyos. Los votos restantes se repartirían entre las opciones nacionalistas y regionalistas, además de otros grupos de ámbito nacional tanto de derechas como de izquierdas. Siguiendo con la hipótesis, sí es fácil aventurar que en Cataluña y País Vasco los partidos dinásticos tendrán muy malos resultados.

Ante esas perspectivas más de uno pensará que mejor no menearlo, pero sucede que, en unos meses más, las expectativas del poder serán peores, porque no se vislumbran en lontananza milagros que hagan cambiar las profundas corrientes de descontento que circulan por la sociedad española. A mi juicio, sobre el próximo Parlamento, el de octubre o el de meses después, recaerá la responsabilidad de alumbrar un Gobierno plural de unidad nacional, con características muy parecidas a las de un Gobierno provisional, que asuma sin titubeos la situación de emergencia nacional, poniendo en marcha el plan de viabilidad político y económico que necesita España, recuperando la idea del Estado unitario frente a la ensoñación federal que pretende continuar con el clientelismo y la desigualdad que tanto daño han causado al país.

Realmente la tarea principal sería rescatar al Estado, ahora enfeudado por eso que se llama la casta, para que ejerza su papel civilizador y democrático, que ha sido ignorado  por quienes han tenido responsabilidades de Gobierno durante tres décadas. En ese plan de emergencia deberá afrontarse el problema de la deuda, cuya resolución habrá de negociarse con los socios de la Unión Monetaria. Y por último y no menos importante, el proyecto de ese Gobierno deberá ser lo suficientemente atractivo para devolver la ilusión y la confianza a la nación, incluyendo a quienes en Cataluña parecen decididos a emprender otro camino. Si esos objetivos no se consiguen, no es difícil prever el descarrilamiento de cualquier salida democrática a la crisis española. Por eso es tan importante que quienes pidan el voto para estar en las nuevas Cortes sepan que asumen la inmensa responsabilidad de evitar el naufragio de la esperanza democrática, que es más valiosa que mantener embalsamado el cadáver del régimen del 78. Caveant consules…


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