Res Pública

Ecos de la Diada

Cuando escribo llegan noticias sobre la Diada de Cataluña que, una vez más, está siendo un clamor pacífico de miles de personas a favor de un proyecto político que pone en discusión la configuración y el porvenir del Estado en España. La cuestión tiene gran trascendencia y, como vengo sosteniendo, es uno de los asuntos capitales que corresponderá encarar en los meses venideros. Pero hoy me quiero referir al carácter pacífico y democrático de los manifestantes catalanes para subrayar su importancia en un país como el nuestro, que tiene carencias democráticas y abundancia de tosquedad y autoritarismo, productos de una historia bastante atormentada. En esta España, muchos de cuyos dirigentes suelen minusvalorar los valores del pacifismo y del ejercicio de las libertades civiles hasta que estos se transforman en reclamaciones violentas, vale la pena insistir en la forma en que se está ejerciendo la libertad en Cataluña, para extraer de ello enseñanzas positivas y útiles a fin de ordenar y encauzar lo que, sin duda, es el tema político y constitucional dominante. Esa es la principal responsabilidad de quienes gobiernan en Madrid y en Barcelona.

Los españoles aprecian la paz y la no violencia

La historia constitucional española está sobrada de altibajos y de violencias: todo el siglo XIX y gran parte del XX lo atestiguan, pero el particular holocausto de la última guerra civil y las décadas de oscuridad que la siguieron, estimularon en el sentimiento colectivo un aprecio mayor por la paz y la no violencia hasta tal punto que España se puede considerar hoy un ejemplo de país comprensivo y pacífico, incluso con gobernantes que en otros lugares con mayor tradición democrática no serían tolerados en el poder. En cambio, todavía abundan dirigentes que, quizá debido a las inercias del pasado o a la escasa democracia imperante en los partidos políticos, suelen ser poco permeables a los fenómenos sociales y tienden a considerar como intangibles demasiadas cosas que, normalmente, tienen que ver con su disfrute del poder. La conservación del status quo a toda costa. Sin embargo, la democracia es todo lo contrario a rigidez política o constitucional: su ejercicio y la constelación de libertades que la componen sirven para que los ciudadanos se expresen y demanden en cada momento aquello que consideren de su interés. Y en Cataluña, como en Madrid o en otros lugares de España, las multitudes están pidiendo cambios, ya políticos ya económicos, para superar un estado de cosas verdaderamente insufrible.

Desde ese poder público, tan poco sensible, no se responde o se responde en unos casos con los textos constitucionales y en otros con los compromisos que se dicen contraídos con Bruselas. La mayoría de las veces son excusas para justificar la inacción y no tomarse el trabajo y la molestia de poner la inteligencia y el esfuerzo al servicio de las demandas ciudadanas, porque, dicho sea de paso, los españoles y los catalanes en su conjunto están dando pruebas de civismo y de paciencia infinitos ante el desgobierno y los muchos desmanes que pueblan la geografía patria. Por eso, suscita aprensión y honda preocupación, viniendo de donde venimos, constatar el desdén o el silencio en relación con lo que está sucediendo en Cataluña. Se dice estos días que Madrid y Barcelona han empezado a reflexionar en común y ojalá sea cierto para no dar razones a quienes sostienen que éste es un país en el que solo los violentos se hacen oír, como sucedió históricamente y como ha sucedido durante la Transición en el País Vasco, un ejemplo éste último de excepción que confirma la regla del comportamiento democrático de las últimas generaciones de españoles.

Buscar el entendimiento y la flexibilidad constitucional

Las constituciones rígidas o blindadas, como es la española de 1978, se prestan a ser utilizadas como valladar ante los cambios políticos y sociales que resultan inevitables con el paso de los años. Por eso, los que venimos abogando por abrir un período constituyente para intentar la resolución de los muchos males que limitan o impiden el buen gobierno, lo hacemos para buscar un sistema constitucional flexible y eficaz, que permita atender las demandas que, cíclicamente, surgen del seno de las sociedades libres y democráticas. Sabemos que una constitución no es una ley ordinaria que puede cambiarse con facilidad, pero también sabemos que una constitución cuyo desenvolvimiento ha producido graves yerros y creado prácticas reñidas con lo que se espera de un Estado democrático, necesita ser cambiada como punto de partida del camino para la reconstrucción del país. Anhelos de reconstrucción que se manifiestan por las diferentes esquinas de España, el de Cataluña es desde luego el más llamativo, pero no el único, y corresponde a los políticos dar respuesta constructiva y esperanzada, porque ya no somos el país del garrote y del trabuco que algunos pocos creen que somos. No creo que se desee reeditar aquí algo parecido a la Defenestración de Praga.

A todos nos interesa que la pulsión de la Diada de Cataluña agite las conciencias de los grupos dirigentes y les anime a buscar el entendimiento no sólo con los ciudadanos de más allá del Ebro, sino con todos los demás que vienen manifestando su disgusto con un sistema pétreo que les está amenazando el presente y robando el futuro de ellos y de sus hijos.


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