Res Pública

La Diada, piedra de toque electoral

El ciclo electoral, iniciado estrepitosamente con los resultados del pasado 25 de mayo, se completará con las elecciones locales y generales previstas para el año próximo. En realidad, todos los pensamientos y especulaciones se refieren a ellas, porque existe conciencia de su carácter decisivo, vista la situación de España. Los augurios para lo existente no parecen buenos, porque en la política y la economía españolas se ha llegado a un punto de no retorno, que demanda cambios verdaderos y no operaciones de mero calafateado. Y eso es lo que turba a los instalados y estimula la ambición de los que pretenden alejarlos del poder público. Si a ello añadimos el envenenamiento progresivo de la cuestión catalana, hay motivos para creer que el Gobierno puede plantear un adelanto de las elecciones generales para intentar conjurar los problemas de la secesión y contener su propia degradación electoral. Por tanto, es posible que la Diada del próximo día 11 se convierta en piedra de toque para adoptar la decisión correspondiente. A tal fin, se supone que se analizará el desarrollo de los acontecimientos catalanistas, así como el grado de participación ciudadana en los mismos para valorar el efecto del asunto Pujol y el derrumbamiento de CiU, que han sido los dos grandes puntales de la Transición en Cataluña.

Cataluña importa, y mucho

El asunto catalán tiene su importancia y, se reconozca o no, afecta a la estabilidad del Ejecutivo nacional y del conjunto de la economía y la política de nuestro país. Cataluña representa alrededor del 20% del PIB de España y lo que allí suceda no es tema baladí; así que, más allá de los sentimientos y de las lamentaciones, hay que analizar en serio la situación creada en aquella región, haciendo autocrítica tanto en Madrid como en Barcelona, para ver la manera de restaurar el entendimiento, que ahora parece inexistente, y tratar de convencer a cuantos más catalanes mejor de que España tiene un proyecto atractivo para salir del lío en el que nos han metido los mandamases de la Transición. Casi nada, pero no se me ocurre qué otra cosa se puede hacer, aun dando por sentado de que, si llega el caso, el Gobierno tendrá que asumir la responsabilidad del poder público en Cataluña, después de destituir a sus colegas díscolos de la Generalidad, porque el que piense que con un escrito del delegado del gobierno en Barcelona o una sentencia del Tribunal Constitucional se puede reconducir el estropicio causado, está en la luna.

Desde que empezó formalmente el proceso independentista, hace más de dos años, el debate principal se ha centrado en si era legal o no. Cada una de las partes ha ido poniendo sobre la mesa sus razones jurídicas y constitucionales. Raro ha sido el día en que no se han cruzado opiniones y decisiones de las autoridades e instituciones catalanas y del Gobierno nacional, aunque es verdad que, en el caso de éste último, la posición ha sido la de dejar hacer, diciendo de vez en cuando que garantizará el orden constitucional. Sin embargo, nuestro Ejecutivo se ha tomado pocas molestias en explicar al conjunto de los españoles, catalanes incluidos, lo que podría suponer la independencia de Cataluña. Y no me refiero a si Cataluña seguiría o no en la UE y en el Euro, sino a cómo afectaría al resto de España la eventual independencia catalana.

La verdad es que nuestra pobreza política y discursiva se nota mucho cuando se la compara con los debates que se producen en el Reino Unido, con motivo de la iniciativa independentista de Escocia. Allí el Gobierno inglés y las autoridades escocesas han puesto sobre la mesa los pros y contras de sus opciones y, entre ellas, no ha merecido tanta atención el asunto de la UE. Desde luego, al paso que va la UE, se entiende el poco interés.

Creo que a los españoles, no sé si muchos o pocos, nos interesa conocer los planes y proyectos del Gobierno, una vez garantizada la legalidad, incluso “manu militari”. También interesa a los importantes acreedores de España, porque Cataluña es un componente destacado de sus garantías de cobro y, por último, a la propia UE que, de momento, parece confiada en las presuntas seguridades ofrecidas por el gobierno de Madrid. Como se ve, hay muchos espectadores interesados en la obra que se está representando y me imagino que cada uno de ellos estará ansioso por conocer el final, empezando por nuestro Consejo de Ministros.

Ya han transcurrido varios actos de esa obra y la ansiedad va in crescendo, no tanto entre la población, bastante desentendida de los líos entre los políticos y preocupada del paro y de la desigualdad crecientes, como en los círculos que componen el establisment y la inteligencia del país. Y no es para menos, porque el desenlace y las consecuencias futuras de dicho desenlace podrían contribuir a ir superando la crisis española, que es lo deseable, o a ahondarla todavía más. Por ello, conviene insistir en que el problema no es únicamente de legalidad constitucional como de forma demasiado simplista se está transmitiendo. Si fuera solo eso, la restauración de esa legalidad lo resolvería; desgraciadamente, es mucho más, es un enorme problema social y político alimentado durante decenios, que la crisis económica, aprovechada por los líderes nacionalistas, ha situado en el primer plano del debate político.

Las carencias y las dudas se resuelven consultando a la nación

Bastante de lo que viene sucediendo en España, corrupción, mal gobierno y amenazas a la unidad territorial, repugna a la decencia democrática y a la exigencia de solidaridad social. Como sabemos, Cataluña es una muestra emblemática de ese cóctel español y se ha convertido en un escollo importante para lograr el objetivo de sanear la economía y la democracia españolas. Supongo que el jefe del Gobierno será plenamente consciente del problema y sabrá también con que instrumentos y apoyos cuenta para superar con bien el trance. En Cataluña pocos, su partido es marginal y bajando, y en el resto de España, sólo hay que echar una mirada al Parlamento para constatar la falta de fuelle en favor de un proyecto nacional y cómo, encuesta tras encuesta, los partidos dominantes van perdiendo apoyo a chorros.

Cuando se pierden el crédito y la confianza no es fácil recuperarlos, se requiere acción y tiempo. De lo primero, las políticas gubernamentales, el conjunto del país está sufriendo las consecuencias que no voy a repetir, y de lo segundo, queda poco. Lo del control de los tiempos es una leyenda urbana, porque la verdad es que el tiempo les devora. Ni las enésimas declaraciones sobre transparencia y regeneración ni las presuntas mejoras de algunas variables económicas ni la elección de alcaldes y cosas por el estilo tienen enjundia para provocar un giro apreciable de la opinión pública. Y llegados a este punto la receta democrática es consultar a la nación, pero, como estamos en España donde hace mucho que no se practica la máxima de “gobernar es prever”, la pregunta es ¿consultar para qué? La respuesta es la de no sabe/no contesta.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba