Res Pública

Deportaciones en la Unión Europea

Llegan noticias de que el nuevo gobierno alemán, el de la gran coalición, va a poner en práctica medidas para expulsar del país a aquellos ciudadanos de la UE que resulten gravosos para las arcas públicas alemanas. Algo que ya venía haciendo Bélgica, y no sé si algún otro país del núcleo duro, de acuerdo con la legalidad europea. Precisamente esto es lo que llama la atención; que la medida esté recogida en los Tratados, aunque su contenido y ejecución repugnen al cacareado principio de la libertad de movimiento y de establecimiento de los ciudadanos europeos dentro del área comunitaria. Por supuesto, es una consecuencia más de las dificultades económicas y del crecimiento del paro, circunstancias que obligan a cada Estado a velar por el interés nacional, pero la llamada preferencia nacional creíamos que estaba vedada en el pensamiento europeísta, porque las dificultades de cualquier orden deberían afrontarse en términos solidarios y no dando rienda suelta a los intereses nacionales de los socios en menoscabo del proyecto de la Unión. De esta forma, todo queda reducido a un área de libre comercio y de libertad financiera. Por ello, sería interesante conocer la opinión de los que se presentan a las elecciones europeas, y especialmente del flamante candidato de los socialistas europeos, señor Martin Schulz, cuyos correligionarios alemanes son coautores de la nueva política de Berlín.

La disolución de la Europa de los ciudadanos

No es ningún secreto que hace bastantes años, en realidad décadas, que la Unión Europea ha ido tomando una deriva claramente contradictoria con sus principios fundacionales contenidos en el viejo Tratado de Roma, de 25 de marzo de 1957, que alumbró el Mercado Común. La controversia de entonces entre la llamada Europa de los mercaderes o la Europa de los ciudadanos se ha ido decantando en favor de la primera, a pesar de las múltiples proclamas oficiales en contra. Las evidencias de ello son abundantes y se han convertido en abrumadores a partir del estallido financiero de 2007 y de la explosión de la burbuja crediticia, acompañada de la crisis de la deuda y de las amenazas sobre la permanencia del euro. Todos los europeos estamos sufriendo las consecuencias de ello en forma de políticas restrictivas desde el punto de vista social y agudamente gravosas desde la perspectiva fiscal. Ni las instituciones europeas ni los gobiernos que forman parte de las mismas se han planteado alternativas a lo que, a todas luces, se ha convertido en una crisis política y social, además de económica, que ha llevado al paro y a la pobreza a varias naciones europeas.

Como era previsible, el oleaje de una crisis tan larga y tan profunda va llegando a las orillas de los países ricos del continente que desconozco por qué pensaban que eran inmunes a aquella. Si las extensas áreas del Sur continental están sumidas en la ruina y sus habitantes han abandonado el consumo de bienes provenientes de los exportadores del Centro, parece lógico pensar que el núcleo duro de la UE empiece a resentirse, aunque en menor grado que otros menos dotados y afortunados. Se demuestra que las políticas practicadas, diseñadas con el egoísmo de los acreedores a los que sólo les preocupa cobrar la deuda han sido profundamente miopes e insolidarias, porque la falta de actividad económica pone en peligro el cobro de las deudas y la insolidaridad siembra la desconfianza sobre el porvenir de un proyecto que ha olvidado sus principios fundacionales. Y, albarda sobre albarda, no conformes con el desastre creado, algunos países recurren a políticas con sus conciudadanos de la UE que son legales, pero que traen amargos recuerdos: las órdenes de expulsión y el limbo jurídico-administrativo en el que se inserta a los afectados tienen el regusto de lo que se hizo con algunas minorías en la Europa de los años treinta.

El sálvese quien pueda resucita los viejos demonios

Cuando vienen mal dadas, la vis atractiva del “sálvese quien pueda” impulsa a veces a los gobernantes a tirar por la calle de en medio sin calibrar las consecuencias de sus decisiones. En los duros años de la crisis vamos comprobando que la Europa de los mercaderes es la única ley, aunque los mercados en los que aspiran a seguir haciendo negocios se van empobreciendo a marchas forzadas. No sé en qué parará todo esto, pero intranquiliza ver aparecer viejos demonios en un continente que creíamos a salvo del miedo y de la sinrazón. El que lo dude que eche una mirada a los países rescatados, condenados a la penuria para pagar deudas imposibles, cuyos Gobiernos no dicen nada de esas medidas “administrativas” que amenazan a aquellos de sus ciudadanos que se creyeron de buena fe  lo de buscar una vida mejor en el ámbito de la UE.

Nada de lo que está sucediendo es casual, es el resultado de errores de gran calibre que van desde la ampliación desmesurada de la UE hasta la sacralización de los principios del capitalismo financiero. Los errores los estamos pagando nosotros y las generaciones que nos sucedan, pero persistir en las políticas que los engendraron o agravarlos con medidas como las que justifican éste comentario forma parte del ámbito de la locura que parecía desterrada para siempre de Europa. Esperamos aclaraciones y explicaciones de los que piden el voto para poblar los suculentos escaños del Parlamento europeo.


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