Res Pública

Da igual que se publique la lista

Cuando millones de españoles han dejado de aplicar el beneficio de la duda a sus dirigentes e instituciones como defensores del interés general, la publicación de la lista no será la bomba atómica que algunos piensan; como mucho será un agujero más en el casco de un buque que hace aguas por todas partes, porque el carnaval de días pasados venía precedido de otros carnavales que han hecho posible que en la política española ya no haya lugar para la sorpresa, ni siquiera para la indignación: la acumulación de abusos y de desventuras han sido tantos que la sociedad sólo busca sacar la cabeza de éste mar de los sargazos para cargarse de oxígeno y llegar a otras orillas donde reconstruir lo que nunca debió destruirse, la confianza y la honradez. Son los objetivos que valen la pena, cuya consecución abrirá horizontes más prometedores para una nación que parece haber asumido el fraude inmenso de que ha sido objeto por parte de sus elites poco ejemplares.

Conocer la lista, los 30.000 o los 715, incrementará el morbo de algunos y la ira de otros, pero no cambiará el contenido de la sentencia que los españoles han ido elaborando a lo largo de estos años desdichados

Se prefirió especular a sembrar la riqueza

En realidad, conocer la lista, los 30.000 o los 715, incrementará el morbo de algunos y la ira de otros, pero no cambiará el contenido de la sentencia que los españoles han ido elaborando a lo largo de estos años desdichados. Nada está escrito, pero si quienes propugnan cambios saben ordenar y conducir la pesadumbre que embarga a tantos españoles honrados, se irán abriendo las puertas y ventanas para que la salud pública entre en el viciado edificio de las instituciones. Esa es la tarea, difícil e ingrata, pero no imposible. Lo demás ¿qué quieren que les diga?

Dicen reputados expertos sociales y económicos que España, desde los años 80, fue escalando peldaños en la escalera que conducía a la modernidad, gracias a la consolidación de las libertades, al aumento de los recursos públicos en educación y sanidad, a la apertura comercial y a la extensión de la riqueza. Todo eso era cierto y significaba un gran paso adelante, teniendo en cuenta de dónde veníamos, pero conviene señalar que los grupos dirigentes españoles, las llamadas elites, centraron demasiado el foco en crear un modelo económico bastante especulativo y no se preocuparon del desarrollo de los valores educativos y civiles que permitieran conformar una sociedad exigente, poblada de iniciativas individuales y colectivas. Para entendernos, fueron cambiando muchas cosas, menos las pautas de comportamiento de las elites económicas y políticas. 

En materia económica, España ha sido un país con aversión al riesgo empresarial y sus empresas y empresarios siempre lo han compartido de forma significativa con el sistema crediticio, de forma que éste ha sido el sostén principal no sólo de las pequeñas y medianas empresas, sino también de las grandes que, a su vez, procuraban desarrollar sus actividades alrededor de lo público, aprovechando el papel regulador del Estado en materia de bienes y servicios básicos. Los pequeños y medianos empresarios arriesgaban más y enriquecían el tejido productivo con sus iniciativas, a diferencia de los grandes que, salvo excepciones, se mantuvieron a la sombra de los poderes públicos. En un contexto así, los problemas del sistema crediticio se trasladarían con la velocidad del rayo a la economía real, sembrando la devastación en el cosmos de las pequeñas empresas

La política no sólo no contrarrestó los comportamientos económico-financieros que podían comprometer el futuro del país, sino que se sumó de buen grado a los mismos

Un modelo político-económico perverso

El modelo que, en su conjunto, se cimentaba en la financiación bancaria y en la obtención de márgenes importantes de beneficio llevaba en su seno un gen especulativo que ejercía un papel disuasorio de otras iniciativas más acordes con el capitalismo industrial de otros países europeos, muy poco dependiente del crédito bancario. Este hubiera sido el cambio deseable, pero la llegada del euro, acompañado de crédito barato y abundante, enfatizó un ciclo perverso que no había dejado de crecer desde mediados de los 80, cuando la industrialización fue olvidada y la agricultura se ajustó a la política agraria común. Ni que decir tiene que las burbujas ya estalladas fueron la consecuencia letal que tanto lamentamos. Sin embargo, a pesar de la experiencia, me temo que empiezan a germinar de nuevo, con los Bancos Centrales como actores ya conocidos.

La política no sólo no contrarrestó los comportamientos económico-financieros que podían comprometer el futuro del país, sino que se sumó de buen grado a los mismos hasta el punto de lograr una simbiosis que para algunos es la representación genuina del poder en España. Y ese conglomerado, que es el que disponía de capacidad y de medios para haber sembrado en España la riqueza derivada de nuestra incorporación a la Europa comunitaria y del propio esfuerzo fiscal de los españoles, prefirió el camino fácil del beneficio importante e inmediato, pensando que eso no tenía fin. Como sabemos, el final llegó, acompañado de un cataclismo económico-social que ha demostrado una vez más cómo las decisiones y actuaciones de unos pocos pueden causar daños inmensos a millones.

Y son esos millones de damnificados los que han ido averiguando cuáles son los responsables principales y aunque las listas, completas o fragmentarias, pongan nombres y apellidos a algunos, difícilmente cambiaran los sentimientos generalizados de que hay que ser intransigentes con ese viejo orden, conseguir la restauración de la justicia y cambiar el sentido de la marcha de una nación metida en el remolino de problemas creados por el mal hacer de sus clases dirigentes.


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