Res Pública

Cuidado con las preferentes políticas

Uno de los iconos infernales de la larga tormenta económica es el asunto de las preferentes bancarias, que seguirá alimentando pleitos y sinsabores para los afectados durante años. Pero no es de ellas de las que quiero hablar hoy, prefiero hacerlo de otro tipo de producto, que es el de las promesas políticas que florecen  con el inicio del ciclo electoral y que, como las preferentes, contienen una dosis elevada de riesgo para invertir el voto, que es el único recurso que queda a los españoles en esta democracia low cost, fabricada y mantenida con gran inteligencia por los dueños del poder. Dejando a salvo que exista algún justo en la Sodoma de la política española, parece que prevalecen en ella la impostura y los camelos, que serán vendidos al cuerpo electoral por los comerciales de la política para engrosar los resultados de unas cuentas que parecen amenazadas por el descontento de la población. Esas preferentes políticas, como sus homónimas bancarias, tienen como objetivo cubrir el agujero de los déficits de confianza acumulados por la vanidad de muchos comportamientos y por la corrupción del poder público. Ante eso, y dado el escaso aprecio que se tiene desde las alturas por el ejercicio pacífico de los derechos y libertades, queda el voto como único recurso de los ciudadanos menesterosos, que somos la mayoría.

Los españoles y la estafa democrática

Sabemos que España no es una tierra de ángeles y que los españoles no somos el país de hombres justos y benéficos que preconizaban los liberales de Cádiz en 1812. No tenemos ni mejores ni peores condiciones que los demás pueblos europeos, sobre todo los más cercanos, pero sí nos diferenciamos de ellos en dos cosas: que hemos llegado con retraso a las orillas de la democracia, hace poco más de treinta años, y que estamos varados en esas orillas, porque ha habido una estafa colosal. Decía Manuel Azaña que “si a quien se le da el voto no se le da la escuela, padece una estafa” y algo parecido es lo que ha ocurrido en España. La transformación económica y social del país no se ha visto acompañada por el esfuerzo educativo para convertirnos en hombres libres y exigentes, conscientes de sus derechos y obligaciones a la par que celosos con quienes ejercen el poder. Los viejos valores de la responsabilidad, del esfuerzo, del estudio y de la exigencia se han ido arrumbando, para ser sustituidos por otros más febles, amparados en el bienestar resultante de un ciclo de bonanza económica iniciado en 1986 que se rompió de forma estrepitosa en 2007. Desde entonces, todos, dirigentes y ciudadanos, vivimos en el desconcierto, aunque, como es lógico, la responsabilidad de los primeros es infinitamente mayor.

Sin embargo, los platos rotos los estamos pagando los segundos… y lo que te rondaré morena. Se ha fabricado el discurso de la culpa colectiva, el de “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, para no indagar en las responsabilidades y hacer valer fórmulas de solución que, aparte de su ineficacia demostrada, contienen grandes dosis de autoritarismo para ser impuestas sin discusión a una sociedad indefensa y manipulable por quienes disponen de los resortes para ello. Sin el menor pudor se nos somete a la ducha escocesa del ahora toca, ahora no toca, para ignorar las explicaciones sobre los actos de gobierno y los incumplimientos de compromisos electorales. Se intenta confundir a la gente con disquisiciones estadísticas que terminan mareando al más pintado, cuyo objetivo es convencer a los dolientes, que somos casi todos, de que nuestras sensaciones y vivencias no son correctas porque todo esta mejor que hace un año o dos. Vamos, que los españoles sufrimos alucinaciones que nos impiden reconocer cuanto han hecho por nosotros esos gobernantes que reciben elogios en los foros de alto copete financiero y que se enfadan si alguna pobre periodista pregunta cosas tan prosaicas como si van a subir otra vez los impuestos.

Contra la mercancía averiada, la abstención

Son comportamientos que denotan un juicio pobre sobre el pueblo y lo que les fastidia es que, de vez en cuando, hay que pedirle la única moneda que tiene, el voto. Y esa es la  tarea a la que dedican ahora sus esfuerzos para poder cruzar de nuevo el puente que conduce a otros cuatro o cinco años de despotismo, y no precisamente ilustrado. Por eso, a partir de ahora, todos los mayores de edad deben vigilar su voto con mayor celo que el que tuvieron aquellos ahorradores incautos que invirtieron en preferentes. Si se deja pasar esta oportunidad sin hacerles saber de forma clamorosa que no los queremos, las protestas o las lamentaciones futuras, que sin duda las habrá, carecerán de la fuerza necesaria para hacer descarrilar los trenes que conducen a la injusticia y la desigualdad.

Habrá que estar atentos a la pantalla y observar las mercancías que se nos pretendan vender de aquí a mayo. De momento, conocemos las primeras marcas, cuyas hazañas están a la vista de todos, seguidas de sus subproductos que parecen poco estimulantes. Puede que aparezca algo más en el mercado, que obligara a cavilar. Si no es así, la hipótesis de una abstención clamorosa podría tomar cuerpo como antesala para reclamar el cambio democrático.


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