Res Pública

Cuchillas en Melilla

La tragedia reciente de Lampedusa nos ha recordado los problemas fronterizos del sur de Europa a los que no somos ajenos los españoles, aunque parezca que los sobrellevamos mejor que en épocas pasadas, gracias a las relaciones cooperativas con Marruecos. Pero eso no excluye el haber sentido el aldabonazo de una noticia, que ha pasado prácticamente inadvertida, sobre el propósito de instalar cuchillas en parte del muro existente alrededor de Melilla. Todos los muros son mala cosa y si se les añaden la electrificación o las cuchillas, como es el caso, el asunto adquiere relevancia desde la perspectiva de los sentimientos humanitarios y de la defensa de la dignidad de las personas que, a mi juicio, son irrenunciables, a lo que se suma la preocupación perenne sobre la ingente bolsa de pobreza e injusticia de África, que pugna por abrirse camino hacia los horizontes europeos. A pesar de nuestros problemas, conviene reflexionar sobre lo de las cuchillas, porque es un fenómeno que a los españoles no nos debería dejar indiferentes. Por supuesto, tampoco a los socios de la Unión Europea.

La descolonización fallida de África

Los muros y los ahogamientos masivos de emigrantes nos recuerdan que el continente africano, especialmente el África subsahariana, sigue sumido en el caos y la desesperanza, que no lo han abandonado desde los ya lejanos años 60 del siglo pasado en que se inició su descolonización. Por eso, mientras no se reconsidere de forma radical el tratamiento de los problemas africanos, resultará imposible superar la postración de unos territorios que fueron la joya económica y la gran esperanza de las grandes potencias coloniales durante los siglos XIX y gran parte del XX.

Con la perspectiva que dan los cincuenta años transcurridos desde el comienzo de la descolonización de África, se puede afirmar que todas las fallas que se detectaban en el fenómeno descolonizador se han superado con creces: la escasa o nula educación de los pueblos, el señalamiento de fronteras sin considerar las realidades nacionales, o incluso tribales, y el trasplante sin más de las pautas políticas de las metrópolis respectivas han creado un subsistema cultural y político absolutamente incapaz de cumplir los objetivos loables que se pretendían con la emancipación. Desde su descolonización, África ha sido un espejo deforme y, a veces caricaturesco, de las controversias ideológicas imperantes en cada momento. Primero en los años sesenta vivió el fenómeno de la independencia, que debería haber sido el comienzo del despegue y desarrollo de los países que accedían a ella y no lo fue en la mayoría de los casos, pues rápidamente surgieron los conflictos internos, siendo el más recordado y emblemático el del antiguo Congo belga.

En una segunda etapa, posterior a la independencia, un gran número de países vivió, además de los conflictos tribales, los problemas de la Guerra Fría: de esos años son las matanzas en Nigeria y Biafra, la implantación de dictaduras de corte revolucionario, cuyo modelo era la de Ghana y su presidente, el panafricanista Kwame Nkrumah, y la acentuación de la política del apartheid en Sudáfrica y Rhodesia, hoy Zimbabwe. Los últimos episodios de la descolonización, avanzados los años 70, correspondieron a las colonias portuguesas de Angola y Mozambique, que han vivido después guerras civiles cruentas, aparentemente ya canceladas.

África un reto para la Unión Europea

Precisamente la conflictividad endémica, los celos entre las antiguas potencias coloniales, sobre todo Francia, ante algunos intentos de presencia en la zona de otros países como Estados Unidos de América, han provocado el abandono de África a la depredación de las compañías multinacionales en los últimos veinte años. Si a ello se une la desaparición de la Unión Soviética, que daba soporte técnico e ideológico a algunos estados del continente, el cuadro no puede ser más desolador: con una población que es más del doble de la de la Unión Europea y un territorio diez veces superior, África solo llega a un pequeño porcentaje, menos del 10%, del producto bruto de aquella, siendo la renta media de un africano ínfima en relación con la de los ciudadanos de la UE. Por su parte, la esperanza de que la República de Sudáfrica, una vez desaparecido el apartheid, se hubiera convertido en el motor económico y de desarrollo de la región subsahariana, se ha ido desvaneciendo a causa de sus problemas internos, muy similares a los producidos después de la descolonización en otros países de la zona, como es el caso de Zimbabwe, antigua Rhodesia.

En mi opinión, todo ello nos indica que el continente africano es una suma de Estados fallidos, lo que representa sin duda un problema de alcance mundial, pero para Europa, especialmente el Sur, es un desafío que no se puede enfrentar con muros o medidas que repugnan a la civilización. Si la Unión Europea llegara de verdad a conformarse como una región sólida en lo político y lo militar y dejara de ser ese monumento a la burocracia y a la inacción que la vienen caracterizando en los últimos años, podría dedicar esfuerzos a sembrar en África los gérmenes del progreso y del bienestar, para que supere sus miserias y deje de ser el vecino que, periódicamente, nos pone frente a la cara más amarga del desorden y la injusticia de la globalización.


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