Res Pública

Cánovas ayuda a Sagasta

La reciente entrevista entre el jefe del gobierno y el flamante secretario general del PSOE recuerda el Pacto de El Pardo, de noviembre de 1885, en el que, con motivo de la muerte del Rey Alfonso XII, Cánovas, por el partido conservador, y Sagasta, por el partido liberal, consagraron el turnísmo en el gobierno, para mantener y defender el régimen de la Restauración. Ahora no ha muerto ningún Rey, lo que hay es una grave crisis del régimen de la Transición a la que se ha añadido el casi colapso del PSOE, que es uno de los pilares del mismo. Una vez conjurado internamente en el PSOE el peligro de caer en manos de la nada, el otro partido dinástico, el PP, le lanza un cabo valioso para salvarlo del naufragio y, lo que es más importante para ambos, para asegurar la continuidad de un sistema político que tan buenos dividendos les ha reportado en los pasados treinta años.

Cada día es más numeroso el grupo de observadores y analistas, de dentro y de fuera del país, que coinciden en que España padece una grave crisis económico-financiera, cuya salida o resolución está lastrada por el modelo político vigente: el Estado se encuentra profundamente fragmentado y el gobierno nacional carece de capacidad real para ejecutar las políticas tanto económicas como sociales que las circunstancias críticas demandan. Lo más que puede hacer el gobierno es establecer marcos generales de actuación y negociar su ejecución con los poderes regionales. Esa es una realidad que se pone de manifiesto a la hora de plantear las llamadas reformas estructurales, ninguna de las cuales pasa por el cambio del modelo político.

La bunquerización del sistema

El orden político español, la denominada Transición, es un producto singular en el que conviven elementos formalmente democráticos con otros de carácter defensivo, para evitar que la evolución democrática pueda poner en peligro los privilegios de los fundadores del régimen. Entre esos fundadores están los dos partidos principales, el PP y el PSOE, que dan pie al comentario de hoy. No son los únicos fundadores, hay otros, los nacionalistas burgueses, los dos sindicatos principales y la Monarquía. Todos han convivido en amor y compaña, como se dice coloquialmente, y han tejido una tela de araña de intereses variopintos, consolidando organizaciones políticas y sindicales oligárquicas, nada acordes con las exigencias democráticas expresadas por la propia Constitución. La estructura del Estado, dividido en 17 mini estados, ha sido un vehículo muy eficaz para lograr el clientelismo que permitía cerrar el círculo. Nadie lo podría romper y es verdad que tampoco nadie se lo planteaba durante los años dorados. La marea alta lo cubre todo.

Pero los problemas económicos y el mal gobierno han puesto en solfa la mayoría de los principios y creencias con los que hemos convivido durante décadas. Y entre esos está el de que teníamos un régimen político que era la envidia de muchos, algo parecido a cuando se presumía, en medio de la tormenta financiera, de tener un sistema crediticio granítico. Los falsos ídolos han ido cayendo y se va haciendo verosímil que los fundamentos del sistema político están aquejados de aluminosis. La primera víctima, o por lo menos la más relevante, ha sido el PSOE. La alarma ha saltado por la deriva que podía tomar; y es por eso que, una vez aclarado que la organización ha quedado “en buenas manos”, el gobierno del PP se apresta a su auxilio para reforzar el búnker amenazado. Lógicamente habrá discrepancias, pero dentro de un orden. Ni por asomo, ninguno de los dos socios planteará la revisión del statu quo. Seguirán gobernando a golpe de Decreto-Ley, siguiendo los mandatos de Alemania. Pero no tienen garantías de conseguirlo: la persistencia de los males dará aires a otros partidos y organizaciones, que socavarán los muros. Ya ha aparecido alguno, todavía modesto y desdeñado por el establishment. Llegarán otros, porque la exclusión social ira in crescendo.

Sufrimiento y esperanza

Resulta descorazonador comprobar la ceguera de aquellos dirigentes que piensan que los cambios o reformas empiezan y terminan en las espaldas y bolsillos de las partes más débiles de la sociedad y que lo suyo, la apropiación del Estado, debe mantenerse inalterado por el bien del país. Es la condición humana, pero también la sensación de impunidad instalada tras décadas de pluralismo limitado y de escasa exigencia cívica. No vale la pena insistir en los ejemplos que nutren las páginas de los periódicos y las ondas de radios y televisiones. Será una agonía más larga y dolorosa, pero, como sabemos que no controlan la situación, aunque se aparente que sí, y que no tienen nada que ofrecer más que ahondar en la decadencia, el arroyuelo murmurante de gentes descontentas se transformará en ancho río de esperanza para España.


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